Titiriteros, mal gusto y arte como última resistencia

Àlex Màrquez

El 15 de junio de 2015 la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, aceptaba la dimisión del hasta entonces edil de Cultura en el Ayuntamiento de Madrid, Guillermo Zapata. Ni un mes se había cumplido de la victoria de las izquierdas en el consistorio madrileño y ya se estaba concediendo una pequeña victoria al hasta entonces partido hegemónico en la capital madrileña, el Partido Popular. Se abría un interesante debate sobre los límites del humor, pues el motivo de la dimisión de Guillermo Zapata no era otro que el haber realizado chistes sobre el holocausto y los judíos en un contexto de comedia en la red social twitter cuando aún no era cargo público. Leen bien, en un contexto de comedia y sin ser representante electo. Se solventó la cuestión con la dimisión del edil de cultura que mantenía su acta pero dejaba la cartera. Un importante referente en cultura que daba un paso atrás.

Esta semana pasada, con motivo del Carnaval, unos titiriteros representaban una función en la que se podía leer “Gora Alka-ETA” ante un público de mayores y menores y, de nuevo, la maquinaria se puso en marcha.

La derecha madrileña y por extensión, toda la española, no dudaron en poner en la piqueta a la alcaldesa de Madrid por haber permitido la realización de esa función ante un público con menores. Háganme caso, este último dato es lo de menos. Se denunció a los titiriteros que han estado durante 5 días en régimen de prisión preventiva en la cárcel de Soto del Real por enaltecimiento del terrorismo.

No pienso entrar en el debate jurídico sobre lo que implicaría el tipo penal de enaltecimiento del terrorismo, que aun siendo muy interesante, no es el tema que me ocupa en el presente artículo. Lo que está aquí en juego es un debate que va más allá de un tipo penal: la libertad de expresión.

¿Alguna vez se han planteado ustedes cuáles pueden ser los límites del arte y del humor? ¿Hasta dónde llega la obligatoriedad de lo “políticamente correcto”? Deberían empezar a reflexionarlo pues lo que al final se pone en cuestión es el pensamiento crítico y el compromiso social.

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Pareciera que cualquier cuestión se convierte en acicate por parte de la derecha española para cargar contra los gobiernos de cambio. No es que les moleste especialmente que alguien frivolice sobre el terrorismo, especialmente el etarra. No, no se equivoquen. No es que tengan una especial preocupación por la situación de las víctimas del terrorismo. La cuestión es el desgaste de las alternativas de cambio político que son ahora más reales que nunca. Se hace patente que la derecha ha leído a Gramsci y se ha aprendido muy bien la lección sobre hegemonía y guerra de posiciones del comunista orgánico italiano. Lo que aquí nos ocupa es el mantenimiento de un sistema político que permita y enmarque el debate y la crítica en un terreno de juego de moderación y de cuestionamiento light. Ustedes pueden cuestionar una u otra política pública, lo que no pueden cuestionar es el sistema en su conjunto. No van a permitir, sin defenderse con uñas y dientes, el profundo cuestionamiento de una hegemonía cultural imperante de una sociedad constituida que marque, incluso, lo que se considera buen gusto y mal gusto.

Es en la cultura donde deberíamos empezar a plantear la batalla porque también la están ganando. Si no es posible un ejercicio democrático de la libertad de expresión y la contestación y cuestionamiento de un sistema político corrupto, viejo y cada vez más represivo, ¿cómo combatir en última instancia la desigualdad social si hay temáticas que quedan fuera del debate y que se constituyen como tabúes? ¿Cómo tratar de constituir una nueva sociedad si ni siquiera se permite a sus miembros, en un ejercicio de autonomía, decir, hablar, pensar y expresar lo que en libertad se prefiera? El arte no puede estar constreñido al consumo. El arte sin compromiso social, sin crítica, incluso destructiva, no es arte. No podemos dejar que la agenda sobre lo que es de buen gusto o políticamente correcto la marque el conservadurismo español. Apología del mal gusto y de lo ofensivo, en el marco cultural y artístico, siempre; pues no es otra cosa que hacer apología de la libertad de expresión, le pese a quién le pese. Elevar el humor a la categoría de arte y entender que es la última resistencia. Última resistencia de los individuos que conforman una sociedad y que se expresan libremente en un ejercicio de libertad a secas, sin cortapisas. No se puede criminalizar el pensamiento de la ciudadanía ni la expresión, en la manera que sea, de ese pensamiento. Permitir esto, es dejar de combatir hegemonía. Permitirlo es, en definitiva, asumir una cultura instituida, imperante, imperativa y nociva, pues no deja lugar al libre pensamiento. Lo que está en juego, es la lucha por la libertad. En mayúsculas.

  1. La Libertad de Expresión, por su misma esencia de ser una Libertad, simplemente, no puede tener límites porque, si los tiene, entonces deja de ser Libertad y, por ende, deja de ser Libertad de Expresión. Una sociedad sana, democrática, madura, formada, no sólo acepta las críticas, sean cuales fueren, sino que, además, las agradece y se ríe de ellas. Una sociedad inculta, embrutecida, alienada, auto-alienada, como es el caso de la sociedad española, una sociedad donde los siervos agradecen y reclaman el ser siervos a las órdenes de los amos, amos que son caciques, tal como es hoy en día la sociedad española, conocido este fenómeno como España Profunda, en lugar de eso, se ofende, se escandaliza, criminaliza y castiga con el máximo rigor cualquier crítica que ese pueblo inculto y embrutecido, el pueblo español, considere. Cualquiera, y esto significa, prácticamente, todas las críticas. A las pruebas me remito.

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