Víctor Sampedro: “Podemos a la parrilla (II)”

Publicado en blogs.publico.es en 1 de abril de 2015

Víctor Sampedro Blanco, Catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política en la URJC

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red
Esta es la segunda entrega de una serie sobre la cobertura informativa de Podemos.

La fuerza política revelación de 2014, Podemos, ha pasado en menos de un año del apagón a la sobre-exposición mediática. De la inexistencia pública al acoso simbólico. Los más pesimistas y amedrentados vaticinaban: “la casta va a morir matando”. Algunas de sus armas son la prensa de papel, en manos de los acreedores bancarios, y los “entes” radiotelevisivos, controlados por las administraciones públicas. Ambos sectores mediáticos transitaron del silencio ominoso al ruido constante sobre el nuevo partido. Las televisiones privadas, por su parte, después de haberse lucrado con “la burbuja mediática de Podemos”, mantienen audiencias altas, si se dedican a desinflarla.

Todo empezó en Somosaguas

El éxito mediático de Podemos parte de las teorías de la hegemonía ideológica que estudiaron sus líderes[1]. Su estrategia se asienta en la combinación secuencial de producción audiovisual propia, del uso intensivo de redes digitales y de una utilización estratégica de los medios tradicionales. Si bien, las limitaciones a las que se han ido enfrentando dan buena cuenta de la importancia que sigue teniendo la economía política de los medios convencionales, aún mayoritarios, y todavía decisivos para disputar esa ansiada hegemonía.

El germen de Podemos fue la asociación estudiantil “Contrapoder”, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en el campus de Somosaguas. Asociación a la que, tiempo después, se sumó un nuevo actor universitario, nacido de la alianza de profesores e investigadores críticos de dicha Facultad, que fundaron “La Promotora”.

Bajo el amparo de esa red, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, celebró en mayo de 2010 el seminario 99 Seconds, one step beyond. Transición, calidad democrática e impunidad: nuevas perspectivas generacionales”. El título ya ilustraba entonces la carga simbólica generacional que encarnaría posteriormente Podemos. Ya en ese momento están presentes los ingredientes básicos de lo que será después su discurso: impugnación de la Transición, cuestionamiento de la calidad democrática del régimen al que dio lugar, y necesidad de purgar las responsabilidades.

Esta experimentación con formatos televisivos y con cierto toque de cultura popular, potenciada con estrategias de difusión en las redes digitales, llevaron a que cuatro años después (el 25 mayo de 2014) Podemos lograra cinco eurodiputados y 1.245.948 votos en la primera elección a la que se presentó.

Unos constructivistas heterodoxos

El perfil comunicativo de Podemos responde al enfoque constructivista que, con ciertos toques posmodernos, comparten sus líderes, todos ellos politólogos de la citada Facultad. Su trayectoria responde a lo que Pierre Bourdieu llamaría la transformación de capital cultural o intelectual (el único con el que en verdad contaban) en capital simbólico (mediático) y, de ahí, en político (puestos de representación pública).

No son posmodernos, relativistas ni cínicos. Tampoco políticos profesionales. Su objetivo no es solo electoral. No buscan sumar siglas partidarias ni de movimientos sociales, sino rearticular los actores políticos existentes, dotándolos de nuevas narrativas. Quieren pelear el significado de los significantes clave, los términos fetiche del sistema político: “democracia”, “pueblo”, “izquierda-centro-derecha”. Intentan, por tanto, emplear los medios de comunicación para, en palabras de Íñigo Errejón, “articular distintos grupos sociales, en una dirección nueva y universal que trascienda sus particularidades”.

El éxito electoral y demoscópico de Podemos respondió a su habilidad para esa resignificación del voto, desvinculándolo del eje izquierda-derecha. Porque, según sus análisis, este marco discursivo afianza el bipartidismo de facto en España (PP-PSOE), que el nuevo partido vino a impugnar.

