Vergüenza

Manuel Báez Duarte – Secretaría de Comunicación de Podemos Madrid

Zakaría Zakaría Franco – Marea Joven

Miedo. Elemento transformador, origen del odio y la manipulación, del propio control. Miedo a perder la vida, el estatus, miedo a no reconocernos dentro de una estructura.

A lo largo de miles de años, la humanidad ha sangrado y ha muerto en nombre del miedo. Un nombre oculto, apenas una sombra escurridiza que vela nuestros ojos y nos impide conocer los secretos de una luz que pareciera extinta.

El miedo, el odio, la falta de capacidad de ponernos en la piel del otro y la facilidad para manipular sentimientos de las personas sin escrúpulos que se lucran con el sufrimiento ajeno, son un caldo de cultivo para la guerra. La gran asesina, siempre con aparatosas alhajas en forma de mística y retórica, de un lenguaje que busca glorificar el fin de millones de vidas por diferencias territoriales, culturales, religiosas o, simplemente, por el afán de lucro.

Decía el poeta Paul Valéry que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”.

A veces, fruto de un mundo comunicativamente casi globalizado, atisbamos el horror de quienes son menos afortunados, de quienes viven en una guerra eterna, sin un destino más cierto que el sufrimiento. Hace meses, la fotografía de Aylan Kurdi, un niño sirio de 3 años que falleció ahogado tratando de huír del horror de la guerra junto a su familia.

Son momentos en los que la oscuridad se hace menos densa y dejamos de lado el desinterés y la falta de empatía, para comprender que la realidad es tan cruda como innegable. No son cifras, no son datos escritos por un estadístico. Son personas que viven, sueñan, aman y mueren. Cuesta pensar en la dimensión real que puede alcanzar el sufrimiento en un mundo árido e inhóspito para quienes vivimos en el “primer mundo”, el mismo que se molesta cuando un político o un religioso les recuerda que las armas que perpetran el asesinato y la espiral de odio son de ese primer mundo.

¿Qué pensará un refugiado? ¿Cómo ha sido su vida antes de llegar a Europa? ¿Se plantearán tan siquiera esas preguntas los líderes de la UE al firmar un acuerdo denigrante para Europa, para la esencia misma de la humanidad?

Las respuestas directas a estas preguntas son tremendamente complejas, sin ninguna duda. En un mundo abiertamente globalizado, donde el modelo político del Estado se encuentra supeditado a un modelo económico “autoritario”, como es el modelo de los herederos de los “Chicago Boys”, y por tanto, donde la soberanía nacional y popular tiene un radio de acción claramente limitado, estas decisiones también vienen determinadas por el paradigma mercantil y económico. No es más que una coyuntura (esta vez tremendamente mortal) que dejamos banalizar bajo las impresentables leyes ocultas del economicismo contemporáneo.

Las propias preguntas que se han constatado anteriormente no pueden evitar ser “monetizadas”. Todos se convierten en un número, en una voraz matemática; en una terrible “ciencia”. Todo se deshumaniza. Todo toma forma de “Fin de la Historia”. Se deja atrás lo moral, lo ético, lo humano. Pronostica nuestra propia muerte como seres dinámicos llenos de alternativas. Sobre todo,  pronostica nuestra muerte como seres empáticos, y por lo tanto, nos mata como seres humanos; como personas.

 ¿Lo acordado con Turquía (un gobierno con tintes explícitamente antidemocráticos que pretende entrar en la Unión Europea) realmente vela por la dignidad de las personas? ¿Este acuerdo a quién protege? ¿Es un acuerdo que vela por la seguridad y las libertades de todas y todos nosotros? 

Este acuerdo nos demuestra nuevamente que nuestra “Europa de Derechos”, nuestra “Europa ilustrada”, esa “Europa humana”, que supuestamente aprendió de su sangriento pasado, ha sucumbido a las lógicas más terribles y antidemocráticas. Ahora es legítimo saltarse nuestros propios tratados. Ahora pasamos de la “Libertad, Igualdad y Fraternidad” a Berlusconi, Merkel, o incluso a Le Pen.

Esta situación tan deleznable que estamos viviendo puede extrapolarse a cualquier Estado. No seamos tan ingenuos pensando que en nuestras sociedades “abiertas”y “democráticas” no puede ocurrir semejante crisis. No seamos ingenuos: en nuestro propio Estado no se reconoce la democracia frente al golpismo corporativista de los tratados de libre comercio que derogan la soberanía de forma unilateral. En nuestro propio Estado no tenemos memoria.

¿Qué pensaríamos entonces, si unos cuantos burócratas decidieran mirar hacia otro lado por un fajo de billetes? ¿Qué aprendimos del pasado en Europa, e incluso en España, cuando sufrimos las terribles consecuencias de la guerra?

Esta vez no podemos caer en la terrible tentación del “pero”. Ese “pero” que puede maquillar a un autoritario de demócrata o a un racista de no serlo. No podemos caer en las justificaciones burdas y vacías de contenido que tan infalibles son en nuestra psique. No hay peros que valgan. Atajar el problema, buscar soluciones y tomar decisiones siempre tiene sus pros y sus contras. El coste político puede ser alto, pero es un imperativo ético, uno de los pocos imperativos que debieran ser incuestionables y universales. La vida nunca es ilegal, los Derechos Humanos deben ser irrefutables. Defender la vida, ese único imperativo que debe existir.

No hay “peros” que valgan. Y menos en nuestro nombre.

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