La transición ayer, la transición hoy. Juan Andrade.

Las comparaciones entre la Transición y el momento actual están siendo recurrentes y resultan comprensibles. Trazar paralelismos y establecer analogías con el pasado, sobre todo con el inmediato, son procedimientos que ayudan a entender el presente. En este caso la comparación parece justificada, pues además de dos momentos parecidos se trata de dos momentos enlazados. Por una parte, en ambos casos partimos de una crisis orgánica de régimen donde se dan condiciones para la apertura de un proceso de cambio. Por otra, la Transición prefiguró, precisamente, el régimen político que hoy ha entrado en crisis y que se quiere, según el caso, enmendar o superar. Si uno suele obrar a partir de los automatismos que se generan en el momento fundacional de su época, cuando quiere superarlos necesita una relectura crítica y consciente de los mismos.

Sin embargo, estas comparaciones y relaciones entre la Transición y la actualidad entrañan ciertos riesgos. Obviamente, solo se puede comparar aquello que presenta diferencias, pero a veces estas diferencias son de tal envergadura que resulta complicado sacar algunas enseñanzas. No hay que olvidar que los contextos y los regímenes en crisis que se comparan —el franquismo y el llamado Régimen del 78— son, pese a sus continuidades, muy distintos. Tampoco hay que desdeñar todo el tiempo transcurrido entre la Transición y el día de hoy. El problema de algunos relatos críticos que tratan de sacar enseñanzas para el presente es que tienden a hacer de la Transición el chivo expiatorio de todos los males actuales, pasando por alto la responsabilidad al respecto de las políticas que gobiernos de un signo u otro impusieron en los años ochenta y noventa, inspirándose, sí, en los consensos del 78, pero también editando otros nuevos. Creo que para entender el momento actual también hay que mirar mucho a estas dos décadas.

A fin de cuentas, fue precisamente en ellas cuando la memoria particular de las élites de la Transición se convirtió en memoria oficial, en conmemoración gubernamental y en mito legitimador. En cualquier caso, entiendo pertinente analizar cómo interpretamos, e incluso designamos, ambos procesos de cambio. La Transición se ha explicado muchas veces como el resultado de una lógica estructural precedente que dejaba poco margen de maniobra a los agentes políticos. En algún momento se ha llegado a presentar como el resultado natural de la adaptación de las instituciones políticas a las consecuencias sociales de la liberalización económica emprendida por el desarrollismo franquista de los años sesenta.

La Transición también se ha presentado como el paso necesario para la consecución de una aspiración nacional devenida en fuerza motriz imparable: la aspiración a integrarse en una Europa liberal y democrática concebida como espacio de normalidad política. Otras veces el desarrollo del proceso se ha explicado a partir de una serie de condiciones de partida idealizadas y teóricamente inamovibles —la mentalidad de los españoles— o del diseño temprano y milimétrico de poderes fácticos o en la sombra —la embajada de EE.UU—. Atendiendo a la poca lealtad a sus principios, también se ha apelado a la “calculada traición” de los dirigentes de la izquierda para explicar el desmontaje de una supuesta voluntad cuasi revolucionaria mayoritaria. En definitiva, en estas explicaciones de la Transición laten muchos de los vicios de las ciencias sociales: el mecanicismo, el determinismo económico, la teleología, el idealismo, el moralismo y el presentismo.

Incluso el propio término Transición induce en cierta forma a la reproducción de esos vicios. Como salta a la vista, estas explicaciones del pasado han funcionado como una celebración encubierta del presente, como una justificación de las decisiones que antaño se tomaron o como una compensación a las frustraciones por aquello que no pudo ser.

Por otra parte, el término Transición también anima a concebir el periodo cronológico que se designa bajo este epígrafe como una etapa distinta e intermedia entre la dictadura y la democracia, obviando que el franquismo estuvo muy presente en su propio proceso de reemplazo tutelándolo en cierta medida.

