La Siberia española

El próximo sábado 14 de noviembre se celebrará en Molina de Aragón el primer encuentro estatal de círculos rurales de Podemos, con el objetivo de llevar la política de cambio a todas nuestras comarcas, la  Marca España viva, con raíces populares de verdad. Casualmente El Mundo ha publicado un artículo que hace referencia al problema del despoblamiento en la comarca donde tiene lugar el encuentro de círculos. 

“Montaron enjambres, grandes colmenas de casas y se los llevaron a todos a la ciudad alegando que aquí había muy pocas opciones para vivir. Crearon la figura del paleto: el que se iba era el listo, el que se quedaba, el tonto, el que no sabía buscarse la vida… Y los pueblos se fueron quedando vacíos”. Jerónimo Lorente describe de forma muy gráfica un problema que se olvida. El del despoblamiento rural, que alcanza en la zona de la comarca de Molina de Aragón (Guadalajara) su máximo exponente. De la mano de este jubilado de 73 años recorremos una de las regiones más despobladas de España. La Siberia española, la han bautizado.

Son las 10 de la mañana en Molina, eje urbano en torno al que gira la vida de la comarca. Es día de mercado y las calles, paradójicamente, están llenas. El ritual de los jueves que nadie se pierde. Hace tiempo que las furgonetas que reparten el pan empezaron su ruta por los pueblos. Como mucho, 70 barras en temporada alta, explica el panadero Alberto Usero, que habla de su profesión como “un servicio público”. También lo ha hecho el autobús escolar, recogiendo a dos o tres niños por población… De lo contrario, comerían sin pan. O no irían a clase, ya que muchas poblaciones no tienen tiendas, ni médico, ni colegios para los escasos niños de las familias que han decidido quedarse en el pueblo.

                                               Diego Sanz, campanero y bibliotecario en Alustante.Javier Nadales

La comarca de Molina de Aragón es fronteriza con Soria, Zaragoza, Teruel y Cuenca y es una de las zonas menos pobladas de Europa. Viven 1,63 personas por kilómetro cuadrado, una densidad menor que la de Laponia o la de Siberia. El éxodo comenzó a finales de los 50, con un desarrollismo promovido por el Franquismo en ciudades en plena expansión con fábricas que nutrir y un campo poco tecnificado y pobre, en el que costaba salir adelante.

Molina perdió además el papel vital de punto clave ganadero que había tenido hasta entonces. “La economía se concentró en las áreas litorales y en las grandes ciudades. Necesitaban mano de obra y se levantaron zonas como la colonia Marconi o Ciudad Pegaso, en Madrid. En el resto de Europa se crearon industrias derivadas de los productos agrarios, pero aquí no. Aquí la causa del despoblamiento no ha sido natural, ha sido política: todo a la ciudad, nada al campo”. Él, Jerónimo Lorente, fue uno de los que se marchó a trabajar a Madrid. Veintiún años después, volvió. “Cuando me fui, en mi pueblo -Adobes- aún vivía casi un centenar de personas y cuando volví, nada, ocho o diez, tres bombillas y las ovejas pastando por las calles. Estaba completamente abandonado“.

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Manifestantes de la comarca de Molina de Aragón

Lorente trabajaba en Correos y pudo pedir un traslado a Molina de Aragón. De ahí, acabó como alcalde de su pueblo durante 10 años y formó parte de una plataforma para recuperar la zona llamada La otra Guadalajara -similar a otras como Teruel Existe o Soria Ya-, en la que un grupo de municipios se unieron para reivindicar mejoras: carreteras, banda ancha, servicios básicos… “Luchar cada uno por separado era imposible y planteamos una docena de reivindicaciones comunes. Lo debatimos mucho y pasamos de que no nos hicieran caso a ir ganándonos un peso. La prensa provincial se nos puso muy a favor. Se nos veía como una gente desamparada a la que los políticos no escuchaban porque no les interesaba electoralmente. Íbamos por el buen camino, pero se nos cruzaron la crisis y la señora Cospedal. Y se truncó todo”. Para Lorente la causa de todos los males del campo es política.