“Consenso conflictivo” e identidades en disputa

No menos relevante ha sido cómo Podemos canalizó electoralmente “la indignación”. Las encuestas muestran, desde hace años, un “consenso de conflicto o conflictivo”. Se trata de un clima social mayoritario, de simpatía y adhesión a las demandas del 15M que pone encima de la mesa el conflicto, para graduarlo y gestionarlo de forma abierta y participada. Es un consenso, por tanto, contrario (incluso antagónico) al de la Transición (basado en acuerdos entre elites, a puerta cerrada y con vetos). Su implantación es tan mayoritaria y trasversal en la sociedad como las adhesiones que Podemos convocó en el cuerpo electoral.

Podemos concibe la comunicación política transformadora como el intento de modificar los discursos que las mayorías sociales reciben y generan. Lo que escuchan y se cuentan, ven y difunden, leen y escriben sobre sí mismas. Las narrativas importan porque definen (en realidad, construyen) esa mayoría social y lo que le mueve a votar o protestar. Para que se pongan en movimiento importa, sobre todo, determinar contra quién han de hacerlo y en nombre de quién.

Los líderes más televisivos de Podemos dieron nombre al “enemigo”, imprescindible para activar las identidades políticas. Señalaron “la casta” como el objetivo a desalojar de las instituciones. Presentaron al “pueblo”, como víctima del ajuste económico y de “la corrupción” del “Régimen del 78”. A fin de cuentas, el ambiguo e indefinido proyecto electoral del partido se limita a dos objetivos: 1) sustituir las políticas regresivas de ajuste económico por otras expansivas, garantes de bienestar social y crecimiento sostenibles; 2) abrir “el cerrojo” de la reforma constitucional, tras purgar la corrupción.

La efectividad mediática de Podemos resulta tan innegable (hasta el momento) como incierto el futuro. Su irrupción en el Parlamento Europeo dejó en situación de interinidad al principal partido de la oposición y a la Jefatura del Estado. El antiguo líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba y el Rey Juan Carlos I tuvieron que dar un paso forzoso (muy forzado) a sus reemplazos.

En el arranque de 2015, aquel partido friqui era ya una amenaza. El resto de los partidos ya no parodiaban, sino incorporaban, su discurso mientras que, al mismo tiempo, intentaban revertirlo en su contra.

Releyendo a Gramsci: España 2015

Toda hegemonía, sostiene Gramsci (y suscriben, sin duda, los ideólogos de Podemos), será siempre contingente. Por ello, la estrategia mediática será también variable. Quién articula y capitaliza “una voluntad colectiva nacional y popular” (el objetivo gramsciano de toda disputa hegemónica) depende de la correlación de fuerzas y, no menos importante, de las narrativas que emplee.

Según el post-estructuralismo que suscriben los politólogos de Podemos, el discurso crea los actores políticos (y no al contrario), al presentarlos como protagonistas de un discurso que acaba determinando la forma de percibir y defender sus intereses. Nada está predeterminado. Ni siquiera por el control de los medios de producción o comunicación.

Sin embargo, tras el arranque del ciclo electoral (que concluirá con las próximas Elecciones Generales, a finales de 2015) el tablero político-comunicativo muestra una capacidad de resistencia considerable. No debiera menospreciarse la sacudida y obligada mutación que imprimió Podemos en el resto de partidos. Su éxito ha sido considerable en términos discursivos, pero la visibilidad alcanzada ha mutado, en poco tiempo, de favorable a hostil.

En lugar de hegemonía, Podemos quizás haya generado contra-hegemonía: oposición manifiesta. Desbordó los límites del discurso legitimado, sí, pero esto no parece suficiente para desplazar -al menos todavía- a sus portavoces.

[1] Es especialmente significativo al respecto, la tesis doctoral de Ínigo Errejón, secretario político del partido, sobre el proceso de hegemonización del MAS en Bolivia. Puede descargarse en: http://eprints.ucm.es/14574/1/T33089.pdf

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