Con lo tranquilitos que estamos

Víctor Terrón. Politólogo.

A menudo tendemos a pensar que el machismo es un obstáculo insalvable, que de algún modo esto es así y así seguirá siendo. En este artículo quiero señalar, mediante el uso de ejemplos de situaciones cotidianas y bien conocidas por todos, determinadas prácticas sociales que redundan en un refuerzo de comportamientos machistas.

De ninguna manera estamos los hombres determinados a tratar a las mujeres como si estuviesen en el mundo para satisfacer nuestras necesidades y deseos

Este tipo de comportamientos no surgen de la nada ni se generan de una forma “natural”. De ninguna manera estamos los hombres determinados a tratar a las mujeres como si estuviesen en el mundo para satisfacer nuestras necesidades y deseos, ni tampoco hay ningún gen que nos obligue a pensar que tenemos derecho a decidir sobre lo que hacen o dejan de hacer. Todos estos comportamientos tienen su base en la creación de un sentido común asentado en la dominación de los hombres sobre las mujeres. Este, como la ideología, impregna todas nuestras acciones y nuestra forma de ver, sentir y estar en el mundo.

Como he señalado en ocasiones anteriores, este sistema de dominación tiene unos claros beneficiarios, que somos los hombres en conjunto, pues nos dota de una serie de privilegios que irían desde el no ser violados por grupos de mujeres de noche en un callejón oscuro hasta el que sistemáticamente se preste más atención a nuestras declaraciones, por insignificantes que sean, que a las de las mujeres. No obstante, aquí se encontraría la brecha sobre la que nos hombres podemos incidir y actuar en favor del feminismo y de la liberación de las mujeres. Se trataría de tomar acciones cotidianas que reproducen socialmente esta dominación y trabajar para “desnaturalizarlas”, para minar ese sentido común de manera que vayamos despejando parte del camino que nos queda por recorrer.

Por situarlo en lo concreto, pongamos el ejemplo de una típica conversación entre hombres que repasan una noche de fiesta. El escenario perfecto en el que se muestra, entre risas y palmadas en la espalda, un refuerzo de actitudes machistas de lo más habitual. Un amigo cuenta cómo llegó al bar con intención de follarse a una chica que ya tenía en mente, para lo que se pasó toda la noche emborrachándola hasta que finalmente, ella, con la voluntad anulada por el alcohol, no se resiste a sus manoseos y acaba con él en el baño o en la cama. O también otro cuenta cómo, en otra ocasión y de forma improvisada, se encontró también a una chica totalmente borracha y lo fácil que fue tirársela. Alguien cuenta que su novia no tiene ganas de follar y tiene que insistirle. Otro se queja de que no es capaz de salir de la friendzone. Otro afirma que aquella es una guarra.

Situaciones como estas y similares, quizá no tan explícitas, las vivimos a diario, formamos parte de ellas. Todos los hombres nos hemos visto en encuentros parecidos. Y lo normal es que no hayamos dicho nada contrario al consenso general que se ha creado en ese contexto. Incluso si estamos pensando que lo que acaba de decir alguien es una barbaridad o que no tendría que ser de esa manera. Es mucho menos habitual que nos hayamos plantado y llamemos la atención sobre que lo que se acaba de decir es machista o describe una situación machista en la que uno de los presentes se ha comportado mal. No solemos decirle a nuestro colega que ha emborrachado a una chica para follársela que la ha violado. Pero es así.

Es complicado, plantea situaciones incómodas, tensión e incluso es posible que ruptura de amistades, pero también es necesario cortocircuitar esa normalidad que legitima o hace ver como aceptable que un desconocido piropee a una mujer por la calle o que lo primero que nos digan los medios de un asesinato machista es que ella no había denunciado. Sin embargo, contestar a nuestros amigos, familiares o con quien estemos discutiendo que lo que hay en el primer caso que describía es una violación o que una mujer no tiene la obligación de amarte porque tú sí lo hagas es una buena manera de romper con ese consenso tan peligroso.

Lo cotidiano es el medio de reproducción más común del imaginario patriarcal.

Lo cotidiano, lo banal, aquello a lo que no damos importancia porque “es normal” o porque ha formado siempre parte de nuestras vidas es el medio de reproducción más común del imaginario patriarcal, afirmando así las bases de su sistema de dominación. Es por ello que este escenario cuenta con múltiples posibilidades de intervención efectiva.

Si no tenemos muy claro qué es lo que podemos hacer por el feminismo o qué es lo que nos piden las mujeres al respecto, siempre podemos empezar por no dejar que nuestro colega haga chistes machistas o que se regocije contando cómo acosó a una mujer.

Seguro que otras personas tienen otras y mejores ideas sobre cómo provocar estas rupturas con lo establecido. Se trata de encontrar herramientas que nos permitan llevar a cabo esta labor de zapa en lo cotidiano. Aunque este no tiene porqué ser el único escenario en el que podemos intervenir, sí que es el que nos muestra sus posibilidades más a menudo. A por ello.

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