La clase política española y sus (dudosas) tesis doctorales

Publicado en huffingtonpost.es el 6 de diciembre de 20015

Jerónimo Ríos Sierra. Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad EAN (Colombia)

Una tesis doctoral es un ejercicio original de investigación, reflexión y aportación a la comunidad científica y académica cuyo libre acceso y disposición es inherente a su sentido, visión y misión. Tras todo trabajo doctoral existen años de lectura, búsqueda de fuentes, identificación de hipótesis, contrastación de variables y aplicación de técnicas de investigación. La tesis doctoral se convierte en una especia de aura que te acompaña, en lo académico y lo extra-académico, y que modula tanto la dimensión profesional como la personal de quien la desarrolla.

En algunos casos, personalidades de la clase política española buscan revestir su posición política e intelectual con la culminación de unos estudios de doctorado que, a tenor de los ejemplos que a continuación se citan, bien invitan a repensar el proceso de acompañamiento, elaboración y sustentación de un trabajo de esta enjundia. Éstos, más bien contribuyen a empobrecer el significado de qué es un doctorado, además de cuestionar el alcance de las habilidades y competencias, en inicio, interiorizadas por quien lo desarrolla.

De lo anterior, se deduce que todo trabajo doctoral, por defecto, debe ser original, público y de libre acceso – más aún en los tiempos que corren-, en la medida en que esta tres cuestiones sustantivan todo aporte al conocimiento científico. Sin embargo, nombres como los de Pedro Sánchez, Francisco Camps, Federico Trillo o Manuel Cervera muestran hasta qué punto sus ejercicios doctorales pueden afectar negativamente a la comunidad académica, alimentando en el mejor de los casos, importantes sospechas y dudas.

De Pedro Sánchez, en primer lugar, es sorprendente que la tesis defendida en noviembre de 2012, y que tiene por título Innovaciones en la Diplomacia económica española de 2000 a 2012, por la Universidad Camilo José Cela y con calificación de sobresaliente cum laude, no se encuentre en el repositorio de Consulta de la Base de Datos de Tesis Doctorales – TESEO- del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Base en la que hay inscritas 68 tesis doctorales de esta universidad.

En segundo lugar, y más grave todavía, la tesis doctoral de Pedro Sánchez no tiene acceso público. Es decir, no se puede hacer un ejercicio de libre consulta desde Internet. De hecho, El Mundo, en mayo de 2015, ya trató de conseguir el acceso a su trabajo doctoral. Esta consulta se desarrolló bajo restrictivas medidas que invitan a dudar, cuando menos, sobre la originalidad del trabajo. Lo peor de todo, al respecto, es que Pedro Sánchez no dice nada. Oscurantismo, silencio y hermetismo. Tres elementos que, cuando menos, contradicen los principios éticos y de transparencia que tanto viene propugnando en estas semanas de precampaña el candidato socialista.

Algo parecido sucede con Francisco Camps. Su tesis doctoral sí aparece en TESEO, bajo el título Propuestas para la reforma del sistema electoral. Fue defendida en febrero de 2012 en la Universidad Miguel Hernández de Elche y obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude. Comparte con la anterior la imposibilidad de su libre acceso. Tanto, que la base de datos interna de la universidad explicita que: “Esta tesis no se puede consultar ni prestar por deseo del autor”.

Igualmente, otros políticos nos han dejado la cuestión del plagio en sus trabajos doctorales. Por ejemplo, a Federico Trillo se le atribuyó una reproducción literal de varias páginas en su trabajo El poder político en los dramas de Shakespeare. Trabajo que le supuso el título de Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid en 1998. Allí se encuentran reproducciones exactas, sin citación, de Michael Foucault, de Terry Eagleton o de Martine Bigeard.

Lo mismo, para las 84 páginas supuestamente plagiadas del exconseller de Sanidad y diputado del Partido Popular, Manuel Cervera, cuya tesis doctoral, leída en 2006 en la Universidad de Valencia en Oftalmología, sobre trasplantes experimentales de retina, se asemejaría mucho a otra tesis, de un oftalmólogo egipcio, defendida en 1996, en la Universidad Complutense de Madrid.

Cabe mencionar que, en común, todos estos trabajos fueron compatibilizados con cargos de responsabilidad política del máximo nivel que, al menos, invitan a la especulación de la duda. Basta recordar la tesis doctoral de Rodrigo Rato (2003), sobre las políticas de ajuste fiscal en España en la segunda mitad de los noventa, a la vez que hacía las veces de diputado del Partido Popular por Madrid, ministro de Economía y vicepresidente Segundo del Gobierno.

Hay muchos más casos. En todos, el secretismo, el plagio o las dudas sobre terceras plumas, por desgracia, son constantes y cada vez más evidentes. En otros países, como en Reino Unido o Alemania, han sido causa de dimisión de cargos políticos del primer nivel. Nada que ver con la clase política española. Una clase política que, en muchas ocasiones, sigue sin entender que la falta de transparencia no es extrapolable a un mundo como el académico caracterizado por el constante debate y el continuo enriquecimiento del saber.

Sea como fuere, tales afectaciones no son generales, ni mucho menos. Por ejemplo, Pablo Iglesias o Íñigo Errejón tienen disponibles y con libre acceso, sus tesis doctorales. La primera, de 2008, sobre acción colectiva trasnacional; la segunda, de 2011, sobre construcción de la hegemonía del MAS en Bolivia. Dos tesis que, dicho sea todo, aportan conocimiento, enriquecen el debate y se acompañan de diferentes publicaciones académicas.

Puede que se trate de otra de las diferencias entre la vieja y la nueva política.

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