Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo y supuesto socialdemócrata, cuya actitud hacia la democracia puede describirse de forma generosa como ambigua, abogó por una sustitución del Gobierno democráticamente elegido en Grecia por otro conformado por tecnócratas.

No fanfarroneaba. La Unión Europea y los mercados ya lo habían hecho antes en Grecia y, sí, también en Italia, pues no olvidemos que a pesar de la más que justificada displicencia hacia Silvio Berlusconi, debería haber sido su propio pueblo el que lo hubiera destituido. En Grecia, la “libertad de prensa”, propiedad de la oligarquía, ha actuado como maquinaria política —¿acaso esto no nos suena familiar?—, bombeando propaganda incesantemente en favor de la capitulación ante las demandas de los acreedores. Una alianza entre las élites económicas griegas y los grandes poderes de la UE ha advertido al pueblo griego que por muy duras que hayan sido sus condiciones de vida en los últimos años, su mundo se desmoronaría a no ser que opte por claudicar. Y aun así ha votado no —una negativa que, además, se ha manifestado de un modo arrollador—.

El referéndum ha supuesto, claramente, un rechazo al programa de austeridad que dio rienda suelta a lo que se ha descrito en Grecia como una crisis humanitaria. Desde la caída de Lehman Brothers en 2008, la austeridad se ha basado siempre en el desplazamiento de la culpa de las élites al pueblo. No olvidemos que fue Goldman Sachs la entidad que ayudó al Gobierno heleno a apañar los libros de cuentas para ganarse la entrada en la eurozona, y que fueron los bancos franceses y alemanes los que se beneficiaron de prestar dinero a Grecia. No olvidemos tampoco que fue Alemania la que sacó provecho de exportar sus productos a los países periféricos de Europa.

Después del crash, se obligó a Grecia a poner en práctica medidas que lanzaron su deuda hasta el 180% del PIB, doblaron el índice de pobreza, dejaron a una cuarta parte de la población griega y a más de la mitad de los jóvenes sin trabajo, aumentaron las tasas de suicidios y mortalidad infantil, dejaron a muchas personas sin acceso a la sanidad y encogieron la economía un cuarto del PIB. Sólo una pequeña parte de los rescates llegaron y por lo general fueron a parar a los bancos alemanes que los habían prestado en primer lugar. Mientras que el renacimiento económico de la Alemania de posguerra se lo debía todo a la quita de su deuda —incluso por parte de países devastados como Grecia—, ahora se le deniega a Atenas la solidaridad que tan desesperadamente necesita. Como señala el economista francés Thomas Piketty, “Alemania es el ejemplo paradigmático de un país que, a lo largo de su historia, jamás ha pagado su deuda externa”, a lo que añade que Berlín “se está aprovechando de Grecia” por los altos intereses de los préstamos. La devaluación del euro ha convertido los bienes alemanes en competitivos internacionalmente, siendo la principal causa del reciente éxito económico del país.

Como señala el economista francés Thomas Piketty, “Alemania es el ejemplo paradigmático de un país que, a lo largo de su historia, jamás ha pagado su deuda externa”, a lo que añade que Berlín “se está aprovechando de Grecia” por los altos intereses de los préstamos.

Pero esta rebelión trataba de algo mucho más importante, y por esta razón Grecia permanece en peligro. Está en juego la naturaleza misma de la Unión Europea. El proyecto europeo se fundó sobre escombros de guerra, genocidio y totalitarismo. Su intención era asegurar paz, prosperidad y democracia al pueblo europeo. Este sueño se ha vuelto una pesadilla para un creciente número de europeos. Existe un déficit democrático que permanece sin respuesta. La Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), por ejemplo, negocia a puerta cerrada con las grandes multinacionales, conspirando para darles el poder de demandar a gobiernos elegidos democráticamente en juzgados secretos donde se puedan frenar políticas que afecten a sus intereses. El tratado de la UE negociado en 2011 prohibió, de hecho, a cualquier futuro gobierno de la eurozona aplicar una política fiscal expansiva. Otros tratados y directivas protegieron a su vez el dogma del libre mercado y lo erigieron en ley. La austeridad se aplica hoy sin pensar, de un lado a otro de la eurozona, con terribles consecuencias para la mayoría de la gente; en España, sin ir más lejos, la mitad de los jóvenes tampoco encuentran trabajo.

Syriza significó una rebelión contra esta Europa de la austeridad y los poderes corporativos, y en favor de un proyecto común más democrático y progresista. Podemos en España —y el Sinn Féin en Irlanda— forma parte de esta revuelta que se extiende. Si el resultado del referéndum hubiera sido el sí, representaría potencialmente una derrota terminal para este acopio de rebeldías paneuropeas. En su lugar, las ha envalentonado. Desafortunadamente para la mayoría de nosotros, las élites de la UE no son estúpidas y se han dado cuenta de ello.