Grecia: reflexiones después de la batalla

Pablo Bustinduy Amador
Secretario de relaciones internacionales de Podemos

La resolución de la crisis griega ha sumido a buena parte de quienes trabajan por un cambio democrático en Europa en la desesperanza. Hay que decirlo sin medias tintas: el tercer memorándum supone un retroceso grave, cuyo precio seguirá pagando el pueblo griego con años de sufrimiento y austeridad, y una desmoralización para quienes creen y confían en construir una Europa democrática y social. Es un acuerdo nocivo, fruto del ensañamiento político y financiero de los acreedores, que no busca defender el interés general de Grecia ni de Europa, sino reforzar el mando político y financiero de Alemania y neutralizar cualquier posibilidad de alternativa política en la periferia europea. Sin embargo, y unas vez expresadas estas premisas, creo que es necesario enumerar una serie de observaciones sobre el escenario europeo actual y las perspectivas que se abren para todas las batallas sucesivas.

1- En Europa hay un conflicto global entre austeridad y democracia, que afecta a todos los ámbitos de la vida política y social y que va a determinar los horizontes, las capacidades y las posibilidades de una acción política transformadora para las décadas por venir. Es fundamental asumirlo y entenderlo: Alexis Tsipras no ha chocado con fuerzas conservadoras del orden establecido, sino con un statu quo dinámico, que está en proceso de redefinición y transformación. Estamos en un momento de transición geopolítica profunda, compleja, y dependiendo de la amplitud del encuadre, de la escala de tiempo y espacio que adoptemos para explicarlo, la perspectiva de lo que ha sucedido en Grecia cambia notablemente. La lectura de la coyuntura concreta –una derrota dolorosa– puede hacer caer en el fatalismo, que nubla la comprensión y es enemigo del análisis: en una perspectiva de onda larga, sistémica, las fuerzas de la democracia deben recomponerse, reconocer los avances –que son muchos– y los retrocesos de estos últimos seis meses, y avanzar en las direcciones que pueden plantear las próximas batallas en los términos más favorables. El orden establecido está en movimiento, y sigue abierta la posibilidad de una transformación política profunda que ponga fin a la austeridad y plantee la democratización de nuestra vida económica, política y social. Basta ver lo que está sucediendo en las primarias laboristas y demócratas, o lo que ha sucedido en las elecciones turcas, en Escocia o las municipales españolas: la perspectiva de cambio, en gran medida gracias al proceso griego, está hoy en día más abierta que hace un año.

2- La mayor parte de las reacciones y los comentarios sobre la resolución de la crisis griega se han desarrollado desde una perspectiva moral: traiciones, capitulaciones, coraje, modulaciones de la voluntad. Se trata de una tendencia lógica, instintiva, pero es también la causa de la pobreza estratégica de la mayoría de los análisis que se están realizando sobre el caso. Hay que ser fríamente materialistas ahora mismo: pensar el escenario, pesar las fuerzas, entender lo que ha pasado, y analizar cuáles son los márgenes que quedan abiertos, los que se han cerrado, los que se pueden abrir, y los que no. Todo lo demás es literatura, dramatización, y no sirve para hacer política (o al menos, no la política que nos interesa).

3- No sirve de nada analizar la derrota del Gobierno griego en términos de “voluntad”, como si Tsipras no hubiera querido ir más allá de lo que ha conseguido, como si le hubiera faltado coraje para aplicar un plan B que nadie conoce en profundidad ni puede definir exactamente. En un país que importa una parte sustancial de los alimentos y medicinas que consume, y más de dos tercios de la energía, un país arruinado, que ha perdido dos tercios de su aparato productivo en los largos años de la austeridad, en un país con el sistema bancario asfixiado por el BCE, sin reservas de divisa extranjera, y sin forma de financiarse por sus propios medios ni en los mercados ni en las instituciones internacionales, el margen de negociación en la hora H reveló desgraciadamente todos sus límites estructurales.

