Regreso al futuro

Cristian García Fernández.

Tras las Elecciones Generales del 26J, son muchas las voces que se pronuncian sobre qué pudo fallar para que Unidos Podemos no lograse el sorpasso al Partido Socialista, que la demoscopia otorgaba de forma casi unánime. Son muchas las voces, también, que se preguntan por la confluencia en sí misma; por la forma, pero también por el fondo. Hay que admitir, sin paliativos, que el resultado de Unidos Podemos no es el que muchos y muchas esperábamos, pero hemos demostrado saber resistir, no sólo en las calles, sino en las elecciones. Hemos resistido el acoso y derribo mediático contra nuestro candidato y nuestras formaciones. Y, además de resistir, no hemos retrocedido. El cambio político tiene, igual que el 20D, 71 escaños. Por contra, el Partido Socialista y Ciudadanos, quienes enarbolaban la bandera del cambio, los consensos y la capacidad para llegar a acuerdos en sus lemas electorales, retroceden. El PSOE pasa a tener 85 escaños, pero aún así celebra que no hubiera habido sorpasso. Sigue habiendo un empate técnico en el campo progresista con Unidos Podemos. Ciudadanos, por su parte, pierde cerca de 400.000 votos que vuelven al Partido Popular y le dejan en 32 escaños, poniendo de manifiesto el sistema electoral mayoritario. Pero son las reglas del juego y hay que aceptarlas mientras no se puedan cambiar.

Tras este largo ciclo electoral, que empezó el 25 de mayo de 2014 en las Elecciones Europeas y que nos ha mantenido tensionados y en campaña permanente hasta ahora, obligándonos a correr al tiempo que nos atábamos los cordones, tenemos la oportunidad de reflexionar. De mirar al pasado, de no atragantarnos con el presente y de regresar al futuro. La transversalidad, sobre la que se han vertido múltiples opiniones, es eso. Es saber regresar al futuro para tender la mano a quienes en el pasado han votado cosas diferentes, en el presente te observan con recelo y en el futuro sufren las consecuencias de las políticas de austeridad y recortes, votaran lo que votaran. Hay que dar por seguro que el Partido Popular no va a preguntar a sus votantes cuando tengan que hacer los recortes que Bruselas impondrá: es plenamente consciente de a quién sirve, y no es a las 8 millones de personas que les han votado, a quienes bajo ningún concepto debemos criminalizar. Debemos de tener la suficiente mano izquierda para entender que el cambio político no siempre se produce a la velocidad que deseamos, pero que el cambio social y las victorias culturales que después son políticas han venido para quedarse. Provenimos del 15M y tras el fenómeno que desató ver llenas las plazas vino la, posiblemente, legislatura más negra de la historia de nuestra joven democracia. Una legislatura en la que hemos visto como el Partido Popular pasaba de ser el cambio frente al Partido Socialista que había dejado España en bancarrota a convertirse en una organización mejor organizada para la corrupción y los desfalcos que para la gestión del erario público con la mayoría social en mente.

Lejos de los oportunismos y de los “te lo dije”, pues no debemos olvidar que, en última instancia, fueron la militancia de Podemos y de Izquierda Unida en su mayoría quienes ratificaron una coalición que por aquél entonces prácticamente todos veíamos acertada, la preguna que debemos hacernos no es si debe haber confluencia o no debe haberla, sino cómo y con quién. A nadie se le escapa que, a día de hoy, Podemos es la herramienta, el paraguas, que más y mejor condensa los deseos de cambio político de la mayoría social y quien apuntala un nuevo espacio político que ha venido para quedarse. No en vano Unidos Podemos es una fuerza hegemónica entre las personas más jóvenes, que son las que representan el futuro y la esperanza de nuestro país. El debate que debe haber sobre la confluencia es de forma. No debe pasar por alto que, a pesar de perder un puñado de votos, En Comú Podem volvió a ganar, de forma incontestable, en Catalunya. O Unidos Podemos en Euskadi, ampliando aún más la brecha tras un resultado ya histórico el 20D. A partir de ahora, la confluencia debe ser federal, debe de abrazar las particularidades de cada territorio, al tiempo que Podemos da más peso a los territorios en su modelo organizativo. Toca menos balón en largo y más juego en equipo.

