Podemos, hacia las generales

Cristian García. Candidato de Podemos por Asturias.

Sentado frente al ordenador, dudaba cómo titular el artículo, si ‘Podemos hacia las generales’ o ‘Podemos, hacia las generales’, como finalmente he puesto. Y es que dicen que las cosas sólo son cuando se nombran. Sólo se puede cuando se cree poder, y cuando se dice poder. Que, para que algo suceda, basta con nombrarlo. Muchas compañeras feministas ratifican esta idea al hablar sobre machismo, cuando hablan de la sociedad patriarcal que, cuando quiere luchar contra una sociedad más justa y más feminista, omite hablar de ello. “Porque lo que no se menciona no existe”. Y esto, desgraciadamente, es algo que sucede de verdad.

Escribir sobre Podemos y sobre las elecciones generales, sobre Podemos frente al búnker, sobre el cambio frente al recambio y lo “malo conocido”, es complicado. Pero hoy en día ya nadie comprende hablar de elecciones generales sin meter a Podemos en la ecuación. España tiene muchas incógnitas que despejar este 20 de diciembre. Y, como siempre, las urnas tienen la última palabra. De la misma manera que la incógnita catalana se solucionaría votando, se solucionaría con un referéndum vinculante sobre la nueva relación de Catalunya con España, la solución a los males endémicos y estructurales que tanto el Partido Socialista como el Partido Popular han instaurado en nuestro país pasa por salir a la calle a hacer campaña y llenar las urnas de ilusión este 20 de diciembre. Y es que Podemos nació para las generales. Y ésto es algo que se nota. Nació para las generales en tanto en cuando los problemas de España no radican en si un Ayuntamiento era rojo o azul, si Asturias era socialista y Galicia popular. Sino que había un statu quo que está a punto de romperse, algo estructural que atravesaba toda España, desde Oviedo hasta Sevilla, pasando por Valladolid, Madrid…

Es decir, Podemos y las urnas tienen química, tienen feeling. A Podemos le sientan bien las campañas y le sienta bien exponerse al voto de la gente, mientras que Partido Popular y Partido Socialista deben mirar escandalizados como cada vez queda menos para ver el número de votos que les toca perder esta vez.

Sin embargo, con Ciudadanos pasa algo diferente. Ciudadanos es como fingir orgasmos de forma continuada y, de repente, un día dejar de hacerlo. Ciudadanos se lo pasa bien cuando elogian a Albert Rivera los grandes poderes fácticos y personalidades como Esperanza Aguirre. Se lo pasa fantástico. Disfruta viéndose crecer en las encuestas igual que crece un bizcocho cuando le echas demasiada levadura, pero, al sacarlo del horno, se desinfla. Lo mismo pasa al abrir las urnas. Pasa que, cuando toca votar, cuando toca que las mayorías sociales opinen y no que lo haga el 1% de ricos o quienes no se presentan a las elecciones, Ciudadanos no llega al clímax: se produce un gatillazo.

El escenario de cara a las elecciones generales es convulso. Sin embargo, empieza a notarse un cierto desgaste de Ciudadanos -o del propio Albert Rivera, ciudadano preferente- antes de la campaña, la falta de poso y de convicción en un PSOE caduco, y un Partido Popular que se cree aún poseedor del sentido común y la voluntad ciudadana. En el otro lado, hay un cambio en auge, un cambio que va remontando poco a poco en las encuestas de la calle, en las de verdad, a medida que se acercan las elecciones generales. Y es que, los acuerdos alcanzados en Galicia, Catalunya y Valencia por Podemos son acuerdos de una fuerza ganadora. Son acuerdos que pueden partir por la mitad el tablero político en esas comunidades autónomas y rozar con las yemas de los dedos los cielos.

A pesar de que la Ley D’Hondt penaliza a los partidos emergentes y el voto urbano, primando que los candados del 78 sigan cerrados, la capacidad movilizadora del voto sorpresa, abstencionista o dudoso de las fuerzas del cambio será la que marque la nueva configuración del Congreso que va a configurar las políticas que se apliquen durante una década. Porque ya nadie duda de que las cosas tienen que cambiar. De que se antojan necesarios cambios estructurales en las políticas aplicadas hasta ahora, de que hay que separar los poderes políticos y judiciales o blindar los Derechos Humanos de forma unánime en la Constitución. Pero va a ser importante la correlación de fuerzas, y ésta no queda del todo clara.

No queda del todo claro qué va a pasar en el seno del Partido Popular si está en disposición de presentar a Mariano Rajoy a una hipotética investidura en la que repetir mandato. No queda del todo claro si el Partido Socialista va a ser tajante con su voto si ha de elegir entre apoyar a Pablo Iglesias o a Mariano Rajoy. No queda del todo claro lo que va a hacer finalmente Albert Rivera. Está difuso. Y está difuso porque un puñado de votos pueden marcar la diferencia entre sellar una nueva legislatura popular “un poco ciudadana” o construir un Gobierno del cambio que haga pedagogía popular y ciudadana de la de verdad mientras gobierna para la gente. Lo que sí parece evidente es una cosa: hay una fuerza política que en apenas año y medio fuera del Congreso y prácticamente de cualquier institución en la que hacer ver a la ciudadanía que son como ella, que no se abren los mares ni se caen los cielos cuando gente decente gobierna, ha trastocado el statu quo.

Ahora proyectemos a futuro un Grupo Parlamentario heterogéneo, fruto de la representación plurinacional de España que apueste por el cambio en las viejas praxis políticas del Congreso. Un Grupo Parlamentario que vista y hable como la gente también en un Senado que dejaría de parecer un cementerio de elefantes para empezar a ser útil en su cometido de cámara de representación territorial. Imaginemos las alfombras del Congreso levantadas, las puertas y ventanas del Senado abiertas y a un puñado de personas normales llevando millones de voces y mandatos ciudadanos. Y ahora, ¿seguís pensando que no se puede?

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