Las fronteras del corazón de Europa

Daniel Turon

A veces nos preguntamos qué significa ser humano, la filosofía lleva siglos reflexionando sobre la ontología, sobre la ética, sobre la moral,  el poder,  el mal. La historia de nuestro continente no ha sido precisamente un ejemplo de paz, hemos colonizado medio mundo, provocando genocidios, etnocidios, guerras, colonizaciones… La modernidad parecía traernos unos derechos humanos, tratados internacionales que pretendían afirmar la racionalidad del ser humano.

En nuestro imaginario, se construyó una idea de una comunidad europea, solidaria, cooperativa, con valores cristianos, con los valores revolucionarios de la igualdad, la fraternidad y la libertad. Una institución simbólica que se reafirmó recientemente con el premio nobel de la paz a la Unión Europea. Una ironía más de la historia, o de quien la institucionaliza, un premio que en varias campañas en internet se está pidiendo ya su retirada.

En estos días leemos artículos, vemos fotos, reportajes, pero lo que quizás más impacta son las experiencias en primera persona de personas que viven la experiencia en Lesbos.   Llevados por la empatía, un hermoso sentimiento que si nos sumergimos en él, nos lleva a reconocernos en el otro, a querer colaborar, compartir, como está haciendo el diezmado pueblo griego, que comparte lo  que tiene con sus hermanos Sirios. Personas que llegan sufriendo, con sus hijos, dejando atrás sus casas, sus relaciones, su vida, a veces mucha de su familia, llegan pidiendo ayuda,   Pero la casta, los que han ganado dinero con la venta de armas, tienen miedo a perder algo de sus privilegios, se resisten a ajustarse los cinturones, a compartir.

Pero hay gente en toda Europa dispuesta a abrir las puertas de sus casas, de sus corazones, “donde comen dos, comen tres”, dice un dicho popular. Si llegaran todos los refugiados, no serían más que un 1 por ciento de toda la población de Europa, una Europa donde las zonas rurales están cada vez más despobladas, una Europa donde el campo está cada vez más desolado, donde hay cientos de pueblos abandonados, campos por cultivar que podrían ser una gran fuente de recursos. Eso sí, para ello hace falta un modelo agroecológico, de proximidad, que valore el comercio local, donde el trabajo del campo vuelva a tener valor, donde se valore a la naturaleza, el tiempo en compañía, la amistad, el compartir.

Europa sufre con los refugiados, el pueblo, la gente común reconoce en los miles de personas que acampan bajo la lluvia a otras personas, iguales, que huyen de una guerra, como quizás hicieron nuestros abuelos. Guerras por los recursos que acaparan unos pocos. “Europa” puede ajustarse los cinturones, elegir la senda de la cooperación, de la colaboración, de la empatía, de la humanidad, o enfrentarse de nuevo a la irracional ceguera de una psicopatía colectiva.

 “Tomando conciencia del crecimiento limitado , del mundo con fronteras, de los niños ahogados en petróleo finito, refugiados sirios despertando consciencias, limites, identidades, clima trasnochado, esperanzas desesperadas, conflictos vivos, tierra con fronteras desdichadas que clavan sus alambres de espino a la vida que escapa de la guerra, muertes eternas, vidas finitas, días oscuros, noches frías, corazones valientes que se lanzan al mar al rescate de la esperanza, la esperanza de la compasión, la esperanza de lo humano, la esperanza de una sonrisa que pueda brillar en un nuevo hogar, sueños de vida, sueños de una tierra…sueños de una Europa compasiva…”

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