Porciones de realidad, la era de la comunicación

Manuel Báez, Miembro de la Secretaría de relaciones con la Sociedad Civil de Podemos

Apenas recuerdo la época en la que la comunicación epistolar era un hecho cotidiano. Sí que recuerdo, con cierta nostalgia, escribir mi última carta allá por el año 2002 sin imaginar que, en el contexto de la naciente era de la información, la comunicación  reflexiva, esa que requiere una escucha o lectura activa, se vería engullida en el maremágnun de las porciones comunicativas. Que los caracteres reducidos, los titulares sensacionalistas y las novelas “fast food” se convertirían en la comunicación dominante, desplazando todo lo demás.

La nostalgia no debe llevarnos a engaño. Cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor. Las opciones se multiplican, y la tecnología nos brinda la oportunidad más importante de nuestras vidas: la ocasión de elegir. Y elegimos.

Textos cortos, pensamientos que se disuelven hasta convertirlos en algo digerible y conciso. En porciones de ideas que se instalan y muestran sólo parte de la cognición. Consumo. La conversión de la comunicación y la información en en negocio. Vendemos frases, no a veces en venta directa, pero sí indirecta.

Por otra parte, la elección existe. El público puede elegir y, sobre todo, recibe información. Se convierte en parte activa de la misma, responde, interactúa y genera sus propias porciones, que forman   parte de un puzle. El puzle es complejo, pero tenemos la opción de elegir montar ese puzle, de juntar esas porciones, o de cambiar el propio escenario, el paradigma comunicativo y de información que han instaurado las redes sociales, o la interpretación que hemos hecho de las mismas.

En la era de la información, la brevedad se convierte en negocio. También la descontextualización, que generalmente se basa en reducir un contenido para extrapolar sólo una idea y formar un cuadro general. Es decir, reducimos la reflexión a un mínimo que reproduzca únicamente lo que nos interesa, alterando el mensaje real, y luego, buscamos que la gente asocie esa porción particular de información como un mensaje general, mediante el pensamiento inductivo. Primero, convertimos lo general en un falso particular, y después logramos que el particular se convierta en una representación mental general, aunque no guarde relación con el mensaje primario.

Si X escribe un artículo, o explica una posición política o moral, otro elegirá una frase para sacar de contexto esas declaraciones y reducirlas a un mínimo que genere un rédito, sea económico, político, social… A veces, basta con alterar una palabra u omitir otra. De esa forma, una declaración que parte de la reflexión y ha sido elaborada, se convierte en una porción de información sesgada que muestra sólo lo que el difusor de la información quiere que veamos. Pero está en nuestra mano elegir y no dejarle obtener beneficio banalizando la información auténtica, o reduciendo al absurdo un discurso mediante la táctica de omitir la propia cadena argumental.

Es algo que vemos a menudo. Si un partido elige no firmar un pacto llamado “antiyihaddista”, y explica los motivos, se busca el rédito político para dañar al partido y mostrar una posición extremista y sin contenido. Se eliminan los argumentos, se reduce la información a una porción, y todos y todas terminamos por leer un titular, pero no nos preguntamos la causa del titular. En gran parte de las ocasiones, nadie se molesta en explicarnos lo que hay tras ese pacto, no existe un cuestionamiento de los motivos y, sobre todo, nadie se pregunta qué hay tras la inexistente eficacia de dicho pacto.

Un político habla de una “explicación política” y otro altera las palabras y convierte “explicación” en “justificación”. Nada más lejos de la realidad. Yo puedo explicar , como estudiante de psicología, cómo es la personalidad prototipo de un sociópata o de un maltratador. Y, sin embargo, mi condena hacia las conductas sociopáticas y el maltrato no dejan de ser igualmente firmes y tajantes. No justifico aquello que tiene una explicación. Más bien al contrario, explicar un hecho, en la mayor parte de los casos, puede prevenir que éste suceda de nuevo.

Otro problema derivado es la sobreexposición informativa, que hace que descartemos información relevante a diario, sin apenas percatarnos. Una noticia desplaza a una noticia que a su vez desplazó a otra noticia. La realidad se diluye, se torna opalescente, y la responsabilidad desaparece. Quien ayer era noticia por corrupción, desfalco o estafa hoy es desplazado por algo mucho menos importante. En la mayor parte de los ocasiones, el desplazamiento es intencional, dirigido. El fenómeno de sobreexposición es bien conocido. Logra que el procesamiento sea superficial y además hace que nos acostumbremos o normalicemos situaciones que no son en absoluto normales. De vez en cuando, una imagen impactante, como un niño ahogado, supera nuestro filtro de frialdad adquirida por sobreexposición. Pero una noticia diferente logrará que sea sólo un eco perdido en la montaña de información.