Explicar lo que está sucediendo hoy pasa por hacer un análisis honesto y un relato concreto alejado de esos vicios e intencionalidades. Una explicación que conciba, sobre todo, que no estamos en un momento lineal de cambio, como sugiere la propia noción de Transición, sino en una encrucijada donde se abren posibilidades de intervención tan pronto como desaparecen si no se aprovechan a tiempo. Por una parte, hablar hoy de segunda Transición quizá entrañe el riesgo de pensar que en este momento nos encontramos más cerca del lugar al que se quiere ir que del lugar del que partimos. Por otra, ya se sabe que el lenguaje es un poco performativo y que algunas veces produce la realidad que designa. En este sentido, conviene tener en cuenta que muchos de quienes hablan hoy de una segunda Transición lo hacen invocando el desarrollo de algo parecido a la primera. En definitiva, creo que si se usa dicha noción debe hacerse con muchas prevenciones.

Los procesos de cambio político los abre la voluntad de cambio de la gente. Pero en los momentos de crisis dicha voluntad de cambio coexiste de forma simultánea junto al miedo a sus consecuencias, hasta el punto de que conviven muchas veces de manera esquizoide en el seno de amplios grupos sociales cuyo apoyo hay que disputarse de cara a construir una mayoría. La Transición puso de manifiesto formas muy distintas de gestionar ese miedo. Por un lado, tenemos el miedo a que un proceso de cambio demasiado decidido provocase un golpe de Estado militar involucionista. Este miedo fue interiorizado por muchos agentes favorables al cambio en forma de contención. Por supuesto fue rentabilizado en la idealizada etapa del consenso por las fuerzas de la derecha, que coaccionaron a la izquierda apelando a las calamidades que sobrevendrían si no cedían en el acuerdo. También fue utilizado por dirigentes de la izquierda para justificar ante sus militantes decisiones que respondían a motivaciones distintas.

A este miedo se sumó el miedo inducido hacia una izquierda asociada capciosamente con el recuerdo de la Guerra Civil y el fantasma de la Unión Soviética. La izquierda, sobre todo el PCE, se avino a despejar esos temores en los mismos términos que le reclamaban sus adversarios, abriendo una espiral efectista de gestos moderados que, además de merecer poca credibilidad entre los distantes, tensionó a los afines. Estos episodios nos hablan, en definitiva, de la dificultad para comunicarse en el campo semántico del adversario y del riesgo de promover un baile de máscaras en teatro ajeno.

Hoy día también operan distintos miedos. El más burdo es el que identifica a Podemos y a las opciones del cambio con, pongamos por caso, el fantasma de Venezuela. A diferencia de la Transición, hoy la respuesta a esas asociaciones envenenadas no consiste en teatralizar rupturas histriónicas con quien se te asocia de manera capciosa, sino en hablar de otra cosa. Efectivamente, para convencer es importante conseguir que no te impongan el objeto de debate. El otro miedo más efectivo lo es a un metafórico “golpe de Estado financiero” que pudiera frenar la inversión, encarecer la deuda o sacar capitales en el caso que ganara una opción de cambio, abortando con ello la supuesta recuperación económica. Ese miedo suele aparecer además refinado en un discurso aparentemente técnico que atribuye la responsabilidad de esas secuelas previsibles a la impericia económica de los nuevos y posibles gobernantes.

La pregunta a tener en cuenta sería, por tanto, ¿cómo hacer que la voluntad de cambio se imponga a ese miedo y se vuelva mayoritaria y cómo evitar la tentación de querer hacerse mayoritario cediendo a ese miedo? La Transición fue una transacción entre gobierno y oposición donde la parte más activa de esta quedó neutralizada por la vía de la integración. Cuando el PCE constató que había fuerza para impedir el continuismo, pero no para imponer la ruptura, decidió incorporarse a la negociación de la reforma. Lo justificó planteando que a través de esos medios conseguiría sus propósitos originales, como si una cosa no hipotecara la otra y como si ello no entrañara desgaste. El problema quizá no fuera tanto la decisión adoptada como la forma de justificarla. Lo que para la izquierda resultó realmente dañino en la Transición fue esa obstinación en hacer de la necesidad virtud, en disfrazar la impotencia de conquista. Un repliegue puede ser oportuno en la batalla, pero si lo presentas como una ofensiva desmoralizas a la tropa cuando esta constata el retroceso.Este autoengaño se expresó también a nivel estratégico. El deseo de un cambio social, que entonces estaba en el ADN de los militantes de la izquierda, no fue reprimido ante la adversidad evidente de las circunstancias. Más bien fue sublimado en una estrategia retórica de transición pacífica y gradual al socialismo, el eurocomunismo, que sirvió para justificar los comedidos pactos del momento al presentarlos como pasos necesarios en el camino ascendente hacia ese objetivo ulterior.

