Estrategias para el desarrollo del feminismo en el nuevo ciclo político

Marina Montoto

Pero… ¿Se puede ser feminista y de Podemos?

En este corto pero intenso año que llevamos caminado, muchas de las personas que estamos trabajando dentro de Podemos para pensar y hacer política de otra manera, entre ellas una política feminista, nos hemos encontrado con una gran dificultad: una extraña sensación constante de que parecía imposible aunar la palabra “feminismo” con la palabra “Podemos”, como si fuesen dos polos del mismo signo, a las que esa extraña fuerza magnética les prohíbe juntarse y tocarse. Y es que, ¿se puede ser feminista y de Podemos sin que ello parezca incompatible? Este texto muestra que sí es posible, y además, deseable, presentando algunas pistas sobre el modo de hacerlo.

¿Qué es el feminismo ganador? Sus retos y posibilidades en la estrategia hegemónica
Consideramos que hay, y debe haber, muchos lugares desde donde ejercer el feminismo. Es en esta heterogeneidad y multiplicidad, desde donde definimos el tipo de feminismo que vemos necesario en Podemos, que de una manera provocativa llamamos feminismo ganador, porque justamente nace con la intención de dar la batalla por la hegemonía. Hegemonía entendida desde dos de sus definiciones fundamentales: como sentido común –que permite una politización desde lo cotidiano y lo concreto–; y como práctica articulatoria –entendiendo la política como una construcción, como un trabajo práctico y discursivo, como un proceso de articulación de demandas y sujetos colectivos, que dará como resultado una nueva relación entre esos agentes sociales, que modificará a su vez a los mismos–.

El feminismo encuentra en esta manera de entender la política dos dificultades clave, como son el hecho de “nombrar desde el poder” y la construcción de un nosotros/ellos. Respecto del primer escollo, cabe decir que no todo el mundo tiene la misma posición, el mismo reconocimiento, el mismo poder para nombrar el mundo, y en nuestro caso, para nombrar y realizar las prácticas articulatorias que mencionamos. Que nosotras digamos “a las mujeres les están quitando derechos” no es lo mismo que lo diga Pablo Iglesias. El lugar de enunciación, el contexto de producción discursiva que plantea esta política articulatoria hegemónica nombra desde el poder. Tenemos que entender que los discursos circulan por un espacio que no es neutral, que tiende a propagar ciertos discursos y a censurar otros. Por eso, toda esta práctica hegemónica tiene que ir ligada a la exigencia de una paridad en la participación y de una democratización de las condiciones de acceso a la producción y a la circulación de los discursos. Pero además, la paridad no es una petición meramente en clave de concesión de las mujeres, sino uno de los muchos cambios de marcos, visibilidades y legitimidades para hacer política que proponemos desde Podemos, entendiendo que todo ello generará procesos subjetivos, identitarios y políticos diferentes de la vieja política, en esta dinámica de transformación de los sujetos que mencionábamos antes.

