Ciudadanos: La historia de una debacle política

Antonio Murillo. Politólogo.

Con la irrupción de Podemos allá por el 2014, y con su rápido ascenso como alternativa a un bipartidismo desgastado en plena crisis política, económica y social, el sector del centro-derecha –los actores neoliberales, para hablar claro- movieron ficha tan solo unos meses después: Ciudadanos se reinventó como partido nacional, tras unos cuantos años en Catalunya sin destacar demasiado.

Hace falta un Podemos de derechas”, decían desde el Sabadell, y vaya que lo consiguieron. ¿Pero qué significaba exactamente eso? En resumen: crear un nuevo partido con nuevas formas –y algunos contenidos-, emulando en parte la estrategia de Podemos de renovación en el escenario político. Aprovechó, sin más, el camino abierto por Podemos en la grieta del sistema desde la oleada de protesta del 15M y la deslegitimación del sistema de partidos dual de los últimos años.

Algunos votantes del Partido Popular, principalmente jóvenes, hartos de corrupción y de algunas perspectivas ideológicas no tan afines –las propias del conservadurismo más rancio que permanecen en el PP- empezaron a ver en Ciudadanos una alternativa al cambio propuesto por Podemos -demonizado y trampeado desde las diferentes fuerzas hegemónicas día tras día desde su irrupción, pues suponía una alternativa real al establishment vigente-.

Ésto le dio una amplia ventaja a los de Albert, sin duda. Su mezcla de nacionalismo español siendo de origen catalán, trajes bonitos, rostros juveniles, campañas sensacionalistas, y adopción de una postura “consuensualista” que llevaba a recordar a la vieja UCD (algo casi traumático lo de Albert Rivera con parecerse a Adolfo Suárez en su discurso) parecía una buena fórmula para varios sectores de la sociedad, que  de hecho llevó al partido naranja a una cuarta fuerza política en las diferentes encuestas –infladas la mayoría-, y con algo menos fuerza en las primeras generales a las que se presentaron. Este proceso se acompañó de todos los políticos y políticas tránsfugas de una gran variedad de partidos (PP, UPyD, PSOE, principalmente). Es obvio: altas expectativas llevan a pensar la cantidad de cargos políticos que se abrían para los que solo saben vivir de la política.

Sin duda, pese a haber varias incongruencias de precedente –dar el gobierno a los de siempre en todas las comunidades en las que hacían falta-, el 20D fue el principio de la debacle de Ciudadanos. Pasaron de rechazar el bipartidismo (al estilo Podemos) a decir que apoyarían la lista más votada a pocas horas de que se celebraran las elecciones –que de sobra se sabía que era el Partido Popular, salvo algún milagro-. A partir de aquí llegaron todas las contradicciones habidas y por haber, el desastre político de Albert Rivera: pasaron del no al sí al PP, luego negarlo para posteriormente negociar con el PSOE, volver a una postura de no a Rajoy salvo ninguna circunstancia y, finalmente, votar Sí a la investidura de Presidente en funciones tras las segundas elecciones. Esto último, además, supuso un pacto que incluía una definición de corrupción que dejaba fuera del término casi todo lo que entendemos por corrupción. Todo ello en menos de un año.

Por supuesto la gente se ha dado cuenta de que se les ha caído la careta. Los resultados de las elecciones gallegas y vascas así lo demuestran. Las encuestas ya no les inflan, los medios conservadores ya no les brindan tanta atención, el Partido Popular se ríe de ellos. Ciudadanos pasó de ser la alternativa del “cambio” frente a Podemos, a la muleta más facilona para el bipartidismo.

Este proceso tuvo diferentes repercusiones políticas: Primero frenaron el voto hacia Podemos de aquella gente sin demasiada robustez ideológica que estaba harta del PPSOE. Segundo, una vez llegó a su límite en este propósito, tuvo un efecto seguramente no tan deseado para la derecha: quitó varios escaños al Partido Popular, desbloqueándoselos a diferentes partidos. El sistema electoral tuvo un efecto “extraño” teniendo en cuenta su diseño tramposo, y Podemos como tercera fuerza no se vio muy afectado por su poco proporcional fórmula de transformación de votos a escaños –a Izquierda Unida tradicionalmente siempre le ha penalizado-.

Ciudadanos, el Podemos de derechas, frenó la victoria electoral de la derecha. Irónico, ¿verdad? En dos elecciones generales PP y Cs no sumaban, y los desencuentros entre Podemos y el PSOE –con la complicación catalana para formar gobierno alternativo- llevaron al bloqueo actual.

Hay una conclusión a la que llego después de este recorrido: Ciudadanos ya no es el enemigo electoral de Podemos. Tampoco es amigo, desde luego. Pero si éstos caen en picado en intención de voto, el Partido Popular se acercará rápidamente a la mayoría absoluta al desbloquear varios escaños (tal como vimos en parte en las segundas elecciones generales). Nadie excepto Ciudadanos puede robar votos al Partido Popular –y la derecha no se abstiene, eso ya lo sabemos-.

La lucha dialéctica ya se ha recrudecido contra el Partido Popular, facilitada por los nuevos casos de corrupción y el comienzo de los juicios contra diferentes cargos del PP. Sin embargo, su expectativa electoral no baja, más bien lo contrario. ¿Para cuándo decís que se forma un Gobierno alternativo?

Deja un comentario