En una España que tiende al envejecimiento y, por tanto, a perder población -según el INE, las únicas Comunidades que ganarán población en los próximos 15 años son Madrid, Canarias, Illes Balears, Murcia y Andalucía- las zonas rurales se enfrentan a un problema endémico mayor: hace tiempo que no hay relevo generacional. La población, muy envejecida, simplemente se muere.

EL TERRITORIO MÁS DESARTICULADO DE LA UE

Francisco Burillo, catedrático de Prehistoria en Teruel, es el promotor del proyecto Serranía Celtibérica, una zona interregional de 65.825 kilómetros cuadrados que incluye poblaciones de Guadalajara, Cuenca, Soria y Aragón. Entre ellos, el señorío de Molina de Aragón, objeto de este reportaje. «La extensión es el doble de la de Bélgica y no llega ni al medio millón de habitantes, la mayoría muy mayores. El año pasado perdió 8.000 personas y buena parte fue por defunción», denuncia. Solo hay cuatro localidades con más de 20.000 habitantes (Calatayud, Teruel, Cuenca y Soria) y, como contraste, tiene 614 pueblos con menos de 100. «Es con creces el territorio más desarticulado de la UE. Nuestra situación es más extrema que la de Laponia, porque nuestra pirámide de población no tiene base. Somos un área de montaña, despoblada y rural remota, las tres categorías que utiliza la UE para dar ayudas». El problema es que pertenece a cuatro comunidades distintas y tendrían que ponerse de acuerdo muchas partes para presentarse como una entidad global: «Lo importante es marcar estrategias de desarrollo real y sostenible para regenerar este territorio», termina.

“Estamos en una zona geográfica donde la pirámide de edad está completamente invertida.En mi pueblo, La Yunta, sólo 25 personas de las 100 que vivimos estamos en edad de trabajar y hay cinco niños. Casi el 50% está por encima de los 80 años”, apunta Ángel Luis López, agricultor de 47 años, soltero y propietario de una casa rural. “En una década y media estos pueblos van a desaparecer, aquí las chicas, una vez salen a estudiar, no vuelven”. “Necesitamos rejuvenecer esta zona, hay muchísimos negocios por explotar y ahora la comercialización es mucho más fácil. Hay un pueblo de Teruel que está vendiendo alfalfa a Arabia Saudí. ¿Y un arquitecto necesita estar todos los días en La Castellana? Aquí podría trabajar con la tranquilidad que esto ofrece”.

Diego Sanz es uno de esos profesionales que ha querido quedarse en el pueblo. Fue a la universidad, hizo una tesis sobre los recursos de la zona y volvió para quedarse. Pero ve los riesgos. “Hay un sentimiento de desesperanza colectiva. Yo comprendo que haya gente que no se quiera arriesgar a emprender aquí porque estamos viendo una progresión demográfica que no nos invita a ser muy optimistas. Creo que tener políticos que no crean en el medio rural es una desgracia para una sociedad. Pueda que sea una inversión cara, pero es imprescindible. No sé si es de muy buen estadista tener kilómetros y kilómetros de espacio deshabitado”, denuncia. Él trabaja como bibliotecario en Alustante y ha recuperado la tradición de los toques de campana. Es el campanero del pueblo.

Ángel Luis López, agricultor y dueño de una casa rural en La Yunta.J.N.

El herrero de Checa es Jesús Alba. Como su hermano, con el comparte tajo en el taller, es herrero de tercera generación y él además es alcalde sin salario, como todos en los pueblos pequeños. Busca todo tipo de posibilidades para que haya futuro: “Me gustaría que supiéramos aprovechar los recursos y las potencialidades que tiene el territorio. Eso fuera suficiente para que la gente viviera aquí con calidad de vida. Ojalá no tuviéramos siempre que limosnar por servicios fundamentales como la sanidad y la educación”. Opina que, en los últimos 60 años, “hemos evolucionado tan rápido que nos olvidamos de nuestra esencia”.

Ocho ancianos debaten en una ‘casa tutelada de mayores’ del pueblo de Pobo de Dueñas. Han nacido en la zona y no han querido, o no han podido, marcharse con sus hijos, diseminados por ciudades de todo el país. Todos están de acuerdo en que no quieren vivir en la ciudad, pero también en que no es buena opción volver al pueblo. “Qué vas a hacer aquí. Si no se puede hacer nada. Sólo está el campo, que es muy duro. Yo me esforcé mucho para que mis hijos tuviesen una educación y se marchasen fuera. Luego, en vacaciones, vuelven unos días”, cuenta una de ellas, de 86 años. La población llega a multiplicarse por cuatro en verano.