En cuanto a la segunda dificultad, a la necesaria construcción de un proceso antagónico entre un nosotros y un ellos, el feminismo aquí ha tenido un claro handicap. Tal y como hemos comprobado en la práctica, la definición de un ellos frente al que nosotros nos oponemos ha resultado muy útil para movilizar pasiones y compromisos políticos. El problema es que, en nuestro caso, los “ellos” a los que tradicionalmente ha apuntado el feminismo son los hombres. Pero hay una posibilidad, tremendamente sugerente, para incorporar a los varones y articular un nosotros diferente: entender que el feminismo no es sólo un asunto de mujeres o para mujeres, entender que los otros/ellos del feminismo no son los varones, sino las prácticas machistas. Es cierto que los hombres, como sujetos privilegiados de esas prácticas, tienen una mayor dificultad para deconstruir esas estructuras y prácticas, pero no por ello se les debe dejar fuera. Todo lo contrario, consideramos que no hay feminismo sin ellos.
Pero el feminismo ganador tiene muchas más potencialidades que dificultades. Nuestra estrategia podría describirse como invertir la cadena: dado que nosotras no podemos aglutinar todas las demandas de la sociedad en el significante “feminismo”, “igualdad”, “mujeres”, y como sí se pueden aglutinar todas las demandas ciudadanas a través del significante “ciudadanía” o “pueblo”, lo que tenemos que hacer es justamente plantear el feminismo y la igualdad como una exigencia para que ese significante “pueblo” o “proceso constituyente” se concrete de una manera real. La idea consiste en situar al feminismo como requisito para que lo que estemos construyendo se pueda llamar realmente “democracia”. Si nosotras no estamos dentro de Podemos, si no hay feminismo y feministas en él, no se puede considerar democrático. El objetivo sería también conectar las propuestas feministas con los lugares comunes del discurso emancipatorio (libertad, igualdad, democracia, justicia…) para intentar recomponer el marco de sentido dominante. No se trataría de establecer un combate entre la ideología feminista y la ideología androcéntrica-patriarcal dominante para que la primera derrote a la segunda, sino, más bien, de tomar la ideología dominante como un terreno en disputa en el que desarticular y rearticular sus elementos de otro modo. La segunda potencialidad del feminismo en esta práctica de construcción política y discursiva es que no está solo. Es fundamental aquí las articulaciones con otros actores sociales, demandas particulares, o colectivos. Desde esta perspectiva, el reto de las feministas es también construir un discurso con el potencial hegemónico que permita conectar una visión más amplia de las necesidades, valores e intereses feministas con otras identidades, de clase, de etnia, de edad, que también hayan sido ubicadas en procesos de subordinación.

Por qué un feminismo ganador: las posibilidades de emancipación en una política articulatoria
Es importante que haya un lugar fuerte del feminismo en el campo de las luchas hegemónicas, que entiendan cuáles son sus armas, sus dificultades, sus retos y sus posibilidades en él, y luchen por una sociedad más igualitaria, más justa, y más empoderada. Resulta fundamental porque, como hemos dicho antes, no existe un alguien o algo anterior a la política, sino que estas prácticas desembocan en otros procesos identitarios, cambiando a los propios sujetos sociales, que pueden llevarnos, por ejemplo, en nuestro caso, a la construcción de un pueblo con connotaciones claramente feministas, que es a lo que aspiramos. Así, luchamos a favor de un verdadero proyecto alternativo de sociedad desde Podemos. La lucha de las feministas podemistas no debe de ser exclusivamente una lucha en contra de las discriminaciones de género, sino sobre todo una lucha a favor de un régimen democrático incluyente y sustantivo. Así, el feminismo no es una batalla para unas pocas, sino un modo de mirar y transformar lo de todas y todos, si entendemos la política como esa articulación de batallas en la que hay que construir sus vínculos porque no están dados de antemano. El feminismo no es, por tanto, un asunto sólo para mujeres, o una pelea por cambiar una región particular de la vida (las de género), sino también un modo de hacer política que atiende a la extensión de la justicia, la igualdad y la democracia en la vida cotidiana.

Por supuesto, éste no es, ni debe ser, el único lugar desde donde hacer política, entender la política o vivir la política. Como decíamos al principio, tiene que haber una pluralidad, heterogeneidad, y multiplicidad de lugares políticos. Pero es importante estar en esta lucha, sobre todo porque las feministas hemos brillado por nuestra ausencia. Basta ya de dejar de ocupar este espacio de lucha que también es fundamental para las mujeres. El feminismo en clave hegemónica no piensa sólo en pedirle a la política que incorpore las demandas feministas, sino también en incorporar a las demandas feministas una mirada todavía más generalista y articulatoria con otras prácticas. La revolución democrática no puede no ser feminista, y el feminismo no puede no ser revolucionario democrático. Y, de este modo, aspirar a sumarse y empujar su ola de cambio. Hagámoslo.

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