Identidades, hegemonía y elecciones: Podemos en la encrucijada

Antonio Murillo Luna. Politólogo.

Falta un mes para las elecciones, y los sondeos sobre los posibles resultados cambian de una semana para la otra. Pese a ello, los discursos y medios de comunicación hegemónicos bombardean con un bipartidismo retocado —sin corbatas, con la camisa desabrochada y treinta años menos en el carnet—, e instalando la idea del estancamiento de la alternativa que les asusta: Podemos, de la cual vaticinan su caída libre.

No es mi intención en este artículo analizar el peso de los medios y las encuestas en el comportamiento electoral español, que desde luego, es fundamental para entender sus resultados. Ni tan siquiera voy a valorar el retoque fotográfico del PSOE y el PP de cara a sus votantes frente a la “nueva política”. Lo que quisiera reflexionar en este artículo es la cuestión de las identidades políticas (más allá de ideologías), aquellas que aseguran un perfil votante fiel, pese a que llueva y truene.

es la cuestión de las identidades políticas (más allá de ideologías), aquellas que aseguran un perfil votante fiel, pese a que llueva y truene.

Hoy en día vivimos lo que, en la ciencia política y la sociología electoral, se denomina un proceso de realineamiento crítico (realignment) del sistema de partidos español, en virtud de un  descontento en alza desde hace unos años con el sistema político y económico del 78. En pocos meses, nuevas siglas han abarcado todo el mapa. Se podría decir, por otro lado, que Ciudadanos nació como una reacción “del y en el” sistema a una fuerza alternativa a las corrientes políticas, económicas y sociales que hemos vivido hasta ahora. Es decir, a Podemos.

Los interrogantes que me han ido surgiendo sobre las tendencias electorales van en la siguiente dirección: ¿Por qué los escándalos de corrupción en el PP y en el PSOE, en la actualidad, tienen un efecto limitado en términos de intención de voto? ¿Cómo pueden seguir siendo aceptadas las reformas suicidas por parte del votante conservador de clase trabajadora? ¿Por qué la acusación mediática interesada —y siempre desmentida— tiente tantísimo efecto en la tendencia de Podemos? ¿Cómo es que aún no ha desaparecido IU?

Un elemento importante a la hora de explicar que el Partido Popular no desaparezca, más allá del sector empresarial que históricamente lo sostiene, es la dimensión ideológico-cultural: la cuestión de la identidad conservadora tradicional, católica, tan asumida e interiorizada, y reacia a todo lo demás (a cualquier diálogo intercultural sostenido). Del mismo modo, esa dimensión explica que el PSOE siga siendo creíble para un importante sector del electorado: la identidad socialista (progresista) en las clases medias y trabajadoras, que  desconfía de cualquier izquierda “radical” y asume el centro despolitizado de la gente “de orden” tan publicitado desde los años sesenta por el régimen. Asimismo, Izquierda Unida está en caída libre, pero no imagino su desaparición, o al menos aquel sector del PCE de identidad marxista, comunista y/o anticapitalista.

Podemos y Ciudadanos carecen de una identidad propia, o al menos no lo suficientemente fuerte y concreta (es decir, excluyente: “los otros” frente al “nosotros”).

En el otro lado, Podemos y Ciudadanos carecen de una identidad propia, o al menos no lo suficientemente fuerte y concreta (es decir, excluyente: “los otros” frente al “nosotros”). La nueva política hasta ahora ha basado sus estrategias en otro tipo de sentimientos. Si bien Ciudadanos es una reacción y un castigo moderado al bipartidismo salpicado en corrupción (que no a sus políticas), éste no puede tener una repercusión real más allá de esto. No ofrece nada realmente nuevo a la sociedad, a las formas democráticas de hacer política, ni mucho menos a posible giro económico fuera de la estrategia neoliberal imperante. No hay identidad donde no hay más proyecto que el de taponar una herida del sistema. Nadie se siente “recambio”.

Sin embargo, Podemos es el causante de este proceso de realineamiento del que hablaba al principio. Podemos nace de los movimientos sociales y de la protesta, de antes y después del 15M y del impacto social que tuvieron aquellos días. De las mareas ciudadanas, de las Marchas por la dignidad, y de la serie de movimientos que se fueron dando, principalmente, desde que estalló la crisis económica, política y social en nuestro país.

descarga (1)

Podemos es el causante de este proceso de realineamiento del que hablaba al principio. Podemos nace de los movimientos sociales y de la protesta, de antes y después del 15M

Sin embargo, los elementos discursivos del arriba-abajo (frente al derecha-izquierda), la tradicional división oligarquía (casta) y pueblo (ciudadanía), que tan bien se ha interiorizado como esquema explicativo de la situación española, son a priori, en mi opinión, demasiado heterogéneos e incluyentes como para basar una identidad fuerte. De ahí la dispersión discursiva que vivimos actualmente en cualquier medio o charla de bar. A diferencia del nacionalismo, donde el todo (cultura, valores, historia) permite habitualmente un voto por encima de intereses económicos y derechos sociales, la estrategia popular tiene una base identitaria bastante más débil (amplia, si se prefiere). Todos somos ciudadanos y todos queremos cambios. Tiene que haber otra cosa que nos una, más allá de la “estrategia” política, y no es precisamente un cambio sensato, que algunos traen de la Transición.

Hoy en día, el asedio mediático sobre Podemos y los sectores populares, desatado en los alrededores de la CEOE y del bipartidismo, tiene una amplia repercusión en las millones de voluntades necesarias para cambiar un país. Gente que recuperó la ilusión con la alternativa morada, y que rápidamente se ha desgastado tras estos meses frenéticos, sin tiempo para pensar y demostrar lo que tenemos.

El cambio ha llegado, el más rupturista y necesario desde la Transición: el de la radicalización de la democracia.

El cambio ha llegado, el más rupturista y necesario desde la Transición: el de la radicalización de la democracia. Si bien éste no puede ser el núcleo de la estrategia electoral, es la condición que le está permitiendo acceder a las instituciones. Bien sea el 20 de diciembre, o dentro de cuatro años. Y mientras tanto, en mi opinión, hace falta establecer un reconocimiento no solo partidista y estratégico de dicho cambio. No el de ciudadano, tan emborrachado de sensatez y sentido común español: venimos de la calle y la protesta, de la defensa de lo público dentro y fuera de las instituciones, de los valores de solidaridad y el requerimiento de partida de igualdad económica y social, del feminismo, la lucha contra el racismo y el abuso contra los trabajadores, de la recuperación de una memoria histórica profunda de nuestro país, de un patriotismo que no va de pulseras con la bandera constitucional y cuentas en suiza.

descarga

Estos, entre otros, deben ser algunos de los elementos que constituyan el nuevo sentido común, una identidad en la que quepan muchos. El 15M estableció esta dirección, pese a su dispersión; y Podemos lo llevó a las instituciones y a los medios de comunicación. Aún falta camino por recorrer y gente por convencer de que este proyecto es de todos, o más bien de aquellos que se reconocieron con el Somos el 99%, y el No nos representan. A construir, pues, dicha representación. Para ello, toca reflexionar como se construye una nueva identidad incluyente, con voluntad transformadora real, dentro de una estrategia democrática para todos.

Deja un comentario