Periodistas inmundos, non gratos. Pseudoperiodistas y pseudocracia (y III)

Publicado en iniciativadebate.org el 31 de marzo de 20014

Víctor Sampedro Blanco, Catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política en la URJC

Esta última entrega, completa las dos anteriores, I y II. Abordo ahora las consecuencias últimas del pseudoperiodismo, que ha dado lugar a una pseudocracia. El primero da forma de noticia a la mentira. La segunda es el régimen de gobierno que se alimenta de ella y la perpetúa (pseudo significa mentira en griego).

Gracias a la teoría conspirativa, El Mundo desplazó como segundo diario con mayor tirada al ABC. La COPE también se situó como segunda radio en audiencia, con Jiménez Losantos a la cabeza. Éste, para completar la pitanza, además de colaborar con ambos medios, creó su propio triángulo de las Bermudas. Bajo el rótulo de Libertad Digital, montó un periódico, una televisión y una radio digitales. La prensa de la “nueva” derecha, la radio de los obispos y los ultra(liberales) de la Red aunaron fuerzas y esfuerzos. Si les hiciesen una auditoría fiscal, posiblemente los cerrasen. Si se completase con una comisión deontológica, les subiría los impuestos hasta equipararlos a los de la pornografía. Los medios citados llegaron a convocar un boicot contra ABC, porque no suscribía la conspiranoia. Tampoco la desmentía. Pero todo vale para zafarse de competidores y despejar el camino al negocio de la mentira.

No se habrían llevado esa tremenda tajada si hubieran ejercido el periodismo de investigación, que se arrogaban en exclusiva. Resulta laborioso y caro encontrar pruebas irrefutables a una versión oficial. Se tiraron a lo fácil: cuestionar a policías, peritos y testigos. Fabricar pruebas falsas y guionizar falsos testimonios. Pagarlos con dinero, apoyo mediático y judicial. Para que los aireasen los mismos desalmados que pusieron las bombas o pasaron los explosivos. Invalidar, en lugar de hacer avanzar, un proceso judicial. En resumen, minar el Estado de Derecho.

La conspiración es una mercancía muy barata y rentable, en términos políticos y económicos. (1) Fácil de elaborar, no precisa aportar hechos ni seguir ninguna lógica. (2) Fácil de entender, presenta a los buenos y a los malos, con un relato personalizado y maniqueo. (3) Se autojustifica y mantiene por sí misma. Si no hay nuevas pruebas, las habrá. Con tensión narrativa, porque todo acabará encajando. (4) Se alimenta de los desmentidos. Porque, al intentar rebatirla, se le confiere entidad y verosimilitud. (5) Cierra filas en torno a los seguidores, que se sienten amenazados o expuestos a la debacle que se anuncia. En suma, con mínimos esfuerzos y costes, fideliza las audiencias. Las convierte en espectadores aterrados o “crispados”, que nada pueden hacer, excepto seguir pendientes de que les den las claves de cómo y cuándo actuar. Meros peones guerracivilistas, lanzados contra las trincheras enemigas. Y que, por cierto, han acabado desertando del PP y formando nuevos partidos.

La conspiración bloqueó que surgiese un verdadero periodismo de investigación. Hubiese exigido rendir cuentas, acicateado el esclarecimiento de las responsabilidades políticas, en el Gobierno saliente y no en el entrante. No sabemos nada de la ineficacia, las insuficiencias y las inercias burocráticas que impidieron que los encargados de hacerlo previniesen la matanza. Al contrario, los conspiranoicos blindaron a una recua de mentirosos, incompetentes y corruptos. El entonces Ministro de Interior, Ángel Acebes, entró en 2008 en el consejo de la corporación financiera de Caja Madrid y está imputado en Bankia. Eduardo Zaplana, Ministro de la Presidencia, figura en los casos de Terra Mítica, los ERE… Nunca dijo “estoy en política para forrarme”. Sus palabras fueron otras, más claras: “Lo que te dé. Y me das la mitad bajo mano” (sobre una comisión en el Caso Naseiro). ¿Para qué seguir mentándoles? Sus declaraciones antes de las elecciones de 2004 resultan más bochornosas. Hace nueve años que las recopilamos en un CD, junto a un libro colectivo, y las colgamos de YouTube.

