México, el país convertido en tragedia

Paloma Bravo García

Todos los candidatos a la presidencia mexicana se han caracterizado por el incumplimiento de sus promesas electorales y, las que acabaron triunfando, por una nefasta gestión. Todos ellos declararon ser capaces de poner fin a los problemas estructurales del país. Vicente Fox, Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto prometieron acabar con el poder del narcotráfico, con los feminicidios, aseguraron que terminarían con la inseguridad, la delincuencia y el crimen organizado, prometieron dar voz a los grandes grupos excluidos política y socialmente. Lo cierto es que, tras sus respectivos gobiernos, los cadáveres de niños, mujeres, pobres e indios se siguen amontonando en fosas comunes.

En el año 2000 el presidente de México, Vicente Fox, anuncio el inicio de una guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado. Prometió que pondría fin a los asesinatos, anunció su decidida lucha contra la pobreza y la desigualdad social, aseguró que nadie volvería a sentir miedo al salir a la calle, juró educar y formar a los jóvenes para que fueran grandes profesionales. También prometió que reforzaría la seguridad en los penitenciarios para que los narcotraficantes no pudiesen dirigir desde ahí su actividad.

Las elecciones de 2006 dieron el triunfo a Felipe Calderón, quién prometió continuar el combate contra el narcotráfico. También aseguró que no habría que volver a preocuparse por conseguir un empleo de calidad, y que los homicidios, la represión paramilitar y los feminicidios serian cosas del pasado.

Tras dos mandatos del Partido Acción Nacional, la contienda electoral del 2012 vuelve a dar el gobierno al candidato del Partido de la Revolución Institucional, Enrique Peña Nieto. Durante su campaña se comprometió a poner fin a la corrupción, prometió escuelas dignas –es decir, con agua, luz, baños y mobiliario-, así como aumentar la cobertura en educación superior,  poner fin a la pobreza alimentaria, una sanidad universal, agua potable en todo el país y apoyar a nuestros pueblos originarios; también juró que el país respetaría los derechos humanos.

Todos ellos prometieron que nunca más nos veríamos obligados a salir a las calles para reclamar al gobierno que nos dijera donde están nuestros los hijos, nuestras mujeres, nuestros indios o nuestros pobres. Todos ellos mintieron.

Lo que no dijo Vicente Fox fue que su demagogia y su retórica no servirían para nada, ni que durante su penúltimo año de administración el delito aumentaría un 139%; tampoco señalo que las muertes relacionadas con la delincuencia durante su gestión ascenderían a más de 74.000. Ni nos comentó su particular visión, según la cual las mujeres son “las lavadoras de dos patas”.

La mentira y la impunidad en la política mexicana es algo estructural. Por su parte, Felipe Calderón no avisó que durante su mandato 4.112 mujeres serian asesinadas en el ámbito familiar, que nueve años después 4.000 mujeres seguirían desparecidas (la mitad de ellas no tenían ni veinte años), ni dijo que cada cuatro minutos una mujer seria violada en el territorio nacional. Tampoco  aviso que su infructuosa campaña contra el narcotráfico acarrearía la pérdida de 47.000 vidas –según datos oficiales-, y no dijo que durante su administración los delitos aumentarían un 300%, ni que los secuestros se elevarían a cerca de 3.000 personas tan solo en el año 2011.

Tampoco avisó que 49 niños perderían la vida y 106 serían heridos –todos ellos de entre cinco meses y cinco años de edad- como consecuencia de un incendio en su guardería, menos aún que seis años después el país seguiría esperando una explicación, así como la depuración de responsabilidades.

Enrique Peña Nieto, actual presidente de México, omitió durante su campaña que contemplaría con total pasividad como año tras año las mujeres son asesinadas, que en tan solo un año de su gestión los feminicidios se elevarían a 3.892. Tampoco informo que en los veinte primeros meses de gobierno la cifra de homicidios dolosos llegaría a la escandalosa cifra de 29.417 personas. Menos aún se atrevió a decir que como consecuencia de su nefasta y patética gestión estatal 43 familias seguirían buscando a sus hijos.

Ha sido y es la sociedad civil concienciada y organizada la única capaz de salvar al país de la ingobernabilidad, de la impunidad y de la injusticia. Las mujeres de Ciudad Juárez tuvieron que portar cruces rosas y fundar plataformas civiles para que los asesinatos de mujeres no quedasen en el olvido. Los indígenas tuvieron que tomar las armas, taparse la cara y crear las “Juntas del Buen Gobierno” para que se les respetase. Los pobres tuvieron que organizarse en “Grupos de Autodefensas” para proteger sus hogares del expolio al que les someten los narcotraficantes con la complicidad del Estado. Los estudiantes de Guerrero tuvieron que incendiar el palacio presidencial para que los medios de comunicación informaran de la desaparición de 43 estudiantes.

“Sólo el pueblo puede salvar al pueblo”.

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