Salvados, aún nos queda todo

Víctor Terrón, politólogo.  

El programa Salvados, presentado por Jordi Évole lleva ya un tiempo dedicando una hora de las noches de los domingos a hablar sobre alguna de las múltiples injusticias sociales que siguen presentes en la sociedad en la que vivimos. Si hace unas semanas nos sorprendíamos porque el invitado de aquella ocasión recuperase en la televisión el lenguaje de clase, esta noche teníamos ocasión de ver cómo por fin se dedicaba un programa de televisión que siguen miles de personas cada semana para hablar de la violencia machista. El resultado, sin embargo, no ha sido todo lo satisfactorio que hubiera cabido esperar. Incluso sin esperar que fuese un alegato a favor del feminismo, el enfoque tiene errores de importancia.

 Quiero dedicar este texto a explicar por qué algunas de las cosas que se han visto y, especialmente, las formas por medio de las cuáles se han visto, creo que son errores y también para reconocer los aciertos que también ha habido. Porque, pese a todo lo malo que podamos señalar, quiero pensar al menos que tratar estos temas de forma que llegue a tantísima gente normalmente ajena al activismo político y feminista tiene que tener algo bueno.

Voy primero con los errores para intentar terminar con un mejor sabor de boca. Es un error grave el abordar lo que es un problema social, una situación de injusticia social, desde una perspectiva individualista. Esta perspectiva ha sido el trasfondo sobre el que se ha transmitido el mensaje. En ella se inscriben la absurda insistencia en la necesidad de denunciar judicialmente, cuando la propia jueza reconoce que no existen los medios necesarios para garantizar la seguridad de la denunciante ni para darle otra salida que no sea dejar su propia casa, su vida.

Sobre esta misma lógica se apoya también el hecho de visibilizar la cuestionable tarea del psicólogo para agresores, pues muestra que, al tratarse de personas, cada una con sus circunstancias, estas pueden ser “recuperadas” mediante un trabajo de terapia también individualista, pues atiende a las emociones, a “lo que tengo dentro”, en lugar de a lo que somos y el papel dominante que jugamos. Quizá llevemos tiempo sobrevalorando el potencial de la psicología para dar respuesta a según qué problemas. Los resultados del trabajo en esta dirección se muestran en la entrevista al maltratador, que habla en los mismos términos que he señalado arriba y se reconoce a sí mismo como un enfermo.

Otro punto sería que la insistencia en la denuncia judicial, siempre enarbolada por los medios, no deja de ser una manera de culpabilizar a las mujeres víctimas de agresiones machistas por su propia suerte. Murió porque como no denunció o retiró la denuncia no pudimos hacer nada. Decir esto cuando la propia jueza reconoce y tiene que saber, porque trabaja con ello, que las respuestas una vez que se realiza la denuncia rara vez serán las adecuadas a los intereses de la agredida es de una frivolidad importante. La misma que muestra cuando dice que mira los nombres de las asesinadas por si hubiera llevado su caso, o la terrible “me pediría la orden de protección y no se la di”.

Significativo es también que se haya dedicado prácticamente el mismo tiempo a dar voz los agresores o a quienes trabajan con ellos que a las agredidas, si no más. Con ellos resultan hirientes los esfuerzos dedicados a proteger su identidad, como si fuese gente que corre peligro porque han sido amenazados, en lugar de ser ellos los amenazantes. Tanto más cuando el propio responsable del centro de terapia reconoce que ninguno de ellos acude al centro por propia voluntad, sino que se incluye en un programa que les posibilita evitar la cárcel.

En otro preocupante esfuerzo por exculpar de sus acciones a los agresores se hacen varias referencias a que “es lo que han mamao”, que se madre se lo permitió a su padre (recogiendo el infame tópico de que las madres son culpables del machismo de sus hijos), etc. En este caso son declaraciones del agresor, pero la línea de trabajo del centro de terapia en cierta medida puede alimentar estas ideas al asumir el enfoque de que son personas enfermas (el psicólogo llega a decir que esto es como cuando antes la gente no quería saber nada de la gente que consumía heroína), o de que esto se produce, al menos en parte, por un modelo de masculinidad que reprime la emocionalidad de los hombres.

En definitiva, que la culpa, el problema, no es nuestro, de los hombres, sino que es “de la sociedad”, “del sistema”, “de las madres”, etc. Nada de lo mentado parece indicar que ese sistema, esa sociedad, hayan sido creados por hombres precisamente para satisfacer los intereses de los hombres a costa de la subyugación de las mujeres. No se habla en ningún momento de dominación de un conjunto social sobre otro. Ni siquiera se menciona el feminismo. El patriarcado aparece de refilón y, en cierta medida, de forma impersonalizada, como si flotase en la nada, y no como un sistema que beneficia los intereses de unos en detrimento de los de otras.

Intentando poner peso en el otro lado de la balanza hay que decir que también hemos encontrado algunas cosas buenas. Se ha mostrado, especialmente en la última parte del programa, que la violencia machista no se reduce a las agresiones físicas. Que estas son la cara visible y reprobable por toda la sociedad. Que lo preocupante es toda la tortura psicológica y emocional que hay detrás, más allá de eso. Aquello que más difícil es demostrar no solo ante una jueza, sino a toda una sociedad que sí tolera estas otras actitudes.

Otro punto a favor sería que se ha mencionado el machismo como una ideología, una forma de pensar, negando que los agresores machistas sean enfermos (lo que choca de alguna manera con la forma de trabajar de la terapia), lo que sin duda nos acerca a la realidad de este fenómeno.

Pero lo mejor probablemente sea el relato y la actitud de Marina Marroquí. Con ella se muestra lo necesario que es actuar sobre los jóvenes para prevenir actitudes y relaciones machistas y sobre las jóvenes para saber identificar estas actitudes y responder contra ellas. Cómo la violencia empieza mucho antes que los golpes, que se asienta en el control y la manipulación, lo necesario que es contar con gente apoyando alrededor. Muestra todo lo que supone vivir una situación como esa y, quizás lo más importante, que es posible salir de ella, que como cantan Boikot, se puede volver a ver el cielo. Y ojalá el agresor 10 metros bajo el suelo.

https://www.youtube.com/watch?v=_01pSMnpX4k

Para terminar y por resumir, pese a que el programa haya hecho rabiar a la caverna del machismo, que siempre se agradece, creo que teníamos la ocasión de ver un programa con un potencial enorme que ha sido aprovechado solo en una pequeña parte. La fuerza para poner freno a la violencia machista nunca estará en los juzgados, sino en el feminismo. Como la misma Marina ha dicho, ahora todavía nos queda todo.

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