4- ¿Podría Tsipras haber dicho no al acuerdo? Según las estimaciones del gobierno, el sistema bancario habría aguantado pocos días más, después de varias semanas de corralito, una vez que no se concluyera el acuerdo. Independientemente de la solución técnica que se le diera a la crisis, los depósitos y ahorros en euros de quienes aún tienen su dinero en el banco –no las clases adineradas precisamente, pues los grandes propietarios hace años que sacaron el dinero del país– se habrían evaporado. La realidad es que ninguno de los poderes regionales alternativos a Europa y el FMI mostraron disposición a colaborar en un escenario de ruptura con la UE. Sin financiación, sin garantizar la importación de insumos básicos, “reindustrializar el país” y “recuperar la soberanía” son proclamas vacías. No se habría podido socializar en el corto plazo otra cosa que la quiebra, en un país cuya población dio un mandato claro contra la austeridad pero no quiere salir del euro. Para tomar esa decisión no hacía falta coraje o valentía, hacía falta indiferencia ante la violencia inmediata que iba a acarrear sobre los trabajadores y las clases medias del país, en contra de su propia voluntad.

5- Esa aparente contradicción de la voluntad popular (no a la austeridad, no a salir del euro) es mucho más profunda y compleja de lo que parece. Es radicalmente falsa, y tramposa, la oposición de austeridad en el euro frente a soberanía fuera de él. Es infantil y peligroso imaginar que hay mayores posibilidades de redistribución social, mayores márgenes de progreso y justicia social fuera de la estructura socioeconómica más desarrollada de un momento histórico que dentro de ella, sin tener en cuenta cuál es el contexto preciso en el que habría que operar y cuál es la disponibilidad de recursos que se da en cada uno de los escenarios. No hay duda: de aplicarse, este acuerdo supondrá una dosis adicional de sufrimiento para la población y una pérdida sustantiva de recursos públicos y comunes para los griegos. Pero no vale caer en robinsonadas abstractas: no hay mayor soberanía en la escasez, ni en el aislamiento, sin un plan viable de financiación de una economía rota y asfixiada, en vistas de su rearticulación productiva a medio plazo. El siglo pasado nos enseña que fuera de los núcleos productivos más desarrollados y avanzados es difícil socializar otra cosa que la escasez y la miseria, lo que resulta difícilmente compatible con las libertades políticas y la democratización económica y social, esto es, con la condición misma de la justicia social.

6- La pugna esencial sigue siendo por el control político de esa estructura productiva. La política es una correlación de fuerzas, y lo que ha resultado de este episodio de la crisis no es otra cosa que una brutal imposición, la cristalización de una relación desigual hasta el extremo: la decimoquinta economía de Europa, asfixiada y sin financiación en los mercados, frente a Alemania y un bloque heterogéneo pero coherente en última instancia que incluye a todas las fuerzas del orden, todos los poderes políticos, económicos y financieros del continente. No podemos caer por ello en el desistimiento moral. Nuestra perspectiva y nuestro objetivo deben seguir siendo democratizar la producción, el control y la distribución de la riqueza allí donde ésta se produce. Si no logramos alterar esa correlación de fuerzas, no abriremos un espacio suficiente para el proceso de democratización que pueda representar una verdadera alternativa al mando financiero que está sometiendo, una tras otra, todas las conquistas y todos los derechos heredados de la constelación histórica del Estado de bienestar.