El caso es que, además de forrarse, también les salieron unas estupendas cuentas electorales. Las del partido aparecerían cuando la inmundicia sobre el 11M no dio más de sí. El PP casi revalidó los diez millones de votos que había obtenido en el 2.000. Los cargos antes citados (y muchos otros) salieron reelegidos. Evitaron rendir cuentas por haber mentido sobre un atentado que no supieron atajar. Se mantuvieron en las encuestas, movilizando a su electorado. Cogieron la mano, le agarraron el brazo a la Asociación de Víctimas del Terrorismo (de ETA, claro); hasta cogerla del cuello y convertirla en su títere. Enfrentándola, incluso, a la Asociación de Afectados del 11M. Así bloquearon los intentos de Zapatero para finiquitar el terrorismo vasco. Involucrándolos, juntos o por separado (¿qué más daba?), en el atentado más sangriento de la historia. Así abortaban la baza que afianzaría al PSOE en el poder.

Si todo esto les parece poco, agárrense a la pantalla. Porque, siendo grave lo anterior, el periodismo inmundo supuso un retroceso civilizatorio, sin precedentes en el mundo occidental. Va en serio. No exagero un ápice. Lograron que el debate público involucionase hacia fases pre-modernas, carpetovetónicas. Tampoco es que antes fuese mucho más allá. Pero recuerden que hablamos de un Presidente de Gobierno que define la realidad desde sus convicciones morales y de pseudoperiodistas que le dan pábulo. La conspiración, aunque abanderada xenófoba de Occidente (“los moritos de Lavapiés no pudieron hacer el 11M sin ayuda”), niega dos principios de la Modernidad y la Ciencia. Ambos sostienen que la verdad empírica, la constatable, nunca es absoluta. Debieran asumirlo quienes aún exigen la explicación total de aquellos atentados e invalidan una sentencia en firme que, como todas, tiene algún fleco pendiente.

Primero está la navaja de Guillermo de Ockham (¡s. XIV!). Sostenía este monje benedictino (sí, el protagonista de El nombre de la rosa de U. Ecco) que la hipótesis con menos suposiciones es probablemente la más correcta. ¿Cuántas tramas, con cuántos actores y motivaciones, manejan los conspiranoicos? Y después vino la falsabilidad de K. Popper (1934, ¡más de 80 años¡). Que dice que las hipótesis – afirmaciones que deben contrastarse – no son verdaderas ni falsas, sino falsables. Se aceptan como válidas mientras no las desmientan o corrijan nuevas pruebas. Si no, no hay quien avance. Ni en un laboratorio científico, ni en una comisaría, ni en un juzgado… ni en una redacción. ¿Qué hipótesis sostienen Pedro J. y sus adláteres? Ninguna y todas al mismo tiempo. Por eso hay que declararles personas non gratas en los campus. Han prostituido el periodismo de investigación. En el terreno ideológico, impidieron que la derecha franquista evolucionase hacia un liberalismo laico y democrático. Niegan la ciencia y la civilización.

Aún bien que, en medio de la connivencia gremial, el clientelismo político y falsos arrepentidos, alguien nos ha dicho la verdad. En las vísperas del último 11M, el ex-jefe de los Tedax denunció la trama periodística sobre los explosivos. También Fernando Reinares publicó (¡por fin!), un libro que atribuía el atentado al yihadismo, despejando todas las dudas. Ante la pregunta de si podía haberse evitado, afirmó: “Si la unidad de la Guardia Civil dedicada al tráfico ilícito de explosivos hubiera compartido a tiempo su información con la unidad que dentro de la propia Guardia Civil llevaba el seguimiento del tráfico ilícito de drogas, y a su vez esa información se hubiera intercambiado con la que tenía la Comisaría General de Información que continuaba investigando el sumario de la ‘Operación Dátil’, que estaba a punto de concluir, todo hubiera podido ser distinto. Porque así es como se financió el 11M: con drogas.”

