18J: La equidistancia del relato de los vencedores

Mural_del_Gernika

Por Antonio MurilloPolitólogo (UCM). 

El 18 de julio de 1936 se puso freno a una esperanza de democracia y libertad. La victoria del Frente Popular en las últimas elecciones previas a la Guerra Civil suponía una amenaza para unas élites españolas que empezaban a ver cómo perdían el control sobre sus latifundios agrícolas, sus privilegios militares en las últimas ocupaciones españolas, la dominación ideológica y religiosa en las escuelas, la sumisión de todos los trabajadores en el ancho y largo del país… las instituciones de poder, en definitiva.

La caída de un poder absoluto durante tantos siglos de inmovilismo antidemocrático suponía algo intolerable para los que lo tenían todo “atado y bien atado”. Esta es la explicación del Golpe de Estado fascista y la posterior batalla por la destrucción del primer periodo democrático en nuestro país. Sin embargo, no es el relato oficial.

Siguen sin haber celebraciones oficiales los 14 de abril por la República y la conquista de las libertades, no se celebran actos homenajeando a los caídos por defender la democracia (dentro de las fronteras españolas), no hay una condena unánime de las élites políticas y económicas del fascismo que arrasó un sueño aplastado con aviones y armas enviadas por Hitler y Mussolini.

Eso, para muchos “demócratas de toda la vida”, sigue formando parte del discurso del revanchismo y la reapertura de las heridas del pasado. Sin embargo, siguen dándose misas en honor a Franco cada 18J, siguen habiendo manifestaciones de fascistas en recuerdo de la “cruzada”. Y no pasa nada.

La “modélica” transición a nuestra –segunda- democracia, y su poder para tejer un relato cerrado de equidistancia entre vencedores y vencidos, entre fascistas y republicanos, es el origen de esta desmemoria. El consenso transicional ofrecido por las élites y adoptado por un gran sector de la población situaba en el origen, en la causa de la Guerra Civil, la inestabilidad de los gobiernos de la República. Es difícil leer en los libros de historia el apuntalamiento directo a éstas elites que financiaron la carrera militar para frenar todos los avances con tinte progresista en nuestro país.

“Todos fuimos culpables”, es la única certeza que se extrae desde este relato oficial de nuestro pasado. Recuerda bastante al “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Mientras, los caídos por el bando nacional se convirtieron en santos durante años de dictadura, y los que no cayeron se convirtieron en altos cargos durante la transición española. Por otro lado, los caídos por la republica – con cientos de miles desaparecidos- permanecen anónimos en fosas comunes que, hoy en día, siguen sin poder abrirse gracias a nuestra “espléndida” democracia y el funcionamiento “ejemplar” de la justicia transicional.

Llevar al discurso del miedo y al odio todo cuestionamiento o propuesta de cambio del status quo de nuestro sistema es algo que nos conocemos bien: así operan las élites que vienen de la transición y los últimos años de la dictadura. Sin embargo, no debería haber odio en la recuperación de una memoria de aquellos que lucharon por nuestras libertades, por habilitar la posibilidad de cerrar heridas de aquellos que no pudieron despedirse de sus seres queridos enterrados en cunetas. No es revanchismo aplicar derecho internacional y de los derechos humanos al juzgar a genocidas que, durante el franquismo, torturaron y asesinaron a miles de personas por pensar diferente.

Pasan las décadas y la amnesia colectiva es más difícil de curar. Mueren las mujeres cuyos maridos seguirán olvidados. Las nietas y los nietos, las bisnietas y los bisnietos, tomamos el relevo de una asignatura pendiente en nuestro país: la de democratizar el relato sobre nuestro pasado. Es una necesidad mas que una opción, al menos para los que tenemos en nuestros corazones la idea de una democracia real y mejor.

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