7- Es falso que esta crisis haya demostrado que en Europa es imposible la política. Hay un determinismo peligroso –todo era imposible desde el principio, ergo todo es imposible hacia delante– que hace de su diagnóstico una fuente de impotencia, o imagina dimensiones paralelas de libertad que no existen en la realidad. Si algo ha demostrado este proceso es la absoluta fragilidad de la institucionalidad europea, el régimen de excepción, la pura fuerza desnuda que ha resuelto los episodios decisivos en una habitación, de madrugada, inventándose espacios y recursos al margen de toda codificación o cauce legal establecido de antemano (como la salida temporal de la Eurozona de un Estado miembro, varios planes de inversiones que el día anterior eran impensables o imposibles, restricciones o excepciones de los tratados fundamentales, planes para restructurar la deuda que se desvanecen, hasta la expulsión de un ministro de Finanzas del Eurogrupo). Con esas fuerzas tan limitadas, Grecia ha conseguido hacer emerger contradicciones esenciales en el bloque de las instituciones, hasta el punto de que el FMI sigue desmarcado del acuerdo y solo entrará cuando se confirme la reestructuración sustancial de la deuda pública griega, lo que supondría un hito en el decaimiento del paradigmaausteritario de magnitud mucho mayor que el memorándum mismo (para imaginar el peso político de la reestructuración, que debería constituir el objetivo político esencial de las fuerzas anti-austeridad en este momento, basta la revelación por el mismísimo Juncker de que fueron los gobiernos de España y de Portugal los que bloquearon en el último momento la inclusión de la reestructuración en el acuerdo, por temor al reforzamiento moral e ideológico que eso supondría para las fuerzas populares en sus países, y a la posición de debilidad e indefensión política en la que dejaría a los gobiernos aliados de Merkel en el sur europeo). Repitámoslo las veces que haga falta: estamos ante un problema político, no jurídico ni técnico. Y político debe ser el carácter y la lógica que rija la estrategia de nuestra alternativa.

8- Lo que se ha revelado en la resolución de esta crisis es la naturaleza más cruda de un poder alemán en transición, una lógica de mando político-financiero de tintes abiertamente autoritarios, que han hecho de la negación del principio democrático e incluso del principio de legalidad (desconocer la legitimidad del Gobierno electo, forzar un escenario de neutralización del referéndum, utilizar el BCE para asfixiar el sistema bancario griego) uno de sus caballos explícitos de batalla. Sin embargo, el carácter mismo de esa lógica de poder demuestra que Europa es la dimensión, el espacio político de la batalla, y por tanto el lugar que refleja la correlación de fuerzas propia del tiempo de excepción en que vivimos. Estamos en un ciclo largo de transformación abierto por la crisis financiera y prolongado por la lógica de mando de la austeridad: abdicar de ese espacio sin agotar primero las posibilidades de acumulación de fuerzas en su seno, sin analizar en profundidad la multiplicación de procesos que van surgiendo a lo largo y ancho del continente en la pelea por articular una oposición política real a esa lógica de mando (desde Eslovenia a España, de Grecia a Escocia, del Reino Unido a Polonia, pasando por las tensiones que sacuden todos los partidos socialdemócratas del centro europeo) es abdicar del análisis del momento histórico y regalarse un pasaporte a la marginalidad, a la aceptación de la derrota. La recomposición de las fuerzas anti-austeridad es pareja a la transición del mando europeo, y esa es la escala de onda larga que debe gobernar el análisis y las decisiones estratégicas. Esto no excluye ninguna opción en el futuro: las hace depender de nuestra capacidad de construir, de articular y de transformar.

9- La mejor prueba de la fragilidad de ese mando autoritario vino dada por el referéndum del 5 de julio. El referéndum griego fue una disrupción que pateó el tablero de los tratados y abrió un escenario político completamente nuevo, que no existía el día anterior de su convocatoria. Si no se pudo dar una salida política que codificara ese magnífico desbordamiento democrático del orden establecido es porque el adversario redobló la estrategia de restauración en una clave netamente agresiva, lo resolvió por una descarga de fuerza bruta mucho mayor. La única carta decisiva de Grecia en la negociación final era la amenaza de la tormenta financiera que conllevaría el Grexit. Una vez descontado ese peligro (pues en las bolsas europeas no se materializó de forma sustantiva en ningún momento, ni antes ni después del corralito y el referéndum), Schauble convirtió esa baza precisamente en su arma de mayor calibre. Esa expulsión con austeridad bajo forma de “ayuda humanitaria” representaba un cambio de paradigma en la historia política de Europa, la constitucionalización de un modelo colonial-autoritario en el seno mismo de la Unión. Y desgraciadamente, en ausencia de cualquier otra vía práctica de financiación después de un proceso de ruptura, representaba también una posibilidad extremadamente real de culminar el proceso con una debacle irreparable.

