De cervezas, verdades, banderas y otras hermosas razones por las que votar

Fernando Ángel Moreno

Comienzo este artículo como se abren tantas películas y novelas: «Está basado en hechos reales», aunque debería escribir: «Describe hechos reales», por lo poco que en favor de la redacción pienso adulterar lo vivido.

Los increíbles hechos que voy a relatar sucedieron en mi cervecería favorita de Madrid, cerca de la Plaza de Manuel Becerra. Aunque quizás no coincida en ideología con los dueños, sí compartimos el cariño por nuestro país (nada más entrar al local, por ejemplo, te encuentras con una gran bandera española); en fin, adoro a esa familia, que desde hace más de diez años me trata como a un hijo adoptivo. Jamás pensé que en este segundo hogar pudieran ocurrir sucesos tan extraños como los que voy a referirles.

Hace unas pocas semanas, en julio de este 2015, comía allí mientras trabajaba mecánicamente en un encargo para una editorial de Granada, costumbre a la que me cuesta renunciar. En el asiento de enfrente, dos chicos y una chica discutían sobre la posición de un partido político respecto a la situación española actual y respecto a las actitudes de algunos de sus miembros. El principal orador pertenecía sin duda a dicho partido, con algún tipo de cargo más o menos relevante, y sus contertulios preguntaban al hilo, atraídos como quienes apenas disfrutan de contacto con los actores políticos.

Tras cerca de media hora en que alternaba mi atención entre su charla y mi trabajo, y ya con un par de pintas de Te Deum en el cuerpo, me sorprendió mi propia ignorancia respecto al partido que había contratado a nuestro Cicerón. No podía ser. ¡Cualquiera de nuestros partidos (Podemos, PSOE, Cs, PP, IU, UPyD o la miríada de pequeñas formaciones que pululan alrededor de estos) podría apoyar todo lo afirmado: el horror ante la corrupción, la estupidez de los españoles al votar, la necesidad de un cambio en el país, lo imprescindible de una nueva imagen para su organización, lo mal que había llegado el mensaje del partido a los votantes…! Me llamó mucho la atención tal ambigüedad en una política nacional tan heterogénea como la que tenemos.

Señalo solo un ejemplo asombroso. El tipo declaró que los partidos pequeños debían bregar con problemas desconocidos para los partidos grandes, que Monedero hacía una chorrada y se iba a degüello contra él, mientras que Pedro Sánchez soltaba burrada tras burrada en la tele y no pasaba nada. Con todos los escándalos, el PP incluso aumentaba un 30% los votos.

En fin, quizás un votante fanático del bipartidismo pudiera discrepar, pero ¿un político consciente de la realidad, fuera del partido que fuera, se engañaría tanto como ese votante? Esta ambigüedad ideológica desafiaba mi limitada mente humana.

Curioso me rendí ante la necesidad de, sin demasiado esfuerzo, aflojar un poco mi ritmo de edición y limitarme, con mal disimulo, a adivinar el partido de mi protagonista.

Fascinante. Durante los diez minutos siguientes no se reveló ninguna pista esclarecedora.

Pero, ya próximo a la rendición, se produjo por fin una señal: el tipo declaró que era ateo, sin venir demasiado a cuento. Eso eliminaba automáticamente a Vox. No al PP, vaya, aunque se alejara esa posibilidad.

Animado, presté un poco más de atención hasta que mi esfuerzo dio sus frutos: «Hay que darle un giro radical a las mafias que nos han gobernado». Por fin podía descartar completamente a PSOE y PP. Me entusiasmé. Mis dotes deductivas seguían en perfecta forma.

Las siguientes pistas me desconcertaron un poco: al parecer, no podían hacer primarias porque no disponían casi de personas que se presentaran a las listas, pues sería ridículo a efectos mediáticos una competición entre cuatro monos. No podía ser de falanges ni lastimillas similares de las que viven en los mundos de Yupi. Decía que los sistemas de primarias son muy corruptibles, excepto si se consiguen muchísimos candidatos. A Podemos ahora le sobra la peña, excepto si se trata de una circunscripción pequeña, y siguen cegados con lo de las primarias. Tampoco sonaba a IU. «¿Es IU un partido grande? ¿Puede llenar listas? Desde luego, más que Cs, UPyD y Podemos», supuse.

