La izquierda británica tiene que aprender a hablar un idioma nuevo: español. Owen Jones

Las victorias de Podemos en España llegan tras haber abandonado la retórica y reconectar con los votantes. El laborismo debe escuchar.

“La política no tiene nada que ver con tener razón”, dice el fenómeno político de la coleta Pablo Iglesias. “La política va de ganar”. Y ganar es lo que hace la izquierda española.

Las fortalezas de Madrid y Barcelona cayeron en las elecciones municipales este fin de semana, y ahora están llamadas a ser gobernadas por dos radicales feministas que se oponen implacablemente a la austeridad y al gobierno del mercado libre. Movimientos vinculados a Podemos –el partido dirigido por Iglesias formado el año pasado- han creado el mayor desafío al sistema bipartidista desde que se restauró la democracia hace cuatro décadas. España tiene una de las economías con mayor crecimiento de la Unión Europea, pero el crecimiento económico no ha salvado a los defensores del grotesco y desigual sistema económico.

Así que, si eres parte de la golpeada, magullada y desmoralizada izquierda británica, deberías prestar atención cuando Iglesias habla. El año pasado pronunció un discurso criticando el fallo a la hora de comunicar de la izquierda tradicional. Los estudiantes de izquierdas nunca hablaban a “la gente normal”, dijo, y trataban a las clases trabajadoras como “si fueran de otro planeta”, perplejos porque no reaccionaran de la manera en la que los manuales marxistas decían. El enemigo, dice Iglesias, “nos quiere pequeños, hablando en un idioma que nadie entiende, nos quiere minoría, ocultándonos tras nuestros símbolos tradicionales”.

La izquierda británica está todavía en estado de shock. No tuvimos tiempo para prepararnos emocionalmente para un mayoría absoluta de Tories, porque las encuestadoras y los analistas con sus gráficos chulos y fórmulas científicas insistían en que la carrera electoral estaba igualada, a pesar de la parodia que era la “oposición” laborista. Para muchos es como si el tiempo se hubiera parado a las 10pm del 7 de mayo de 2015: todavía estamos atrapados en ese momento de terror y presos del pánico de la incredulidad. La desmoralización se ve agravada por la farsa que es el “debate” por el liderazgo del Laborismo. Desnuda a la política de cualquier convicción, inspiración o finalidad; añade unas cuantas palabras grandilocuentes vacías para empañar los ojos de un tipo normal en el pub y, voilà, ya tienes tu concurso de liderazgo.

Es muy tentador para la izquierda realizar un repliegue identitario al sentirse de golpe como extraños en tierra hostil y ajena, poblada por tímidos tories y un UKIP desenfrenado. Es fácil ver cómo la izquierda autoreferencial que queda podría aislarse más aún, con reuniones de izquierdistas haciendo las veces de terapia de grupo más que como medios para conquistar a los indecisos, y con los activistas retirándose a los “espacios seguros” de internet libres de todos aquellos que piensan diferente. Nuestro lenguaje muchas veces parece que solo pretende excluir, plagado de una terminología y una retórica que sólo pueden digerir aquellos que se mueven en ambientes izquierdistas. En las redes sociales, por su parte, abundan los activistas atacándose entre sí por no haber acatado las estrictas reglas de la comunicación.

No hablar o escribir de la forma correcta es visto como algo sospechoso, como una traición. Para los millones de personas que no están al día con las últimas teorías, eso significa ser descartado. Ser “de izquierdas” podría acabar siendo una etiqueta cultural, como ser hipster o emo, una manera de sobresalir de entre la gente y afirmar la diferencia en un Reino Unido UKIPizado.

Qué irónico es que la derecha predique un individualismo desbocado pero que a menudo muestre una gran solidaridad, mientras que la izquierda profesa colectivismo pero normalmente opera de la forma más individualista posible. Las voces que en la izquierda alcanzan cierta prominencia son tachadas de arribismo u otras segundas intenciones, o de fracasar en utilizar su plataforma para promover la vía correcta de hacer política. En vez de entender las diferentes estrategias como complementarias, los defensores de otros enfoques se arriesgan a ser acusados de no actuar de buena fe.

Aquellos de nosotros que queramos cambiar la sociedad más allá de quejarnos ruidosamente de cómo están las cosas, tenemos que repensar nuestro enfoque completamente. No pretendo señalar y castigar los fallos de los demás, asumiendo arrogantemente que yo ya lo he solucionado. El debate acerca de cómo triunfa la izquierda se ve reducido, normalmente, a la estructura y la organización, sobre si somos laboristas, verdes, nacionalistas escoceses o algún tipo de escisión izquierdista.

Sí, en los próximos meses será necesaria la discusión de cómo podemos representar mejor a la gente trabajadora y al resto de voces acalladas. Y esto nos lleva de vuelta a lo que dijo Iglesias. Es sobre actitud y enfoque, de otra forma volveríamos a estar discutiendo desde qué gueto estaríamos despotricando impotentemente.

El enfoque de Podemos está basado en la asunción de que, fuera de las burbujas politizadas, la mayoría no piensa en términos de “izquierda” o “derecha”. Fuera del mundo político, la mayoría piensa en términos de asuntos que necesitan solución, de una manera que sea convincente, coherente y comunicada en un idioma que entienda la gente. Las estadísticas y los datos no consiguen el apoyo de millones; somos seres humanos, pensamos en términos de empatía. Las historias son más persuasivas, porque nos hablan en términos emocionales. ¿Por qué si no se centran los tabloides de derechas en ejemplos extremos de “gorrones” de los servicios sociales? Saben que historias de este tipo hacen que le hierva la sangre a los lectores; son historias humanas que conectan emocionalmente, y muy poderosamente.

Estudio tras estudio se demuestra que la mayoría de los británicos cree en políticas que serían de “izquierdas”: como una renta social, la propiedad pública de servicios públicos, o los derechos de los trabajadores. Los votantes del UKIP se encuentran en algunas cuestiones económicas incluso más a la izquierda. Aunque muchos quieren estas políticas, no están convencidos de que puedan ser conseguidas; o pueden priorizar medidas drásticas contra los inmigrantes o los beneficiarios de las prestaciones sociales sobre la reestatización del sistema ferroviario. Pero muchos podrían ser conquistados por una izquierda que hubiera aprendido a comunicar de una manera que convenciera e inspirase.

Millones de británicos no votaron en estas elecciones. Cuatro millones optaron por el UKIP, muchos de ellos gente de clase trabajadora con temores sobre la vivienda, el trabajo y los salarios, miedos que no han sido calmados con políticas basadas en la esperanza. Grupos a los que la izquierda debería estar llegando.

¿Cómo lo hacemos? Se trata más de una nueva forma de políticas basadas en la comunidad que en la estrategia del enésimo mitin seguido de otra manifestación que pida una cosa u otra. ¿Tengo las respuestas de cómo podríamos hacerlo? No, pero es ahí donde tiene que centrarse el debate. Miremos a Podemos en España. Abandonaron los viejos grilletes de la izquierda –la terminología y la retórica de otra época- y empezaron a ganar. Algunos en la izquierda están demasiado acostumbrados a perder; es hasta casi reconfortante. El resto de nosotros tenemos que cambiar, como hizo Podemos, o moriremos.

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