Reflexiones de paso corto y mirada larga

Cristian García Fernández.

No son pocas las voces que se han ido pronunciando en los últimos días sobre qué debe ser Podemos y cómo debe serlo una vez salido de la vorágine electoral de este año de acontecimientos políticos acelerados. Allá por octubre del año 2014, concretamente el fin de semana del 18 al 20, bajo los cielos de Madrid, dentro del Palacio de Vistalegre, un grupo promotor plasmó las bases del ‘asalto a los cielos’. A día de hoy, tras unas elecciones autonómicas y municipales, unas catalanas y unas generales, podemos aseverar que, si de Madrid se va al cielo, de Vistalegre se queda muy cerca, tan cerca como 300.000 votos, que es lo que separa al Partido Socialista y a Podemos en el Congreso. Podemos afirmar, pues, que la estrategia, la hoja de ruta impulsada y marcada ese fin de semana, pero auspiciada por mucho análisis y estudio previo, fue acertada para conseguir un objetivo con las mayores garantías posibles. Para eso, y nada más.

En abril de 2016, Podemos y España son diferentes. Por eso debemos de hablar del Podemos que tenemos, para avanzar hacia la España que queremos. Si Podemos ha sabido aglutinar mayorías bajo su propuesta política, bajo su tesis nacional-popular, ha sido por una trabajada transversalidad no ya discursiva o de retórica autoimpuesta, sino estratégica: si no queremos quedarnos en lo que la izquierda se quedó, debemos de explorar vías alternativas. Y eso se hizo. A día de hoy, Podemos está más cerca de ser una fuerza política de carácter confederal o federal, pero tiene que querer serlo. Tiene que atreverse a serlo. El 20 de diciembre ocurrió algo excepcional, y es que una fuerza política de carácter estatal logró obtener unos resultados excepcionales en territorios muy diferentes como Galicia o País Valencià, donde fue segunda fuerza; Euskadi o Catalunya, donde fue primera fuerza; y Madrid, donde fue segunda fuerza, y el Partido Socialista cuarta fuerza en votos. Es decir: hay una mayoría social y electoral posible bajo un proyecto nacional-popular de carácter plurinacional. Hay sustrato en España para que el cambio político y social se forje haciendo patria en lugares y con gentes muy diferentes para fundar una nación cuyas fortalezas sean las diferencias. Diversidad como pegamento, en lugar de diversidad como arma electoral y vetos. Los tiempos en los que las fuerzas políticas utilizaban los intereses territoriales para beneficio electoral o partidista son tiempos del pasado, tiempos que hemos dejado atrás como país, porque hoy queremos trabajar juntas por un país en el que quepamos todas, sin vetos mutuos. Ahora bien, esta tesis de partido confederal o federal y de país federal ya ha sido utilizada por el Partido Socialista sin demasiada práctica teórica sobre el papel. El federalismo no hay que quererlo, estudiarlo o pregonarlo: hay que practicarlo.

Como digo, las alianzas y el discurso plurinacional de Podemos el 20 de diciembre arrojaron unos resultados electorales excelentes, y calvo de cultido en determinadas naciones, puesto que es así como se entienden y reconocen a sí mismas, de España. Es una vía a explorar, si bien no es la única. Si Podemos hasta ahora ha sido y ha consistido en una maquinaria de guerra electoral bien engrasada, con posibilidad de tomar los cielos por asalto en una única vez, una vez se rebaje la tensión electoral ha de mutar en otra cosa. Podemos es movimiento en sí mismo, y todo movimiento necesita de contrapoderes populares. Si una organización de carácter confederal o federal tiene visos de ser una estructura lo suficientemente plural y diferenciada del clásico organigrama de los viejos partidos, la coralidad de voces al servicio del cambio es infinitamente superior. Y si bien es cierto que la guerra de posiciones, tal y como describe Gramsci la batalla institucional propiamente dicha, tiene mayor relevancia mediática en el Congreso, son los municipios y las Candidaturas de Unidad Popular las mayores potencialidades para seguir abriendo brecha en el régimen del 78 hasta erosionarlo lo suficiente. Son los cientos y miles de concejales y concejalas del cambio quien tienen en sus manos el poder deconstituyente necesario con el que sembrar patria para fundar una nación, por lo que deben ser estos cientos y miles de concejales y concejalas quienes sustenten un mayor protagonismo orgánico en Podemos del que han tenido hasta ahora. Y si sabemos que lo son, es porque hemos visto de lo que son capaces, de lo que somos capaces, cuando nos autoorganizamos y sacamos adelante trabajo político sin el sustento de los aparatos partidistas.

A este respecto, me parece muy interesante hacer una aclaración o matización a la tan vitoreada ‘segunda Transición’, y es que hay que tener en cuenta las directrices bajo las cuales se dio la Transición original: una lucha antifranquista y una alta movilización social fueron el motor de la misma, aunque luego fueran las élites las que acordaran por arriba. Ahora mismo, sabemos que hay anhelos en las nuevas mayorías sociales de una mayor participación en la vida democrática, sabemos que hay quejas a las limitaciones de nuestro sistema democrática. Lo sabemos porque lo dijimos en las plazas, dijimos que “democracia no es votar cada 4 años”. Pero también estamos siendo conscientes de que, una vez más, son los municipios que tienen gobiernos del cambio los que están poniendo en marcha mecanismos de participación institucionales y no partidistas, mecanismos de participación reales que ayudan a forjar una mayor confianza de los representados frente a los representantes. Mecanismos de participación reales y fehacientes, a fin de cuentas. Y esto en un momento de reflujo en la movilización social es clave.

Nos enfrentamos, una vez más, a un debate que puede ser estéril si lo basamos en el ‘adentro’, un debate en el que el protagonismo debe recaer sobre los y las que aún no están, más que en los y las que estamos. El debate sobre cómo crear poder popular capaz de tomar los cielos por asedio, si fallase el asalto. El debate está ahí, y las propuestas están sobre la mesa. No hablamos de recuperar la esencia de Podemos, una esencia que está ahí y que nunca ha dejado de estarlo. Hablamos de ser capaces de aglutinar la mayoría social por el cambio y convertirla en mayoría política y electoral, no de deificaciones a modelos organizativos. El éxito de Podemos radica en saber qué se quiere y debatir, con toda la firmeza y lealtad, la mejor forma de lograrlo. Y ahí seguimos.

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