10- Defender al Gobierno griego en el escenario posterior a las negociaciones no es una cuestión de principios o de lealtades, sino una cuestión estratégica de primer orden para nosotros. Igual que han atacado al Gobierno griego para debilitar las opciones de cambio democrático en otros países europeos, todo lo que sucede en Grecia incide directamente en las posibilidades, los márgenes y las capacidades que un Gobierno popular en nuestro país tendría a su alcance y disposición. La Troika tenía tres objetivos políticos al principio de las negociaciones: golpear a Grecia para avisar a España, romper Syriza y hacer caer en pocos meses el primer Gobierno de izquierda que ha habido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Es sencillamente suicida renunciar a los avances y las posiciones que se han conquistado en estos meses, por muy dura que sea la derrota en esta primera batalla: hay que defender y pelear cada centímetro, cada cláusula, cada margen que quede abierto a la disputa. Hay que hacer exactamente lo contrario que dividirse y moralizar el debate estratégico: hay que construir una gran alianza democrática, monstruosa y transversal, cuyo objetivo táctico esencial sea la acumulación de fuerzas en el corto plazo y desarrollar la inteligencia estratégica suficiente para dar las batallas en las que más favorable puede ser la correlación de fuerzas (por citar solo algunos en el corto plazo: deuda, TTIP, fraude fiscal, desplegar la noción de ciudadanía en lo que implica de servicios públicos y derechos sociales, etc.).

11- El movimiento en los partidos socialdemócratas no es desdeñable en absoluto. La austeridad ha producido un espacio sociopolítico transversal, bastardo, que está ahora mismo abierto y en disputa. Grecia ha sido una vanguardia de esa lucha, pero a medio plazo Europa afronta una recomposición decisiva de sus fuerzas hegemónicas en la que lo que queda del bloque histórico socialdemócrata representa el eje decisivo para recomponer la correlación de fuerzas a escala continental. El verdadero esfuerzo estratégico está ahí y no en otra parte.

12- Hemos errado completamente en expresar y explicar la distinción entre Grecia y España. No es cierto que nosotros tendríamos más margen porque tenemos un PIB cinco veces mayor. Nosotros tendremos más margen porque no tenemos que afrontar nada que se parezca en absoluto a lo que ha vivido y está viviendo Grecia. No tenemos que prorrogar ni renegociar un memorándum. Nos financiamos por nosotros mismos en los mercados. La solvencia de nuestro sistema financiero (ya) no depende de una decisión arbitraria del Banco Central Europeo. No tenemos más tutela en el ejercicio político de nuestra soberanía que la que dictan los tratados europeos (lo que abre la cuestión decisiva de la aplicación de los márgenes, los límites y las reglas, como demuestran los incumplimientos sistemáticos de las reglas de estabilidad presupuestaria por parte del eje franco-alemán). Es hacerle un favor a nuestros adversarios admitir siquiera implícitamente ese paralelismo. No es que tuviéramos más margen, es que tendremos un escenario completamente distinto. Hay que pelear ese mensaje con uñas y dientes. No se trata de que el adversario busque hacernos daño con la comparación: es que la comparación es radicalmente falsa.

13- El movimiento popular de cambio democrático en España debe asumir un papel de vanguardia para la acumulación de fuerzas en Europa. Hay que ir más allá de los espacios que están actualmente constituidos. Hay que convocar a todas las fuerzas de progreso, especialmente las de los países del sur y la periferia europea, para generar una agenda democrática común en torno a los ejes decisivos de la transición europea. Es necesario un espacio nuevo, un lenguaje nuevo y una estrategia nueva. Si no, nos estaremos auto-ubicando en un margen oscuro del tablero y asistiendo pasivamente a esta transición, a la disputa tenebrosa entre las nuevas xenofobias y el autoritarismo financiero. España está llamada a jugar, esta vez sí, un papel decisivo para impulsar un proyecto europeo basado en la defensa de la paz, los derechos humanos, los servicios públicos y la dignidad de sus pueblos. Es difícil que una oportunidad histórica de este calibre vuelva a presentarse en nuestras vidas.

Publicado en Público 01/09/2015.

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