El verdadero uso de la palabra Cambio: Participación y evolución política

Manuel Báez. Miembro de la Secretaría de Relaciones con la Sociedad Civil y los Movimientos Sociales de Podemos y Coordinador de Comunicación de Podemos Madrid.

A lo largo de 2014 y 2015 hay una palabra que se ha convertido en el mantra político generalizado, pero que también ha cristalizado en una realidad que trasciende el escenario electoral en el que estamos inmersos. Me refiero, por supuesto, a la palabra Cambio, con mayúscula.

15 de mayo de 2011. El descontento social hacia la clase dirigente española se transforma en un movimiento ciudadano multitudinario, una ola imparable de protestas pacíficas que va cobrando importancia hasta poner en jaque los cimientos de la corrupción y el desencanto de una sociedad que parecía anclada en la indolencia política.

Las plazas, las calles, los bares y los pequeños comercios se convierten en improvisados foros de debate político. La política, ese tema hasta entonces tabú y polarizado, totalmente monocromático en un país que aún sufre los efectos de la Guerra Civil a nivel discursivo, pasa a formar parte del discurso de la calle, cobrando la misma importancia que el deporte o la prensa del corazón.

La antigua letanía del “los que saben de ésto son los que mandan”, “no se pueden cambiar las cosas” y el nocivo “hablar de política sólo trae cosas malas”, deja paso a una mentalidad nueva que prende como una mecha. Los debates son apasionados, pero ya no tienen lugar en un plató de televisión, y los intervinientes no son engominados políticos de la vieja escuela, sino trabajadores, pequeños empresarios, estudiantes universitarios y personas en paro que, por primera vez, son conscientes de su propia identidad como seres políticos. El discurso es opuesto al previamente instaurado por las élites. La gente no sólo cree que el cambio es posible, sino que se extiende un sentimiento que aglutina a diversas generaciones y colectivos sociales como agentes del propio cambio. De la apatía y la indefensión se pasa a una ofensiva ciudadana que tiene por bandera la ilusión y la pluralidad.

Por supuesto, la clase política obvia esta transformación y la desecha entre risas y desprecio. La soberbia no les permite reconocer el declive de su propia era, que han gobernado con talones y puertas giratorias. Los inversobres, la corrupción y las opacidad siguen reinando durante aproximadamente año y medio, pero es evidente que algo no cuadra. La visión del mundo de los poderosos no se corresponde con el interés emergente de la ciudadanía, y las audiencias se disparan en las tertulias políticas.

Finalmente, irrumpe Podemos. El partido morado, del que todos y todas se burlan por su aspiración a ser un partido de gobierno, trae un mensaje de cambio y conecta perfectamente con esa nueva realidad española. No trata a los votantes como una “masa estúpida”, sino que les supone formados e interesados por el mundo en el que viven. No utiliza las consignas de una vieja guardia pretoriana de la “izquierda vs derecha”, sino que habla de forma transversal y hace de la centralidad su sayo.

Podemos se nutre de las mareas que han defendido los derechos de la ciudadanía, pero acoge además a millares de personas que jamás se habían interesado en la política.

Los de abajo contra los de arriba, sentido común y conceptos hegemónicos como derechos sociales, vida digna y el derecho a ser felices pasan a formar parte de un nuevo lenguaje político, con la palabra Cambio como eje central de un discurso que reúne además a expertos de diversos ámbitos académicos, sociales, culturales, laborales, y activistas con experiencia en vivienda, migración, sanidad, medio ambiente… Podemos se nutre de las mareas que han defendido los derechos de la ciudadanía, pero acoge además a millares de personas que jamás se habían interesado en la política.

Buena parte de la culpa la tiene la falta de interés en crear un ambiente político inclusivo y ecléctico que muestran otras formaciones llamadas progresistas. Hasta la irrupción de Podemos, la política se centra en círculos herméticos que expulsan a las personas que no se encuadran en un pensamiento dogmático, lo que desincentiva la participación. Las viejas formas, que repiten hasta la saciedad nombres propios (marxismo, trotskismo) o identidades (socialismo, socialdemocracia, comunismo…) dejan paso a lo nuevo, un espacio abierto en el que los símbolos y las identidades se construyen mediante la soberanía popular. Los “nuevos” no tienen que aprender una doctrina inamovible con sus símbolos y mandamientos, sino que incorporan su propio pensamiento a un partido político que es, a la vez, movimiento social.

Una participación que es a la vez motor transformador del propio movimiento

Es aquí cuando el término participación cobra un nuevo significado. No se trata de la participación preprogramada del siglo XIX y el siglo XX, sino que es una participación que es a la vez motor transformador del propio movimiento. En lugar de ser una entidad cerrada y autorreferencial, Podemos se alimenta de sus integrantes y se nutre de la creación de conceptos y símbolos nuevos a través del propio cambio de la ciudadanía. Por ello, no se estanca, sino que crece, se retrae, vuelve a crecer, tal y como hace la propia sociedad. Ahí es donde entra el verdadero significado de la palabra Cambio, no como uso electoral adoptado peor las demás formaciones, sino como marco de un concepto que trasciende las costumbres políticas tradicionales.

2015 es el año del cambio. No por la irrupción de Podemos, ni por la caída del bipartidismo. No por la victoria de los Ayuntamientos del cambio o por el cambio de lenguaje político. Ni siquiera por el mayor control en materia de corrupción, que se manifiesta en la histeria colectiva que ha llevado a muchos a “tirar de la manta”. El cambio es la evolución de la política, la inmersión de la población en un terreno que pertenecía a unos pocos. El cambio es la mayoría de edad política de una ciudadanía que ya no quiere a trileros gobernando su país, que critica, que propone y se implica en lugar de abandonar su destino en manos ajenas. El cambio es el fin de la indefensión, el grito colectivo, el “Podemos y sabemos”, la toma de conciencia de quienes saben que tienen aptitudes y voluntad para lograr una sociedad mejor.

Para no caer en los errores cometidos a lo largo de los años, Podemos tiene que continuar como una herramienta abierta y permeable al cambio colectivo. La sociedad no es un ente estática, sino un organismo vivo que muta con el tiempo, que genera nuevas ideas y varía las estructuras y los modelos sociales, económicos y políticos. La muerte de los proyectos es consecuencia directa del inmovilismo y el hermetismo. Por primera vez, una formación política no se conceptúa como tal, sino que incluye en su estructura campos multidisciplinares, con la valoración de los expertos y la sociedad civil que conoce las necesidades concretas que obedecen a la creación de nuevos modelos.

Esa es la esencia del cambio que Podemos debe mantener para ser parte del sustrato social y no caer en el error de construír una fortaleza solitaria. Las fortalezas son arrasadas por el tiempo.

A día de hoy, el cambio es una realidad y Podemos es fruto de la necesidad y el deseo de la sociedad. Continuemos por esa senda después del 20D y gobernemos para la sociedad, dotando a la política de un significado que jamás tuvo.

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