¡Becarios no! Reinventando la esclavitud

Miguel Fernández de la Peña. Politólogo.

La figura del trabajador ha sido históricamente sometida por medio de las fuerzas empresariales y la legislación en el mundo capitalista. La explotación que se ha propia de la relación dialéctica entre poseedores y desposeídos se ha tratado de reducir, o al menos combatir, por parte de las agrupaciones de trabajadores por medio de estrategias tan dispares como la acción directa, las cooperativas, el ludismo, la sindicación, las huelgas, etc. A causa del éxito de algunas iniciativas como estas, gran parte de los trabajadores, en muchos de los países occidentales, gozaron de un nivel de bienestar considerable entre los años 60 y 90.

Reformas laborales más recientes, tanto la de Zapatero como la de Rajoy, han supuesto mayores facilidades para el despido, flexibilidad laboral y pérdida de capacidad de negociación para los trabajadores.

Esta situación está tratándose de ser revertida. La precariedad en el ámbito laboral y la constante reducción de derechos de los trabajadores en los países desarrollados desde principios de la década de los 80 es algo que no se le escapa a la mayoría de la gente que usa su fuerza de trabajo como modo de supervivencia. Y digo supervivencia porque en muchos casos la gente se dedica a eso. En este sentido no sorprende que la última crisis haya sido utilizada, como en muchos otros ámbitos, para recortar derechos laborales. Esta idea es abalada por el geógrafo y teórico social británico David Harvey en su insigne trabajo La condición de la posmodernidad (1990), en el cual se sostiene la aparición hace tres décadas de un proceso de desarrollo de nuevas formas de contratación y de aumento del sometimiento del trabajador respecto del empresario a través del debilitamiento sindical y la protesta obrera. Podemos ver el reflejo de esto en las reformas laborales más recientes, tanto la de Zapatero como la de Rajoy, las cuales han supuesto mayores facilidades para el despido, flexibilidad laboral y pérdida de capacidad de negociación para los trabajadores.

David Harvey, La condición de la posmodernidad, Amorrortu, 2008, página 174.

¿Qué es un becario? ¿Es una continuación de la formación universitaria, un modo de explotación de los trabajadores más jóvenes o una reinvención de la esclavitud?

Sí los trabajadores en general han perdido fuerza en su conflicto por más derechos frente a las empresas, ¿qué pasa cuando no se te reconoce el título de “trabajador”? Es aquí donde aparece nuestra palabra clave: “becario”. ¿Qué es un becario? ¿Es una continuación de la formación universitaria, un modo de explotación de los trabajadores más jóvenes o una reinvención de la esclavitud? No creo que sea realmente necesario explicar por qué en la gran mayoría de los casos la formación que recibe el estudiante durante las prácticas es mínima. Por tanto quizás la respuesta a la anterior pregunta sea la tercera opción, ya que la esclavitud, propia de la antigüedad pero no abolida en la actualidad, viene a ser un crimen en sí mismo que aun así implica la manutención del esclavo ante la necesidad de mantenerlo con  vida. Al becario en cambio no se le da retribución alguna, ni de forma monetaria ni en especies, a pesar de que su trabajo viene a suponer beneficios para la empresa. ¿Por qué retribuir el trabajo de un joven si entendemos que no se independizará de su núcleo familiar hasta los treinta y tantos?

La realidad de los becarios ha salido a la palestra de la actualidad durante estos últimos días a consecuencia de la proposición no de Ley presentada por Podemos en la que se propone que se regulen las prácticas de universitarios de modo que los becarios cobren el salario mínimo interprofesional. Resulta coherente que haya sido Podemos quien lo haya propuesto, no solo por el hecho de que parece ser el partido que mayor sensibilidad social, y por tanto laboral, tiene, sino también por su evidente conexión con la juventud del país. El partido morado, haciendo suyas cifras de la organización Oficina Precaria, calcula que el número de becarios cotizantes y no cotizantes en 2015 sería como mínimo de 180.000.

Sin necesidad de cotejar cifras, lo cierto es que la realidad de los becarios en España es sangrante. Es el día a día de una gran parte de los mejores estudiantes universitarios que se forman en nuestro país. Es la otra cara y una de las causas de la conocida como “fuga de cerebros”, que además de dar pie para comedias cinematográficas debería ser motivo de preocupación para una sociedad que piensa en aumentar la edad de jubilación mientras niega las oportunidades de empleo digno a la generación más preparada de la historia.

Entre los verdaderos abusos de los que cualquier joven de entre 20 y 30 años conoce de primera mano, por haberlos experimentado en sus propias carnes o por haberlo comentado con sus allegados, se encuentran algunos tales como el trabajo sin remuneración, la realización de empleos humillantes o repetitivos, el desarrollo de tareas que no requieren la formación universitaria obtenida, el desempeño de jornadas laborales de larga duración, la inexistencia de algunos derecho como el de huelga, etc. En muchos casos estas prácticas están abaladas por la legislación vigente, en cuyo caso la vergüenza recae sobre nuestras instituciones. En otros casos directamente las empresas se saltan le regulación a su libre arbitrio.

Y sí, no voy a dejar la parte personal del asunto en el tintero; tan solo es un caso más de los miles. Por mi parte he trabajado para una empresa (me ahorraré citar el nombre), no solo sin cobrar por una jornada de 5 horas sin descansos, y en algunos casos sin todo el material necesario, sino además teniendo que pagar los créditos universitarios que permiten la realización de dichas prácticas laborales. Otro día podríamos tratar con profundidad el aumento significativo del precio de los créditos universitarios y la consiguiente salida de la universidad pública española de unos 45.000 alumnos en los últimos dos años.

Persiste la idea de que es la empresa la que está haciendo un favor al joven inexperto al cuál se le ha concedido la gracia de poder formarse “prácticamente” (es decir, “de verdad”)

Lo peor de todo, a mi juicio, es la denigración que supone el título de “becario”, en especial cuando no existe remuneración. Son muchos los trabajadores, mayormente aquellos con un puesto de cierta responsabilidad en la empresa, los que no dudan en hacer de estos (de nosotros) el nuevo chico de los recados, casi el “aguador” (o “cafeador”), figura que nos retrotrae a la época de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Incluso persiste la idea de que es la empresa la que está haciendo un favor al joven inexperto al cuál se le ha concedido la gracia de poder formarse “prácticamente” (es decir, “de verdad”). Parece una broma, y en parte lo es, pero lo cierto es que no son pocos los jefes que tienen comportamientos hacia los becarios semejantes a los manifestados por el famoso presentador televisivo Josep Pedrerol, quien tuvo su minuto de gloria hace unos años con una intervención merecedora del premio al comunicador déspota del año y que, irónicamente, inspira el título de este artículo: “La última vez que me toman el pelo, ¿vale? No podemos tener a becarios haciendo este programa, con todo el cariño. Pero becarios no, eh, vale, becarios no. Nunca más.” Lo cierto es que la formación y capacidad del presentador no es mayor que la de la mayoría de los becarios españoles, mientras que es probable que la gran mayoría de los universitarios españoles no lleguen en su vida a obtener por su trabajo los salarios de semejante charlatán.

Deja un comentario