Artículo de Varoufakis en The Guardian

Alemania no impedirá el dolor griego, tiene interés en rompernos

El drama financiero de Grecia ha dominado los titulares durante cinco años por una razón: el rechazo obstinado de nuestros prestamistas a ofrecer un  alivio esencial de la  deuda.

¿Por qué, contra el sentido común, contra el veredicto del Fondo Monetario Internacional y el comportamiento habitual de los banqueros con  respecto a sus  deudores en dificultades, se resisten a una reestructuración de la deuda?

En 2010 el Estado griego se convirtió en insolvente. Se presentaron entonces dos salidas a la situación que permitieran a Grecia seguir en la eurozona. La sensata, que todo banquero decente recomendaría: reestructurar la deuda y reformar la economía. La tóxica: librar nuevos préstamos a una entidad en bancarrota simulando que continúa siendo solvente.

La Europa oficial eligió la segunda opción, priorizando el rescate de los bancos franceses y alemanes afectados por la deuda pública griega a la viabilidad socioeconómica de Grecia. Una reestructuración de la deuda habría implicado pérdidas para los banqueros en sus participaciones de la deuda griega. No dispuestos a poner de manifiesto a los parlamentos que los contribuyentes tendrían que pagar a los bancos nuevos préstamos insostenibles, los altos funcionarios de la Unión Europea presentaron la insolvencia del Estado griego como un problema de falta de liquidez y justificaron el rescate como una cuestión de solidaridad con los griegos.

Para trasladar la idea de que la cínica transferencia a los contribuyentes de pérdidas privadas irrecuperables era un ejercicio de “amor exigente”, impusieron a Grecia una austeridad descomunal, que tuvo como consecuencia que el producto interior bruto, de donde se tendrían que pagar las deudas viejas y nuevas, disminuyera en más del 25%. Los conocimientos matemáticos de una persona de ocho años bastan para saber que este proceso no  podía terminar bien.

Una vez que se completó esta sórdida operación económica, Europa tenía otro motivo para negarse a discutir una estructuración de la deuda: afectaría a los bolsillos de los ciudadanos europeos. Por eso las dosis de austeridad aumentaron a medida que la deuda se hacía mayor, forzando a los acreedores a librar nuevos préstamos a cambio de más austeridad.

Nuestro gobierno fue elegido con un mandato para acabar con este círculo vicioso, para pedir una reestructuración de la deuda y un final a la austeridad catastrófica. Las negociaciones han llegado al impasse bien conocido por una sencilla razón: nuestros acreedores siguen excluyendo una reestructuración de la deuda tangible al tiempo que insisten en que nuestra deuda impagable sea pagada “paramétricamente” por los griegos más débiles, sus hijos y sus nietos.

En mi  primera semana como ministro de Hacienda me visitó Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo (los ministros de Hacienda de la eurozona), que me planteó que si no aceptaba la lógica del rescate y dejaba de pedir una reestructuración de la deuda, el acuerdo sobre el préstamo cesaría, con la consecuencia,  no explicitada, de que los bancos griegos serían clausurados.

Siguieron cinco meses de negociaciones bajo condiciones de asfixia monetaria y una gestión de la banca supervisada y administrada por el Banco Central Europeo. Al menos que capituláramos, nos enfrentaríamos a controles de capitales, a unas vacaciones bancarias prolongadas y finalmente al Grexit.

La amenaza del Grexit ha tenido una historia de montaña rusa. En 2010 atemorizó los corazones y las mentes de los financieros pues sus bancos estaban repletos de deuda griega. En 2012, cuando el ministro de Hacienda alemán Wolfgang Schäuble, decidió que los costes de un Grexit sería una inversión que valía la pena como una manera de disciplinar a Francia y a otros, la idea de un Grexit atemorizó a casi todo el mundo.

Cuando Syriza ganó el poder en enero pasado, como si fuera para confirmar que “los rescates” no tenían nada que ver con rescatar realmente a Grecia (y todo que ver con proteger al norte de Europa), una mayoría amplia en el Eurogrupo bajo la tutela de Schäuble había adoptado Grexit como su solución preferida o como el arma preferida contra nuestro gobierno.

