Recordando el 15M: ¡Ley Electoral proporcional ya!

Antonio Murillo. Politólogo.

Llegaron, al fin, las elecciones: la “fiesta de la democracia”. Y con ellas, todos los interrogantes sobre cómo funciona su ley electoral, y por qué no es una ley proporcional -como debería ser, tal como indica la Constitución-. Dicha desproporcionalidad tiene varias perspectivas que vamos a ir analizando. A saber:

El tamaño de las circunscripciones.

Todas las circunscripciones desde las que se adjudican posteriormente los escaños, es decir, los diputados que ocuparan un sitio de los 350 a repartir en el Parlamento, tienen su base en la provincia. Eso significa que votamos por una lista presentada por cada partido en cada provincia, y no directamente a los líderes que optan a la presidencia (a no ser que vivas en Madrid, donde suelen encabezar la papeleta de su partido).

El problema del reparto provincial de los escaños no sería muy grave si fuese proporcional a la población española. El primer sesgo de desproporcionalidad viene del hecho de que todas las provincias parten de un mínimo de 2 escaños (como sería el caso de Soria). La mayoría, de poca población, suelen tener  3, 4 o 5 escaños. Las grandes, como Madrid o Barcelona, tienen más de 30. Ceuta y Melilla tienen uno cada uno. De primeras, esto significa que el voto en Soria vale mucho más que el voto emitido en Madrid (hacen falta menos votos en Soria para conseguir un escaño que en Madrid). La diferencia es muy grande. 

El planteamiento en el que se basa esto es de dar representación suficiente a todas las provincias. Pero, ¿qué se esconde realmente detrás de dicha manipulación? En primer lugar, que en las provincias pequeñas –con pocos escaños- el reparto de escaño desde los votos tendrá un sesgo muy mayoritario. Con “sesgo mayoritario” quiero decir que las alternativas reales de lograr algún diputado son complicadas, pues serán los dos primeros partidos políticos en número de votos los que ganen los escaños (dejando muy complicada la representación a miles de votos de terceras o cuartas fuerzas). Esto contrasta bastante con lo que ocurre en las circunscripciones grandes de más de 20-30 escaños, donde al haber tantos escaños, todas las fuerzas políticas tienen posibilidad de alcanzar representación (de ahí que casi todos los líderes de los partidos estén en las listas de Madrid, donde se reparte 36 diputados).

Este sistema parte, además, de una lógica política de la Transición a la democracia muy interesada. Se pensaba que en las zonas rurales (de menor población, y por tanto, con menos escaños por provincia) se concentraría un voto conservador muy por encima del progresista (más aún del comunista). El sesgo mayoritario adjudicaría en mayor medida la representación en el parlamento de corte moderada. Por otro lado, el voto de izquierdas es más propio de las grandes ciudades, que al tener tantos escaños a repartir, la proporcionalidad reduciría el impacto del voto progresista, y daría, además, representación de los sectores más conservadores. Como podéis observar, el régimen hizo bien sus deberes. No se esperaban que una fuerza como Podemos pudiera aspirar a ser la primera o la segunda fuerza en votos en 2015.

Esta desigualdad se corregiría rápidamente, ampliando la circunscripción electoral bien a nivel autonómico, o bien a nivel estatal (una única circunscripción). En mi opinión, creo que tiene más sentido las circunscripciones a nivel autonómico, ya que no reducirían el carácter federal de nuestro sistema territorial en un país como el nuestro, plurinacional. E igualmente, por otro lado, todas las circunscripciones tendrían un número mayor de escaños a repartir proporcionalmente, evitando que muchas siglas políticas se quedaran en el camino –quitandole poder y privilegios al bipartidismo-.

Traducción de los votos en escaños.

El segundo sesgo que deja por los suelos el principio de proporcionalidad, es el famoso sistema D’Hondt, o la Ley D’Hondt. Partimos de la idea de que el número de escaños se reparte en proporción a los votos que se han acumulado, ¿no? Para empezar, aquellos partidos que no sobre pasen el umbral del 3% de votos en aquella circunscripción, no entrarán en el reparto de escaños (cosa que, en Madrid, puede suponer dejar fuera a un partido con miles de votos).

Pero lo más grave es cómo se traducen los votos en escaño. Así sería el reparto en un hipotético caso de un distrito con 5 escaños a repartir entre 99.999 votos:

1

2

3

4

El resultado final es que el sistema sobrerrepresenta a las candidaturas más votadas y hunde a las que tienen menos votos. ¿Proporcional? Desde luego, no. ¿Existen alternativas? Obviamente, y mucho menos complicadas que esta.

La más destacada es la llamada Ley Hare, que resulta de dividir el número de votos válidos de unas elecciones entre el número de escaños en juego. De esta manera determina la cuota de votos que se requieren para obtener un escaño. Es mucho más de sentido común, y el resultado es proporcional.

Si sumamos lo reducido de la mayor parte de las circunscripciones – o distritos- electorales (que teóricamente tienen ese sesgo conservador o moderado), con un reparto de escaños que favorece a las dos primeras fuerzas (y castiga a todas las demás) más de lo que proporcionalmente les corresponde… ¿Qué tenemos? Pues una ley más que blinda el Régimen del 78, que supo construirse así mismo para evitar que fuerzas del cambio emergentes lograran acaparar el poder para democratizar las instituciones (una transición de verdad, vaya).

Ahora bien, estas jugarretas no siempre salen bien. ¿Qué puede ocurrir si mañana una fuerza como Podemos es la primera o la segunda fuerza más votada? Algo que hace cuarenta años, desde luego, no entraba en sus planteamientos.

Deja un comentario