Los viejos análisis y el nuevo régimen político

En su artículo Las nuevas izquierdas y el régimen del 78, el historiador Santos Juliá sostiene que la “gran paradoja” de las “nuevas izquierdas” es que habiendo denostado el “Régimen del ‘78”, sin embargo se aprovechan de su “sistema electoral” y de las “izquierdas tradicionales (socialistas y comunistas)”, “a las que desprecian soberanamente”, para para acceder el gobierno.

El artículo es un buen ejemplo de las dificultades que analistas e intelectuales vienen teniendo para tomarse en serio a las fuerzas políticas emergentes y comprender el nuevo escenario.

El argumento de que “el sistema electoral” permiten gobernar a fuerzas que, como Ahora Madrid y PSOE, sumaron casi 1.400.000 votos y llegaron a un acuerdo de gobierno, frente a otra que no alcanzó el 1.100.000 votos (PP), resulta cuanto menos curioso.

En primer lugar, no es el sistema electoral, sino la democracia parlamentario la que permite tal formación de gobierno. Y, en segundo término: ¿cómo debería ser —siguiendo el argumento de Juliá— el sistema electoral de un régimen democrático parlamentario para impedir tal formación de gobierno? Aquí hay una visión de la política desde arriba: el régimen político vigente aparece como una concesión graciosa que permite (o mejor, no impide) a las mayorías formar gobierno.

En cualquier caso, Juliá no demuestra en ningún caso que las nuevas fuerzas han llegado a formar gobierno gracias al sistema electoral.

La incomprensión de lo nuevo se pone de manifiesto con la insistencia en que el eje izquierda-derecha es insustituible. El historiador encaja a la fuerza —ya desde el título mismo— a las nuevas formaciones en el esquema ahora desafiado. El gesto en un buen ejemplo de la rigidez del marco interpretativo de la Transición, que se piensa como la lengua política universal. Aquel que plantee clivajes diferentes, o es oportunista o es irracional. No importa que los nuevos ejes tengan capacidad de movilizar y reconstruir el tablero y las identificaciones políticas. Es que no pueden ser. El salto del análisis histórico al juicio moral —el artículo está empedrado de adjetivos calificativos y valoraciones— no es más que síntoma de impotencia interpretativa.

Juliá insiste en que “la centralidad del tablero”, por ejemplo, es el modo “posmoderno” (¿?) de hablar del centro político. Dicho de otro modo: aunque lo nieguen, las nuevas fuerzas hablan el lenguaje de la Transición, el código matriz de todos los idiomas políticos. Ahora bien: si el esquema universal es izquierda-derecha ¿cómo puede tener sentido en él la idea de “centro”? ¿No será que la Transición también borró la lógica izquierda-derecha con su relato “mitad constatativo, mitad performativo” de que el centro era el único lugar posible para gobernar?

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