Los griegos con razón sienten escalofríos ante la idea de  su amputación de la unión monetaria. Salir de una moneda común no es igual que desenganchar una pinza, que es lo que hizo el Reino Unido en 1992, cuando Norman Lamont* cantó en la ducha la mañana en que la libra esterlina abandonó el mecanismo europeo de cambio de moneda (ERM). Pero Grecia no tiene una moneda cuya pinza con el euro pueda desengancharse. Grecia tiene el euro, una moneda extranjera administrada por un acreedor enemigo de reestructurar nuestra insostenible deuda nacional.

Para salir tendríamos que crear una nueva moneda desde cero. En el Irak ocupado la introducción de nuevo dinero en papel tardó casi un año, con unos veinte Boeing 747, la movilización del poderío militar de los Estados Unidos, tres empresas de impresión y cientos de camiones. En ausencia de un apoyo  semejante, Grexit sería lo mismo que anunciar una gran devaluación más de dieciocho meses antes de que se produjera: una receta para liquidar todas las reservas de capital griego y transferirlas al extranjeros por todos los medios disponibles.

Con Grexit reforzando la gestión bancaria inducida por parte del Banco Central Europeo, nuestros intentos de reestructurar la deuda en la mesa de negociación cayeron en saco roto. Una y otra vez nos dijeron que eso era una cuestión para un futuro no determinado que seguiría a “la finalización exitosa del programa”, un magnífico círculo vicioso, pues “el programa” no puede tener éxito sin una reestructuración de la deuda.

Este fin de semana se llega al punto culminante de las conversaciones y mi sucesor, Euclides Tsakalotos, lucha de nuevo para que no se empiece la casa por el tejado, para convencer a un Eurogrupo hostil de que la reestructuración de la deuda es un  prerrequisito para tener éxito en la reforma de Grecia, no un premio ex post por el éxito. ¿Por qué es esto tan difícil de entender? Veo tres razones.

Una es lo difícil que resulta vencer la inercia institucional. Una segunda, que una deuda insostenible da a los acreedores un poder inmenso sobre los deudores –y el poder,  como sabemos, corrompe incluso a los muy buenos. Pero la tercera es la que me parece más pertinente y realmente más interesante:

El euro es un híbrido de un régimen de cambio fijo, como el mecanismo de cambio europeo de los años noventa o el patrón oro de los años treinta, y una moneda estatal. Lo primero descansa en el temor a la expulsión para mantenerse, mientras que la moneda estatal comprende mecanismos para reciclar excedentes entre los estados miembros (por ejemplo, un presupuesto federal, bonos comunes). La eurozona no llega a ser ni una cosa ni otra, es más que un régimen de cambio fijo y menos que una moneda estatal.

Y ahí está el problema. Después de la crisis de 2008-2009, Europa no supo cómo responder. ¿Preparar el terreno para al menos una expulsión (esto es, Grexit) y fortalecer así la disciplina o moverse hacia una federación? Hasta ahora no  ha  hecho ni una cosa ni la otra y su angustia existencial aumenta. Schäuble está convencido de que, tal como están las cosas, necesita un Grexit para purificar el aire, ya sea la respuesta una u otra. De repente, una deuda pública griega insostenible permanentemente, sin lo cual el riesgo de Grexit se desvanecería, ha adquirido una nueva utilidad para Schäuble.

¿Qué quiero decir? Basado en los meses de negociación, mi convicción es que el ministro de Hacienda alemán quiere empujar a Grecia fuera de la moneda única para aterrorizar a Francia y obligarles a aceptar su  modelo de una eurozona disciplinada.

*Ministro de Hacienda del Reino Unido que retiró la libra esterlina del Mecanismo de cambio de moneda europeo. Según declaró posteriormente, el día que tomó la decisión hizo una bonita mañana y cantó mientras se duchaba.

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