Argentina ante el balotaje: ¿la gestación de un nuevo actor neoliberal?

Publicado en publico.es el 4 de noviembre de 2015

Javier Franzé. Profesor de Teoría Política. Universidad Complutense de Madrid

La lucha política de estos días en la Argentina está centrada en el inédito balotaje (segunda vuelta electoral) del próximo 22 de noviembre, que enfrentará al candidato oficialista Daniel Scioli, del kirchnerista Frente para la Victoria, y al opositor Mauricio Macri, del conservador Frente Cambiemos.

¿Qué está en juego en esta elección? Para el kirchnerismo —centroizquierda del peronismo—, la continuidad del “proyecto” inaugurado en 2003 por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández (2007-2011 y 2011-2015). El kirchnerismo se presenta como antítesis del neoliberalismo, cuyo emblema serían las dos presidencias del también peronista Carlos Menem (1989-1999). En sus doce años de gobierno, el kirchnerismo recuperó ciertas banderas históricas del peronismo: política keynesiana, redistribución de la riqueza, prioridad relativa del mercado interno y de la industria nacional, revalorización de la política, movilización social, política exterior latinoamericanista. A esto le agregó algunas políticas más propias de la época: derechos humanos, ampliación de derechos individuales liberales (como el matrimonio igualitario, entre otros).

Pero también modificó varios elementos importantes del peronismo histórico: a) la ecuación Patria = Pueblo = sindicatos peronistas ha sido reemplazada por una genérica apelación a “la gente” —con fuerte presencia de la juventud de clases medias—; b) la iconografía K ya no asimila patria y peronismo: la figura de Perón ha sido relativamente relegada ante la de Eva Perón —rasgo típico de la “izquierda” peronista, que prefiere el plebeyismo de ésta al estatalismo militar de aquel—, el escudo peronista ya no compite con el nacional, y el discurso K no remite recurrentemente a Perón y a Evita como autoridades eternas e intocables; c) como la asimilación entre pueblo y peronistas ya no es excluyente, el adversario no es presentado como “la antipatria”, ni es representado por la “partidocracia” aliada a la “oligarquía y el imperialismo”, sino más bien por unos intereses (los del gran capital nacional) y unos medios masivos que, en buen agonismo, se considera que deben ser afectados para poder realizar las políticas públicas características del “proyecto”.

Para la oposición, lo que está en juego en esta elección es variado. En el discurso oficial del candidato Macri se trata sobre todo de acabar con la confrontación que adjudica al kirchnerismo (la llamada “grieta” que dividiría a la sociedad). En consonancia con esto, se habla de recuperar “la república”, a la que se identifica con gobierno limitado y división de poderes. Otras demandas importantes son las de “seguridad”, fin de la corrupción y de la inflación, y liberación del mercado cambiario. También hay apelaciones genéricas a una suerte de “desarrollismo”: a evitar que el Estado interrumpa la productividad, en especial del sector agroexportador, al que promete eliminar las retenciones. Para el discurso opositor, la unidad de los argentinos hará posible la expansión del potencial del país, el cual no beneficiará sólo a unos sino a todos. Estas preocupaciones liberales por el gobierno limitado —expresadas por muchos intelectuales progresistas— casan con dificultad con un candidato empresario, de tintes antipolíticos, rodeado de economistas neoliberales, que sólo dice lo que “no va a hacer” y reclama al votante una confianza en su liderazgo carismático personal que recuerda al “síganme, no los voy a defraudar”, de Carlos Menem, que acabó en desengaños múltiples.

A esta preocupación por el rumbo general que tomará el gobierno de Cambiemos se le suma otra de igual intensidad, pero quizá menos tratada. Hay un discurso más duro en buena parte de sus votantes: el que dice que hay que echar a un gobierno que, como el K, ha fomentado con sus “planes sociales” la vagancia de los “negros”, “parásitos” del Estado que al gobierno le interesa fomentar porque “vive” del odio social que produce esa confrontación.

Las miradas cruzadas entre los votantes de uno y otro sector hunden sus raíces de un modo específico en el ciclo político que se inició con el peronismo en 1945. En efecto, la dicotomía peronismo-antiperonismo parece en franco declive desde hace décadas  —1989  fue la última vez que los peronistas votaron unidos al candidato de su partido, Carlos Menem—. Este declive tiene varias causas: la diseminación de identidades peronistas sin un líder capaz de aglutinarlas —el propio Perón tuvo dificultades y acabó expulsando en 1974 a Montoneros del movimiento—; la pérdida de peso del sindicalismo peronista debido al declive del trabajo industrial formal, lo cual le quitó el monopolio de la movilización y la protesta ante otros sindicatos no peronistas y movimientos sociales como los piqueteros; la revalorización, tras el plan de muerte y desaparición de la última dictadura, del pluralismo, que impulsó a Raúl Alfonsín en 1983 y luego a Néstor Kirchner en 2003 a construir bases de apoyo amplias, no basadas en la dicotomía peronismo-antiperonismo. Otra “prueba” del declive de esa dicotomía histórica es que hoy hay peronistas, no peronistas y radicales en el oficialismo y en la oposición. El peronismo está dividido y ya no confluye para las elecciones, como antes, lo cual probablemente subsistirá, pues no está claro que la identidad k se disuelva incluso perdiendo.

La antinomia peronismo-antiperonismo canalizó muchos contenidos superpuestos, no siempre armonizables y no siempre presentes en todas sus enunciaciones (hubo antiperonismos, en verdad). Pero uno de ellos, quizá el peor del antiperonismo, parece subsistir en ese discurso más duro que se encuentra entre muchos votantes de Cambiemos: la autosuficiencia de clase desde la cual se subestima a los sectores populares como una masa de “incultos”, “vagos” y “parásitos”, encandilados por la demagogia oficial y a la vez usufructuarios de ella. Es, en definitiva, la idea del peronismo como anomalía, como maldición que ha venido a interrumpir el destino europeo de la Argentina (blanca). Discurso de los que desean vivir como en Europa pero sin pagar los impuestos necesarios para ello, entre otras cosas. No casualmente, el discurso de Macri apela a esta idea de que hay que construir de buena una vez el país que Argentina está llamado a ser.

Este discurso, a la vuelta de los años, viene a casar bien con el relato neoliberal de cuño thatcheriano, según el cual hay gente seria, ilustrada, que trabaja y se hace a sí misma, que no necesita del Estado ni de la comunidad para desarrollar su proyecto vital, que “triunfaría” en cualquier sociedad que simplemente le dejara ser quien es, frente a otros que no quieren trabajar, que parasitan a los auténticos emprendedores haciéndoles pagar impuestos para que el Estado los pueda mantener. Este discurso clasista, racista, egocéntrico, de odio a los demás, insolidario, que lo ignora casi todo acerca de cómo funcionan las sociedades y la política, es el que más daño puede hacer, junto a un retroceso en las políticas públicas, a una sociedad democrática e igualitaria si se ve legitimado por un triunfo electoral, pues preanuncia la construcción de un actor político neoliberal.

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