“Hay algunos agricultores, algunos con un poco de ganado, pero a nadie le interesan esos trabajos. Nadie quiere estar 365 días sacrificándose”, añade otro de los ancianos. Bromean sobre la vida en el pueblo con un sentido del humor envidiable. Son las 14.00 horas. Ya han comido y están de sobremesa hasta que empiezan a retirarse para la siesta. “En Castilla-La Mancha se han hecho muchas casa de mayores, algunas las gestiona el ayuntamiento y otras, empresas privadas, como la nuestra. Hay mucha gente mayor que está sola y es una solución muy buena para ellos porque están en su entorno y atendidos. El invierno es triste, pero el verano es más entretenido“, cuenta María José Chueca, de 42 años, que regenta la casa. Pagan el 75% de su pensión y viven junto a otros ancianos a los que suelen conocer desde la infancia.

ESCUELAS RURALES EN EXTINCIÓN

Más de 70 colegios cerrados en cuatro años. La supervivencia de la escuela rural ha sido uno de los grandes campos de batalla de quienes luchan contra la despoblación. El Gobierno que presidió Mª Dolores de Cospedal dejó sin contenido el artículo 128.3 de la Ley de Educación, que establecía que una escuela se mantendría abierta en Castilla la Mancha siempre que hubiese un mínimo de cuatro alumnos. “De palabra, el ex consejero Marcial Marín fijó que la ratio sería de un mínimo de 11, pero no se legisló por lo que, en la práctica, se crearon muchas desigualdades en función de afinidades políticas y se cerraron escuelas con más alumnos mientras que otras con menos seguían abiertas”, explica Marcos Campos, presidente del Foro de la Escuela Rural de Castilla la Mancha. Ahora, el Gobierno de García-Page ha vuelto a los parámetros anteriores, cuatro alumnos por escuela, y el pasado verano contactó con familias y ayuntamientos para ponerlo en marcha. Sólo 20 escuelas han solicitado la reapertura. “Muchas familias directamente se fueron de los pueblos y ya no hay niños. La falta de servicios sociales, educación y sanidad es una de las grandes causas de la despoblación rural. Además de las escuelas, en muchos pueblos las visitas del médico se han ido espaciando a una vez a la semana o cada 15 días -denuncia Campos-. Hace falta inversión. Si no, la mancha de la despoblación será cada vez más extensa”.

Hace 10 años que esta mujer se mudó al pueblo con su marido y sus dos hijos. Aquí tuvieron otro más, la niña que deseaban. “Vivíamos en Zaragoza y como su padre se jubilaba y tenía tierras valoramos si nos convenía venirnos. Él se vino primero y yo tardé cuatro años en mudarme con los niños. Fue duro acostumbrarme y hasta que encontré trabajo, lo pasé mal pero ahora estoy muy a gusto, es muy sano y la verdad, no me volvería a Zaragoza”.

En su pueblo, Hombrados, están censados 34 habitantes. Cinco son niños. Tres, los suyos, y otros dos, de un matrimonio rumano. “Son muy pocos, es verdad. Pero bueno, van al colegio en Molina y están con otros niños”, explica. La ratio para mantener abierto un colegio, con su maestro, está en un mínimo de cuatro niños. El de la escuela rural ha sido uno de los grandes campos de batalla en la zona. Cada mañana, siete rutas de autobús salen de Molina de Aragón y van recogiendo alumnos por los pueblos, cuenta Ainhoa, una niña de 13 años que vivió en Toledo pero prefiere la libertad que le da el campo.

Un perro solitario en Alustante.J.N.

Cuando llegan al instituto, tienen que quedarse internos en Molina, no hay otra opción. También hay una escuela hogar para que los alumnos de primaria de pueblos muy lejanos se queden de lunes a viernes. Y es que las temperaturas extremas que se alcanzan en invierno no favorecen los desplazamientos por carreteras rurales. “Nosotros tenemos una beca. Como es una zona desfavorecida, la Junta nos paga el transporte y la comida en educación primaria. Y los niños no se quejan. Echan de menos el cine y el ‘burguer’, pero en casa, un día a la semana, ponemos cine en familia, hacemos unos bocatas y ya está. No echan en falta nada”. María José y su esposo, Miguel Ángel Casado, son dos personajes excepcionales. De esos que apostaron por volver al pueblo.

