Cuando el CIS empezó a crear realidad

Antonio Murillo. Politólogo. 

Con el lanzamiento del último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del mes de abril se ha llevado a cabo una especie de confirmación de la “profecía” mediática. Los resultados señalan un tablero del juego compuesto por cuatro fuerzas políticas, donde el PP y el PSOE sobreviven en las primeras posiciones, Podemos cambia su tendencia ascendente, y Ciudadanos sigue siendo aupado.

Más que los resultados en sí, lo que me llama la atención es el eco desorbitado (y sesgado) que ha explosionado en todos los medios de comunicación tras conocer los datos de la estimación de voto. Esta tendencia a “mitificar” las encuestas lleva aproximadamente un año en alza. Hoy en la calle todo el mundo sabe lo que es el CIS, cuando no hace tanto, si preguntabas por sus barómetros, te miraban como a alguien con necesidad de más vida social.

Con este cambio, la encuesta electoral ha pasado a ser un productor de opinión pública. Los datos de ésta y otras encuestas han dejado de ser herramientas de investigación y análisis de tendencia, es decir, testigos de ciertas dinámicas sociales que han de ser tratados con precaución (y rigor, mucho rigor).

En este escenario, es de vital importancia tener cuidado con algunos datos que nos cuelan a veces. Me refiero, concretamente, al poder con el que se han encontrado las instituciones demoscópicas al llevar a cabo estimaciones de voto –la polémica “cocina”-, y su sobreestimación a los datos brutos de la encuesta –el voto directo-.

En el caso del CIS, el voto directo se refiere a los datos brutos que los encuestados responden (las respuestas directas). Los técnicos de la institución, sin embargo, observan que en este tipo de sondeos el porcentaje de encuestados que no han decidido su voto, o no quieren señalarlo, es muy alto. Por ello, crean el nuevo índice que ya conocemos como la estimación del voto, contando con esos votantes indecisos. Esta es la cocina, y aquí cada institución tiene su fórmula mágica de actuar. En el caso del CIS, se hace una fórmula entre la intención directa y “otras variables de la encuesta, la experiencia pasada, informaciones de tipo cualitativo, etc.”

Lo que nos debe rechinar entre los dientes, sin duda, es cómo los medios se centran en las predicciones acríticamente, sin contar que el CIS es una institución pública (del Gobierno) y que ni siquiera dan a conocer la formulación exacta de su estimación (conocemos sus ingredientes pero no su preparación). Más aún, cuando las diferencias son como las siguientes:

Datos del barómetro de abril de 2015 (CIS).

Datos del barómetro de abril de 2015 (CIS).

El PSOE con un 11% en intención de voto obtiene un 20% en estimación. Podemos, con un 13% en intención de voto, obtiene un 17%. Pero la risa floja se me escapa cuando veo la predicción del PP con solo un 1% (14,7% en total) de intención de voto más que Podemos, obteniendo un 20% más (llegando al 34,7%). Lo cierto es que, como analiza Carolina Bescansa, “dejando a un lado la cocina que lleva a cabo cada cual, la intención directa de voto de todas las encuestas, incluida la que el jueves nos brindó el CIS, dibuja escenarios de empate técnico entre el PP y Podemos y establece distancias relativamente cortas entre ambos partidos, el PSOE y Ciudadanos”.

Hay que tener cuidado con el fantasma de la objetividad de las encuestas. Más aún, hay que poner en tela de juicio la imparcialidad de dichos estudios. Las encuestas, como señalaba el sociólogo José Luis de Zárraga, “las solicitan los partidos políticos –desde los gobiernos o desde la oposición– con el objetivo último de que les ayuden a ganar las elecciones; y los solicitan los medios de comunicación para informarse –e informar a sus lectores, aunque no sin sesgos– de la evolución de las tendencias de voto y el resultado probable de los comicios”.

En resumen, es una tarea necesaria la desmitificación de las encuestas en los medios de comunicación, y no por su falta de rigor investigador (que puede darse el caso), si no por su trato acrítico y manipulador. Si las encuestas electorales producen opinión pública, y por ende, pueden alterar el comportamiento político y electoral de los ciudadanos, estamos hablando de un poder mediático creciente. Cuidado con eso.

 

  1. […] En cambio, la creación de tendencias se basa en dirigir el voto de la población, mediante estrategias de manipulación y generando un impacto directo en el hábitat estudiado. No existe método científico de observación imparcial de la realidad, sino que se trata de crear u… […]

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  2. […] demasiado de las estimaciones y las cocinas de las empresas demoscópicas. Principalmente, porque cada una tiene su propia fórmula mágica. Sea como fuere, las encuestas deben leerse en forma de tendencia, nunca como resultados cerrados y […]

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