Tras el 20D se aplazó un debate que sobrevenía Podemos tiempo ha: el organizativo. El debate que tenía que darse en la joven formación sobre el paso de la maquinaria de guerra electoral lo suficientemente engrasada como para poder competir a los poderosos unas Elecciones Generales a un movimiento popular. Pasar de ser la piedra en el estanque a la marea democrática que irrumpa en el Congreso en forma de mayoría política. Este debate, que no es baladí, debía tener lugar una vez que se cerrase el larguísimo ciclo electoral (6 citas con las urnas en dos años). Al tiempo que Podemos debía engrasar la maquinaria electoral, al tiempo que corría, se iba atando los zapatos. Blitzkrieg, resistencia, guerra de posiciones. Para afrontar el debate organizativo que Podemos tiene por delante es necesaria una breve retrospección: tras las Elecciones Europeas del 25 de mayo de 2014, Podemos irrumpe en la política nacional alterando por completo el tablero político. De pronto, la política parece dibujar una línea en la que está Podemos a un lado y, el resto, al otro. De pronto, lo que Podemos llamó centralidad del tablero se torna en un espejismo que otorga al capacidad a la nueva formación de establecer los marcos del debate público, metiendo en la agenda mediática temas que hasta entonces no estaban. Si el Partido Popular era cómplice de la burbuja inmobiliaria y la especulación, a Podemos le convenía, estratégicamente, introducir en la agenda mediática el marco de los desahucios. Según el régimen fue adaptando sus mecanismos de autoprotección, Podemos fue perdiendo fuerza hasta verse sometido a un acoso mediático sin precedentes donde demostró saber, o poder, resistir. En este nuevo escenario quien establecía los marcos del debate era el régimen, tratando de sembrar la semilla del miedo en la nueva formación para que la opinión pública mimetizase en su ideario que Podemos era un partido más que, tarde o temprano, iba a acabar haciendo lo mismo. “Vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer” o “en una sociedad que experimenta una crisis orgánica, la necesidad de algún tipo de orden, sea conservador o revolucionario, se vuelve más importante que el orden concreto que colma esa necesidad”, que diría el bueno de Laclau. Este rearme del régimen se prolongó en el tiempo hasta la campaña del 26J, donde convivió, en cierto modo, con la centralidad del tablero. Todas las victorias, antes de ser victorias políticas, lo son culturales. Y esta campaña electural fue planteada en términos similares a la irrupción de Podemos: un referéndum entre el régimen o el cambio político donde la mayoría de los marcos los establecía Podemos y el resto de adversarios dedicaban la mitad de sus campañas a interpelarles. Este hecho, que pudiera ser baladí a tenor del resultado electoral, es clave para entender la consolidación de un nuevo espacio político. Podemos, Unidos Podemos en este caso, es la fuerza del futuro y la esperanza porque su apoyo popular reside, mayoritariamente, en la gente joven y las grandes ciudadades. Y a pesar de haber perdido un millón de votos, estos se han ido a la abstención y no a otros partidos. Unidos Podemos tiene recuerdo y fidelidad de voto, y un margen de crecimiento importante.

El camino que le queda por recorrer a Podemos, el camino para convertir la mayoría social en mayoría política, tiene que ver con enraizarse en los territorios, abrazando las particularidades de los mismos, al tiempo que promueve contrapoder popular y espacios de comunicación alternativos a los del régimen. La posición que los 71 escaños confiere a Unidos Podemos en el Congreso da pie a hacer una oposición radical y directa a las políticas de austeridad dictadas por La Troika y ejecutadas por el Partido Popular, en consonancia con el Partido Socialista, la cara amable del neoliberalismo, y Ciudadanos, el Plan B del Partido Popular para consolidar posiciones institucionales. La ola de recortes que le espera al nuevo Gobierno de Rajoy seguramente devolverá la movilización social a las calles y hará recordar las palabras de Rafa Mayoral cuando afirmaba que “Podemos no representa a los movimientos sociales, los movimientos sociales representan a Podemos”.

La ola de recortes que le espera al nuevo Gobierno de Rajoy seguramente traerá la movilización social y hará recordar las palabras de Rafa Mayoral sobre que “Podemos no representa a los movimientos sociales, los movimientos sociales representan a Podemos”. En este sentido, Podemos debe convertirse en un partido-movimiento. Debe tener una estructura sólida que confiera cierta operatividad y margen de contestación al régimen, al tiempo que se mimetiza con las luchas sociales y sindicales buscando una vía de impugnación directa al régimen. La formación de cuadros políticos, una mayor apertura a la sociedad civil y más y mejor democracia son aspectos fundamentales a tener en cuenta en el debate que pronto se dará en Podemos. A este respecto, la transversalidad, esa mano tendida a todos los sectores sociales hayan votado lo que hayan votado, deberá seguir siendo la hoja de ruta fundamental que conforme un Podemos de mayorías frente a un Podemos de identidades preestablecidas. El anhelo de construir un país mejor, el anhelo de tener una democracia de la que sentirse orgulloso, no entiende de generaciones. Las demandas de la ciudadanía deben conformar un nuevo sentido común de época que confiera al proyecto de legítmo representante del interés general y avance en la construcción de instituciones republicanas.

Un proyecto nacional-popular radicalmente democrático y progresista construido al albur de un ‘nosotros’ abierto y seductor y un ‘ellos’ que ponga el cerco en torno a esa minoría privilegiada que se ha situado por encima de la ley. La demostración palmaria de que el problema no estriba en que ‘nosotros’ seamos antisistema, sino que su sistema, el de ‘ellos’ es antinosotros y ha sido construido con claros intereses lucrativos para el 1%.

Decía Rosa Luxemburgo en El orden reina en Berlín: “Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota”. Los y las imprescindibles hemos demostrado saber resistir. Ahora demostremos saber convencer, saber seducir. A por las que faltan.

  1. Tenemos que seguir la lucha, tenemos que enfrentarnos al enemigo todos juntos. Los partidos de izquierdas que no lo tengan esto claro incluyendo al PSOE. Es el gran error de la izquierda de todos estos años que han pasado después de morir el dictador

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