Miguel Ángel se dedicaba a la construcción en Zaragoza, pero una operación de rodilla y la artrosis le hicieron plantearse su modo de vida. Ahora es apicultor y se dedica a la cría y la inseminación artificial de abejas reina. “Mis amigos me decían ‘¿pero estás loco? ¿qué vas a hacer en un pueblo donde no hay gente?’. Pero aquí hablo con más gente a diario que allí. Es un trato muy diferente, somos mucho más sociales, aunque tengamos nuestras riñas”, apunta. Quiere que sus tres hijos estudien lo que prefieran y decidan si quieren volver o no: “¿Qué les gusta el campo? Que se vengan a vivir aquí. Pero no quiero que vean esto como un camino fácil”.

Las escasas posibilidades laborales para las mujeres y la falta de servicios son dos de los graves problemas que arrastra la zona. “En los pueblos más pequeños los servicios son comunes. En El Pobo tenemos el centro de salud, en Molina, el centro de especialidades y una UVI móvil. Y aquí, en Adobes -su pueblo-, hay un pequeño consultorio y viene el médico una vez a la semana”, cuenta Jerónimo Lorente. “Parece que los médicos y la gente con estudios no quieren venir a los pueblos. Ahora tenemos un médico que es rumano, porque dicen que no quiere venir ninguno español y en Molina también hay un pediatra de Ucrania, que está tan contento”, añade María José. “Hay que dar más ambiente para que la gente quiera venir, sobre todo las mujeres”, suma su marido. Que se descarte, señala, esa idea de señoras vestidas de negro encerradas en sus casas.

La comarca está plagada de pueblos fantasma, como Valsalobre. Donde, si tienes suerte, puedes ver a algún vecino que ha ido a pasar el día. Como Fernando, un prejubilado, que arrastra una carretilla en esta localidad en la que llegaron a vivir 35 familias y hoy sólo queda un matrimonio rumano con dos niñas. Más de la mitad de las viviendas están derruidas. A unos metros, en Castellote, sólo quedan de la iglesia piedras de sus propios muros derruidos y el altar está carcomido por la nieve. También grandes naves en las que guardan el ganado los más pudientes.

“La gente se fue por necesidad, para ganarse la vida porque del campo no se podía vivir, pero algunos de los que se quedaron fueron comprando las tierras de los que se iban y, como daban muchas subvenciones europeas, consiguieron hacer mucho dinero”, cuenta. Tras 30 años trabajando para Telefónica en Barcelona, País Vasco y Salamanca, él ha decidido recuperar su antigua casa con sus propias manos. “La despoblación afectó de forma global a toda la zona. De media, los pueblos de la comarca perdieron un 80% de población”, explica Lorente. Una realidad que instaló Siberia en plena Guadalajara. A escasos 200 kilómetros de Madrid.

ESPAÑA, UN PÁRAMO RURAL

La Unión Europea considera despoblado un territorio cuando tiene menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado, “un fenómeno generalizado en la España del interior y más agudo en las zonas montañosas”, explica Luis Antonio Suárez, profesor de Economía aplicada de la Universidad de Zaragoza y presidente del Centro de Estudios de la Despoblación. Solo hay que mirar las zonas amarillas del mapa que acompaña este reportaje para comprobar que la mayoría nos concentramos en las grandes ciudades y el resto del país es un verdadero páramo. Suárez explica que, por debajo de los tres habitantes por kilómetro cuadrado, es un desierto demográfico, al que se puede considerar biológicamente muerto. “En España lo hacemos todo muy rápido y, a partir de los años 60, generaciones enteras abandonaron los pueblos. No hubo política de equilibrio, sino que primó el crecimiento en esos años decisivos. Se produjo una desarticulación del mundo rural de la que no ha podido recuperarse”, apunta. Para este experto, sería necesarias políticas de discriminación positiva, “sobre todo para cambiar la mentalidad hacia estos lugares y reconocerles el valor que tienen. Su desaparición traería graves consecuencias medioambientales, como los incendios forestales”.

 

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