Estos acuerdos que la militancia fue aceptando de uno en uno se olvieron al final insufribles, cuando vistos en su conjunto no apuntaban ni de lejos a un horizonte tan remoto. En este sentido creo que la Transición nos habla de lo importante y lo difícil que es mantener la ilusión sin recurrir al ilusionismo. Este ilusionismo se transmitió con el lenguaje tradicional de la izquierda e incluso con el tono beligerante forjado en la lucha contra la dictadura. En las limitadas circunstancias de la Transición ese lenguaje degeneró muchas veces en una jerga corporativa y sobreideologizada, que, si bien no invitaba a la acción, al menos reportaba sentido de pertenencia al colectivo.

El PSOE fue maestro en este arte de denominar otras apuestas con las mismas palabras de siempre. De ello da fe su capacidad para seguir autodenominándose en las últimas décadas como partido de izquierdas. Aquí se ha producido un cambio interesante. Si antes nos encontrábamos con un partido, el PSOE, que se reclamaba de izquierda y hacía políticas de otro tipo, hoy nos encontramos con un partido, Podemos, que quiere hacer políticas de izquierda sin denominarlas como tales. Esta desideologización del debate ha contribuido a romper las viejas lealtades partidarias, ampliando el terreno de juego en favor del cambio. Sin embargo, cimentar nuevas lealtades, no hacia partidos, sino hacia un proyecto de cambio, creo que pasa también, si no hay siquiera elementos simbólicos de identificación con una tradición de la que ese proyecto coja impulso, por lograr la identificación de la gente con un programa fuerte.

La etapa central de la Transición fue la del consenso, entendido primero en su acepción restringida de pacto entre élites.La participación entusiasta del PCE en la negociación de los acuerdos le llevó a interiorizar la lógica del gestor, aún más autolimitante cuando ni siquiera se forma parte del gobierno. Además le convirtió en blanco fácil de sutiles mecanismos de cooptación simbólica, que descansan en la satisfacción que a veces reporta a quienes suelen ir a contracorriente el reconocimiento por parte del poder o la participación, de vez en cuando, en la normalidad.

Durante la Transición cristalizó en la izquierda una cultura política concebida como contribución progresista al consenso en las grandes cuestiones de Estado y cálculo contenido en el discurso, a fin de evitar el rechazo de sectores afines que se suponían más moderados o desinformados. Esta cultura un tanto autocomplaciente, perezosa y elitista —que con la excepción del paréntesis de Julio Anguita se ha extendido hasta hace poco— evidenció su agotamiento con el 15-M, verdadera expresión colectiva de disenso. Cualquier opción política de cambio no debería olvidar que viene de esa ruptura cultural.

Una característica de la Transición, que la diferencia del momento actual, fueron estos procedimientos de integración, cooptación y transacción con el adversario. Hoy no parece que las élites políticas y económicas de este país estén pensando mucho en esa respuesta adaptativa. En un contexto de polarización de las opciones eso abriría un camino más nítido, aunque no por ello más seguro, hacia el cambio. Pero, como esa respuesta suele ser más que recurrente en momentos de crisis, conviene no perder de vista todo ese repertorio de técnicas que en la Transición la hicieron posible. La noción de consenso en la Transición va ligada al llamado desencanto. Creo que el desencanto no se debió tanto a la discrepancia de las bases sociales de la izquierda con respecto a los acuerdos tomados por sus representantes, como al hecho de que lo hicieran entre bastidores.

¿Cómo hacer que la voluntad de cambio se imponga a ese miedo y se vuelva mayoritaria y cómo evitar la tentación de querer hacerse mayoritario cediendo a ese miedo?

