Grandes coaliciones, alias Castas: Lecciones desde Austria

Miguel Fernández de la Peña. Politólogo.

parlamento austriaco

Érase una vez un país en el cual la gente comenzó a darse cuenta de que los dos partidos políticos tradicionales respondían a los mismos intereses, a pesar de teatralizar constantemente una cierta pugna por el apoyo popular y de definirse como enfrentados. Como consecuencia de ello aparecieron dos formaciones políticas, una desde la izquierda y otra desde la derecha, que comenzaron a erosionar el poder de los partidos anteriores gracias a las muestras constantes de la incapacidad de estos para solucionar los problemas de los ciudadanos. En un momento dado, ante la debacle electoral de los partidos tradicionales, estos decidieron unirse en un pacto de gobierno para mantener protegidos los intereses a los que respondían. Tras una legislatura de políticas ineficaces, los dos partidos que se presentaban como alternativas anteriormente fueron capaces de superar en apoyos a los partidos integrantes del gobierno saliente, surgiendo así un nuevo sistema de partidos.

La victoria fue por la mínima, y deja como resultado la imagen de un país que cuenta con una mitad de la población que no ve con malos ojos la vuelta de un líder de planteamientos xenófobos y autoritarios.

Podría pensarse que lo planteado hasta este punto responde a un posible escenario futuro para España, pero lo cierto es que se trata de algo de total actualidad. El domingo pasado tenía lugar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Austria, las cuales dieron como vencedor a Alexander Van Der Bellen, líder histórico de los Verdes y que se presentaba como independiente, quien superaba al ultraderechista Norbert Hofer, del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ). La victoria fue por la mínima, y deja como resultado la imagen de un país que cuenta con una mitad de la población que no ve con malos ojos la vuelta de un líder de planteamientos xenófobos y autoritarios.

Más allá del resultado final, resulta muy ilustrativo el hecho de que a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales no haya llegado ninguno de los dos partidos tradicionales, el Partido Popular Austríaco (ÖVP) y el Partido Socialdemócrata de Austria (SPÖ). El Jefe de Estado en Austria, su Presidente, es elegido cada seis años, pudiéndose presentar el mismo candidato por otra elección, de modo que desde el año 2004 ocupa dicho cargo Heinz Fischer, del Partido Socialdemócrata. Es importante señalar las atribuciones del Presidente de Austria, entre las cuales prima la representación exterior del Estado, pero entre las cuales también se encuentra la potestad de decidir a quién encarga la formación del gobierno y la capacidad para disolver al mismo.

En España no hay elecciones presidenciales, ya que no estamos lo suficientemente preparados como para elegir al Jefe de Estado. Este debe ser, por siempre, claro está, el Rey proveniente de una dinastía ejemplar como es la de los Borbones.

¿Cabe la posibilidad de que se produzca un proceso similar en nuestro país? En primer lugar es necesario señalar las diferencias de los casos: en España no hay elecciones presidenciales, ya que no estamos lo suficientemente preparados como para elegir al Jefe de Estado. Este debe ser, por siempre, claro está, el Rey proveniente de una dinastía ejemplar como es la de los Borbones. Esta diferencia ya nos alerta de que los austriacos de momento no han revertido su sistema de partidos, ya que se trata de una elección de distinto orden al de las legislativas. Habrá que estar muy atento a este respecto a las próximas elecciones al Parlamento austriaco. Cabe además señalar toda una serie de diferencias históricas, políticas y económicas entre Austria y España, de modo que no debiéramos extrapolar el ejemplo con demasiada facilidad. Me voy a permitir presentar una diferencia importante: en España no hay un partido de extrema derecha de ámbito nacional porque todo aquel que responde a dicha ideología se encuentra muy a gusto dentro del PP. ¿Emigrará alguno en unos meses o años a Ciudadanos?

“Gran coalición” significa en la práctica una apuesta por deshacer la política democrática por la vía de acabar con la posibilidad de la existencia de alternativas

En cualquier caso el ejemplo austriaco nos sirve para reflexionar en torno a la idea de la “Gran coalición”. Esta figura, que viene a ser presentada como la garantía de la estabilidad nacional y la presentación de un gran consenso como virtuoso instrumento político, significa en la práctica una apuesta por deshacer la política democrática por la vía de acabar con la posibilidad de la existencia de alternativas. Se construye así un gobierno que responde al apoyo mayoritario en la cámara, como es el caso de Alemania, de modo que el elector deja de tener capacidad para influir en la política, a menos que surjan alternativas con suficiente poder electoral como para discutir la preeminencia a estos dos partidos. Esto es precisamente lo que está pasando en Austria y España: frente a los tradicionales partidos conservadores y socialdemócrata, cuyas políticas convergen peligrosamente, surgen partidos “extremos” o “jóvenes/nuevos” que aspiran  a cambiar el sistema de partidos. Más importante si cabe es entender que el surgimiento de dichos partidos obedece en gran medida como respuesta a un régimen político que ha pasado a ser en la práctica un modelo de partido único. Prueba de esta convergencia es la reforma del artículo 135 de la Constitución española. Podemos surge, entre otras cosas, como instrumento político de oposición a este acuerdo entre PP y PSOE, partidos que se definen como contrarios ideológicamente pero que fueron capaces de acordar de una forma inmediata la reforma económica de mayor trascendencia en España desde tiempos de la transición. Tal oposición es total si tenemos en cuenta que Ciudadanos, el partido que se presenta como regeneración, no presenta en política económica una alternativa al acuerdo de limitación del déficit público.

La idea de la gran coalición muestra por tanto que toda iniciativa política en democracia debe tener sus detractores, y que por tanto al tiempo que dos partidos convergen, aquel cuyos posicionamientos ideológicos teóricos se muestran más distantes a sus iniciativas políticas prácticas acaba perdiendo gran parte de su electorado, como es el caso del PSOE. En cualquier caso siempre les quedará intentar pactar tras las elecciones de junio con Podemos, si es que los verdaderos dueños del partido, los miembros de la gerontocracia gonzalesca, autorizan a Pedro Sánchez a pactar con el demonio castrista-bolivariano.

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