Está farragoso. No sé si aposta. Pero han leído bien. La conspiración se asienta en el silencio que se mantiene sobre el intercambio de explosivos entre la Guardia Civil y sus confidentes. Les dejaban traficar con hachís y dinamita, para seguir el rastro de futuros delincuentes. Pero algunos eran agentes dobles. Se les fueron de las manos. No estaban coordinados. No les entendían cuando, en su presencia, hablaban en árabe. Todos los recursos y efectivos se dedicaban a combatir a ETA y a su entorno. Aunque los expertos en terrorismo supieran siempre que no habían sido los autores del 11M. El Congreso de EE.UU. contaba con un informe que a los ocho meses del atentado descartaba la autoría de ETA. Wikileaks lo publicó en febrero de 2009, a disposición de cualquiera. ¡Hace cinco años! A ver si son los hackers, y no los periodistas y sus expertos en terrorismo internacional, quienes nos salven. Aquí tenemos a Évole, hackeando los formatos televisivos, como señalábamos en la entrega anterior.

Salvados debiera producir otro fake o farsa, esta vez sobre el 11M. Sus agujeros negros se parecen a los del 23F y están en el Ministerio de Interior. Tan negros, que su opacidad puso en riesgo la democracia en 1981 y la vida de muchos ciudadanos en 2004. Al menos eso afirman los novelistas. Es la tesis de Cercas en Anatomía de un instante, que se detiene en los secretos de los servicios de inteligencia. Y la de Gutiérrez-Aragón en La vida antes de marzo, que novela la trama de explosivos de las minas asturianas. Les cito sin compartir las tesis (a)políticas de ambos libros. Pero, lo dicho, este es un país de cuentistas. Lo digo también por las de nuestros ex-gobernantes. Repasen las recientes de Aznar y Zapatero sobre el 11M. Entenderán por qué los dos últimos ex-presidentes de Gobierno no fueron invitados al funeral del pasado 11 de marzo. Para anomalía democrática, ésta. Hablamos de los máximos representantes electos de este país durante esta década infame.

El ex-jefe de los Tedax publicó en su libro que Aznar y, después, Zapatero y Rubalcaba no quisieron dar publicidad a sus informes. El primero, porque creyó que relanzando la cruzada contra ETA ganaría las elecciones de 2004. Los segundos, para dejar que los populares se despeñasen en una deriva alucinada y alucinante, que acabaría deslegitimándoles. “Que hablen los jueces”, dijeron, eximiendo a la clase política de cualquier autocontrol. Lo que importaba es que Rubalcaba recogiese el rédito electoral de la desaparición de ETA. Ya saben, cuanta más crispación, mejor. Una lógica paralela a la estrategia criminal del terrorismo: cuanto peor, mejor.

La crispación política ha sido la hermana gemela (más bien, el engendro siamés) de la conspiración mediática. Hasta que ETA desistió de su delirio armado. Y hasta que el 15M reemplazó el 13M. Al bipartidismo, encubierto de antagonismo, se le fueron de las manos los ciudadanos infantilizados. Al PSOE le crecieron los enanos quincemayistas. Al PP, los cazafantasmas antiterroristas y más españolistas. Ya no está el ogro con el que les asustaban. El enfrentamiento es ahora con la ciudadanía y con los periodistas que les acompañan. Véase la reacción de ambos ante la represión de las Marchas de la Dignidad y del 22M; los apaleamientos de reporteros, los montajes y el sabotaje policial de lo que quería ser el inicio de otro 15M. Por eso hay que desalojar a sus corifeos mediáticos de los campus. Al menos, eso.

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