El desencanto surgió en el momento en el que dejaron de sentirse protagonistas del cambio, y el correlato de ese estado anímico, que tanta energía social acumulada disipó, fue a la larga la desarticulación progresiva de sus experiencias y espacios cotidianos de actividad política en la base. Además, siguiendo la lógica que les trasladaban los representantes de su partido, muchos de estos militantes y activistas vinculados al PCE terminaron yéndose a otra opción: si de lo que se trataba era de tener unos representantes que gestionaran adecuadamente sus intereses ante el Estado dentro del nuevo marco institucional, quizá el PSOE lo pudiera hacer mejor. Construir una idealidad nada evanescente en torno a un proyecto de cambio requiere no solo de la identificación de la gente con esta idealidad, sino de su participación cotidiana y decisiva en ella.

En la Transición se obró muchas veces desde la ficción de la autonomía nacional. Sin embargo, se desarrolló en un contexto internacional marcado por dos cosas: la lógica todavía aplastante de la Guerra Fría y una crisis mundial del capitalismo. La lógica de la Guerra Fría —con el reparto fijo de áreas de influencia— estrechaba muchísimo los márgenes de maniobra en España. El proyecto reformista de Adolfo Suárez y el mecanismo institucional que lo garantizaba, la Monarquía, fueron apoyados desde primera hora por Estados Unidos y los principales gobiernos europeos. El PSOE recibió un apoyo determinante a través de la socialdemocracia internacional porque pertenecía a esa familia política, pero también como estrategia de contención al avance de los partidos comunistas en el sur de Europa.

Al mismo tiempo, la transición política española fue paralela y estuvo más que condicionada por toda una crisis estructural del capitalismo, que se saldaría con su reconstitución por medio de un nuevo proyecto, el neoliberalismo, que cristalizaría en los ochenta. Por supuesto que todo esto afectó a nuestro país, hasta el punto de que estas dos transiciones —la nacional política y la económica mundial— se terminaron acompasando en esa década. Una sincronía alimentada por los Pactos de la Moncloa, la derrota del PCE y la reconversión de un PSOE que, si se moderó tanto en la Transición, no fue solo por razones electorales, sino por la incapacidad de concebir una acción de gobierno socialdemócrata fuerte en un contexto mundial de fin de crecimiento económico donde el referente de la socialdemocracia europea estaba bloqueado.

Hoy día no estamos dentro de la Guerra Fría, pero sí en una Unión Europea que ha devenido en una suerte de régimen neocolonial basado en un centro productivo y acreedor y una periferia improductiva y endeudada. Ahora los márgenes de maniobra los tratan de marcar la metrópoli, los acreedores y otras corporaciones privadas. Lo hacen utilizando la institucionalidad europea definida sobre todo en Maastricht.

La respuesta que están dando a la crisis del neoliberalismo está siendo más neoliberalismo, que es la forma más rápida —aunque vuelva a llevar al colapso o al empobrecimiento de muchos— de recuperar la tasa de ganancia. Además, a nivel geopolítico parece que estamos en un momento de declive de la hegemonía de Estados Unidos y emergencia de nuevas potencias. Parece que el TTIP quiere anudar una salida más neoliberal a esas tres crisis: la de la Unión Europea, la de la hegemonía de Estados Unidos y la del propio neoliberalismo. Como se está viendo en Grecia, una opción de cambio en España tendrá que enfrentarse a todo eso o “buscarle las vueltas”.

Termino volviendo al principio, a las relaciones entre el momento actual y la historia reciente. Cualquier proyecto de cambio, casi cualquier proyecto, en definitiva, no puede construirse dando saltos en el vacío y sin enlaces con el pasado. Ello supone renunciar a todo ese aprendizaje acumulado y encarar la inútil tarea de empezar de cero. Esa experiencia no se transfiere sin más. En política, la materia no solo se trasforma, sino que también se destruye, y en los procesos de cambio en los que se redefinen los agentes mucha de esa experiencia suele desaparecer si no se establecen eslabones. En la Transición las opciones exitosas, ya fuera de un modo u otro, se acogieron a un discurso que penalizaba tanto el franquismo como el antifranquismo, hasta el punto de presentar a este como un subproducto de aquel, poniendo de manifiesto que no querían ir demasiado lejos.

Creo que para superar el llamado Régimen del 78 hay que coger impulso también de todas las luchas y experiencias de los ochenta y noventa que, aunque derrotadas, aportaron mucho aprendizaje. Creo que esta propuesta de debate de la revista La Circular ofrece una buena oportunidad para escuchar, como diría Walter Benjamin, ese pasado (presente) que clama.

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