Crítica de la Nación Práctica

Una característica del debate público en la España de la Transición ha sido el identificar nacionalismo con los nacionalismos llamados “periféricos” o “históricos”. De ese modo, el nacionalismo españolista quedaba neutralizado, racionalizado, invisibilizado, a pesar de que quien habla en la Constitución española es la propia Nación Española, que toma la palabra en el Preámbulo para proclamar su voluntad (SIC) de afirmar determinados principios (democracia, bienestar, cultura, etc.).

Así como el nacionalismo españolista es invisible, los nacionalismos “periféricos” quedaron cargados de sentimentalismo, pasado (“históricos”), tradicionalismo y, en definitiva, irracionalidad.

Este fue el discurso dominante en la clase política, en los medios de comunicación y en la academia. En ese sentido, es interesante que historiadores de referencia, como José Álvarez Junco, afirme en un reciente artículo de El País que una nación se define no por elementos objetivos, sino por lo subjetivo: “son grupos de individuos que creen compartir ciertos rasgos culturales y viven sobre un territorio al que consideran propio. El factor clave es, por tanto, la creencia, la voluntad, la adhesión emocional de sus componentes”. Partiendo de esta definición, el autor afirma que Cataluña es una nación y España también.

Sin embargo, más adelante, propone: “dejemos el aspecto emocional —mamá te quería más que a mí—, sobre el que el acuerdo es siempre imposible, y discutamos lo práctico —el piso que te dejó vale más que el mío—, las ventajas e inconvenientes que hoy puede tener poseer un Estado”.

Una Cataluña independiente no tendría ni fronteras, ni una moneda específicamente propias, pues seguriía en el ámbito de la Unión Europea, sostiene Junco. Bandera e Himno “ya tienen, y en abundancia”, y ni el Ejército es una prioridad, ni es seguro que redujeran el déficit fiscal, continúa. Su conclusión es que, como ocurriera con otros Estados modernos, el nacionalismo cumplirá en Cataluña el papel de coartada para beneficiar a las estructuras político-administrativas que dominarán el nuevo aparato estatal, en este caso, “las élites políticas barcelonesas, que pasarían de ser autoridades regionales a estatales”.

“Lo único nuevo serían unas compensaciones emocionales: saber que está en su casa, en Cataluña, fuera de las garras de la opresora España”, finaliza. Pero, justamente, si una nación es un sentimiento, no puede ser nunca una “compensación”, que es aquello que se intercambia por otra cosa. Por otra parte, es significativo que en la enumeración de elementos “prácticos” no aparezca la soberanía, ni la legitimidad en términos de nación, de la nueva comunidad que emergería, que es lo único que ahora no tiene.

No hay tal contraposición entre “lo práctico” y “lo emocional”, entre Estado y Nación, porque lo práctico se define en el marco de ya no lo puramente emocional, sino la visión del mundo que se tenga, donde entran elementos “racionales”, sentimentales, emotivos, etc. Y las naciones son identidades colectivas que —más allá del juicio que nos merezcan— definen precisamente esas cuestiones. Basta mirar a lo que están hace ya décadas dispuestos a sacrificar en términos “prácticos” los palestinos por alcanzar su estatuto pleno de Estado-Nación.

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