Sin embargo, una y otra vez soltaba: «…si seguimos existiendo tras las generales, claro».

Hey… Volvíamos a meter a IU en el bombo y dudé de si descartar o no a Podemos. Podía ser uno de nuestros analistas políticos que estuviera hasta las narices de los troskos o un viejo comunista de los que han caído en Podemos por error y que llevan dimitiendo desde 1986, pero no sonaba a los nuestros, no.

Una clave inesperada me permitió avanzar en la investigación: le asombraba que el nuevo tesorero del partido hubiera aceptado el cargo sin cobrar. «¿A quién se le ocurre algo así?» De acuerdo. No era de Podemos ni de coña. No solo la mayoría estamos by the face, sino que no creía que en nuestro partido hubiera desvergüenza para soltar esta declaración de principios.

¡Victoria! Teníamos fuera PP, PSOE y Podemos. Y las honrosas y muy encomiables anécdotas.

Quedaban IU, UPyD y Cs.

Decidí recapitular y así me percaté de que a estas alturas no podía dar crédito a dos hechos:

  1. A lo largo de más de una hora se habían defendido ideas políticas sin que ninguna de ellas me hubiera dado pista alguna. El limitado éxito de mis pesquisas se debía solo a actitudes internas de los partidos o respecto al poder.
  2. Había seguido avanzando en mi edición casi tanto como al principio, pese a mis esfuerzos detectivescos y pese a las dos Te Deum y los dos orujos de hierbas que los habían acompañado. [Nota mental en el momento: «Repasar de nuevo mañana todo el curro de hoy».]

Una frase capturada al vuelo me hizo volver a la investigación: «Juro por Dios en casa, y fuera por las leyes,…» (hmmm… ¿era de IU?), «…no por Repúblicas y otras gilipolleces que se dicen ahora». Descartada IU, por fin. Bien, porque si hubiera dependido de la lucha por el poder no lo habría distinguido de los otros dos.

Quedaban UPyD y Cs.

Joder… UPyD y Cs… Esta sí que era chunga. Podía quedarme ahí hasta el Día del Juicio.

Me resistí al impulso de preguntarle directamente al tío, así que mantuve mi vigilancia, impertérrito, paciente, profesional.

A partir de aquí se sucedieron una serie de lugares comunes que apenas aportaban información: «Europa necesita mayor libertad gracias a un generoso rechazo de autonomía por parte de los Estados»…

Nada.

«Gastamos más que lo que tenemos»…

Lo mismo.

«Los de las autonomías es una vergüenza»…

Boring.

«Mi única bandera es la economía»…

Nada.

«Queremos quitarle derechos a la Iglesia, pero no nos atrevemos a decirlo»…

Nada de nada.

«El PP lo ha hecho fatal, pero pactaríamos con ellos»…

Ni un solo dato útil. Imposible distinguirlos. La conversación parecía un editorial de El País.

Entonces la chica, que no había aportado una palabra hasta ese momento, lanzó que la universidad solo debería servir para formar trabajadores, a lo que el chico respondió que la universidad es mucho más que eso.

¡Premio! No era de Ciudadanos.

¡Y la solución se debía a una cuestión ideológica! ¡Existía esperanza para nuestra hermosa nación!

Satisfecho, pedí un orujo de hierbas para celebrarlo, y me lo sirvieron al tiempo que nuestro protagonista comenzaba la siguiente frase con un sonoro: «Nosotros, en UPyD…».

Elevé mi chupito a la bandera española que presidía el local y lo ventilé de un trago. Cerré el Word, apagué el ordenador y reclamé la cuenta que, obviamente, pagué de un sueldo ajeno a la política.

Salud.

  1. Y yo he empleado mi poder de deducción en adivinar que el lugar al que te refieres es la Cervecería Thomas.

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