Existe, por último, otro gran problema cuando hablamos de los “bocados de realidad” o información, y es que es mucho más fácil caer en sesgos de pensamiento, o en realizar interpretaciones erróneas o atribuciones a través de una píldora de información. Atribuír una intención a partir de una frase que orbita en torno a una serie de argumentos. Olvidar lo más importante del mensaje, dejar de pensar en el contenido para lanzarnos sobre una porción que no representa al mensaje en sí mismo, que no se entiende de la misma forma al descontextualizar la frase extirpándola del mensaje entero.

Atribuír una intención (falsa) a quien no tiene esa intención depende en gran parte de nuestra predisposición a pensar mal de los demás, y es un sesgo común.

Perdemos comprensión de lo holístico, de la información como un todo que interactúa, que crece y toma forma. El emisor recibe las píldoras, muchas veces, sin acceder al mensaje completo. En ocasiones, las píldoras están adulteradas, y provocan una intoxicación informativa, logrando el objetivo de sesgar nuestra opinión o instaurar una opinión. Es similar a lo ocurrido en la película “Inception”, de Christopher Nolan. Un mensaje, una píldora inmersa en el procesamiento subconsciente, que altera las creencias, valores y opiniones. Solo que, quien controla la información, es capaz de generar una opinión antes de que se consolide. Es mucho más fácil crear una opinión que tratar de cambiarla. Epítetos, calificativos, noticias falsas que aparecen en portada de TV o periódicos y cuyos desmentidos aparecen de forma breve o no hacen acto de presencia. El problema de los sesgos es que quien conoce los procesos tiene cierta facilidad para provocarlos.

La sociedad poco a poco se acostumbra a ese paradigma. El antes parecía ser la reflexión, el ahora es la concisión, que no permite desarrollar las ideas complejas pero se vende mejor y se consume rápidamente. Un pastelillo de información, luego otro. Como comer pipas sin cáscara, se convierte en un acto reflejo. Un texto como este es tildado de excesivo. Demasiados caracteres. Sin embargo, antes sólo obtenían información los privilegiados, aquellos que tenían acceso a la educación y la cultura, o puestos de poder para los que no existían secretos, y ahora la información se extiende y escapa al control de las élites. Catalogar a la Era de la información como un simple suceso de porciones informativas sería igualmente reducir un escenario complejo a una visión reduccionista. Una frase que busca calar, una extermidad arrancada del torso de la realidad.

Descontextualización, sobreexposición, control de la información, sesgos… son problemas implícitos en la comunicación. Es cierto que, en la era actual, resulta más fácil alterar la percepción de la realidad si controlas los mass media o las redes sociales, pero también es cierto que la población no es un “manso rebaño” llevado por un pastor. Cualquier persona es capaz de romper esta cadena y cambiar el resultado final. Cualquiera tiene capacidad para formar el puzle. La realidad es que, a pesar de los problemas implícitos, la información está ahí y nos hemos convertido en sujetos activos del proceso de comunicación.

Un comentario o un post de facebook, una carta abierta, un blog, una breve intervención en la radio o el periódico local, una charla en una asamblea, la pertenencia a un movimiento social. No somos sujetos pasivos a los que lanzan las porciones seleccionadas y sin posibilidad de salir de la caverna platónica y contemplar la luz de la verdad. No somos esclavos supeditados al deseo del amo de proporcionarnos la información. La cognición, sin información, no tiene sentido de ser, pero ahora existe la posibilidad de elegir, la que otros no tuvieron. Sólo unos pocos iluminados.

En esta nueva era, la de los movimientos sociales cibernéticos, la de las marchas, la de anonymous, la del 15M, la de Podemos, la de las mareas… disponemos de diversas fuentes a la que acudir para montar ese puzle y ser libres. La sociedad civil desarrolla sus propios canales de comunicación y millones de voces claman al unísono. Profesionales de diversos sectores nos explican cómo funciona su porción del mundo; abogados laboralistas, expertos en vivienda, trabajadores sociales, especialistas en medicina, científicos, artistas… Por primera vez, podemos escuchar, aprender y aprehender.

Por primera vez, tenemos la opción de elegir.

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