Campaña para recordar el entusiasmo del 15M

Miguel Fernández de la Peña. Politólogo.

Llegó la campaña. Tenemos todavía unos cuantos días para sufrir la constante envestida mediática por medio de la cual los partidos reclaman nuestro voto. Son días en lo que hasta el más apasionado de los estudiosos de la política acaba experimentando un cierto hastío y cansancio a consecuencia de tanto mensaje, tanta foto, tanto guiño a ciertos colectivos, tantas promesas que se saben falsas, tantas declaraciones, tantas ruedas de prensa, tantas descalificaciones, tanto beso a las abuelas, etc. Lo cierto es que ante semejante panorama uno comprende que los ciudadanos opten por una actitud de cierta pesadumbre a la hora de reflexionar a quien votar y por qué. Viene a la cabeza el insistente mensaje que nos llevan mandando nuestros representantes en torno a un mes: nadie quería ir a unas nuevas elecciones. Todos han querido culpar al partido rival como elemento central de la estrategia de campaña. Parece ser que la perspectiva de unas nuevas elecciones atemorizaba a la población, más que el paro, la corrupción o los problemas económicos.

Pero démosle la vuelta al argumento de los partidos. ¿A alguien le molesta tardar en elegir entre los platos de un restaurante caro cuando le invitan a comer por el mero hecho de tener que optar por algo? A alguno la comparación le parecerá atrevida incluso pretenciosa, pero lo cierto es que en una democracia representativa como la nuestra la participación política se reduce simplemente a darse un paseo hasta el colegio electoral y meter un papel en un sobre para introducir este en una urna tras identificarse como ciudadano español. ¿Es un gran esfuerzo? ¿Debemos ser comprensivos con el argumento de que como es la segunda elección la participación debe bajar estrepitosamente? Teniendo en cuenta el momento político, económico y social en el que nos encontramos resulta una irresponsabilidad de descomunal calibre optar por no participar de los comicios simplemente “por comodidad, cansancio o desengaño”, o porque “no puede ser que los partidos no se pongan de acuerdo”.

Pero vayamos un poco más allá. El 15 de mayo de 2011 nació en España un movimiento político cuya principal reivindicación era la necesaria regeneración en términos democráticos que requerían nuestras instituciones. Se llegaron a oír consignas favorables al establecimiento de algo semejante a una democracia participativa. De igual modo se crearon asambleas de barrio y redes de solidaridad que dieron lugar a las mareas. ¿Dónde quedó ese entusiasmo? Resulta especialmente sorprendente el hecho de que las reivindicaciones del 15M eran vistas con buenos ojos por parte de la población española en torno a un 80%, lo que significa que nuestra sociedad está en principio concienciada con la necesidad de salir de una crisis política por medio del afianzamiento de la democracia, para lo cual lo primero que hay que hacer es votar a un partido cuyo programa de gobierno implique tal cambio.

Una de las cosas para las que sirvió verdaderamente el 15M fue para darnos cuenta de que no eran cuatro incomprendidos los que querían cambiar este país.

Una de las cosas para las que sirvió verdaderamente el 15M fue para darnos cuenta de que no eran cuatro incomprendidos los que querían cambiar este país. Cuando la gente salió a las plazas y vio a muchos semejantes exigiendo a sus gobernantes cosas que ellos mismos pensaban, se prendió la mecha que permitía imaginar un cambio. Otro objetivo cumplido del 15M fue la apertura del espacio político para otras formaciones, en especial Podemos, pero también Ciudadanos, ya que no podemos olvidar que entre los indignados también había, aunque no fueran mayoría, personas que se identificaban con el centro-derecha que dice representar Ciudadanos. La salida del escenario bipolar que habían ocupado hegemónicamente el PSOE y el PP durante treinta años debería suponer una esperanza para la población, una razón para ilusionarse de nuevo con las elecciones.

No quería dejar pasar la oportunidad de insistir en el mensaje de los indignados. Es necesaria una reforma democrática en este país que empiece sin duda alguna por un cambio en la ley electoral. De hecho resulta impresionante, conociendo como funciona esta, que hayan aparecido dos fuerzas nuevas que compitan en las elecciones generales. Este es un debate que no se debe olvidar: la circunscripción electoral provincial es toda una carencia democrática por sus injustos resultados.

Al igual que cuando no pagamos por algo es que nosotros somos el producto, cuando otros hacen la política por ti, tú eres el derrotado. Y la participación política no se reduce tan solo a la participación electoral; eso es algo que no merece discusión alguna. Pero lo cierto es que pocos son los que no votan y lo hacen por contar con una justificación que vaya más allá del “yo paso”. No hay nada peor que el ignorante político porque es la forma de coger el camino más corto a la esclavitud. Por algo a los que no participaban en la política en la Grecia clásica se les llamaba “idiotés”.

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