La radicalidad de los sentimientos gana elecciones. La ultraderecha avanza

La ultraderecha avanza en todo el mundo debido al discurso del miedo fomentado en los sistemas democráticos. Hay que impulsar alternativas progresistas y una ciudadanía democrática, crítica y consciente de sus decisiones.

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La política nunca fue solo cosa de razonamientos consensuados o de análisis de datos macroeconómicos. Si fuera así, serían los tecnócratas quienes nos gobernaran directamente, y no las maquinarias emocionales y discursivas que son, al fin y al cabo, los partidos políticos y sus líderes en las campañas electorales.

Trump ha ganado por aglutinar todas las preocupaciones que implícitamente las instituciones y gran parte de sus líderes no han frenado –o que incluso han potenciado-: racismo, xenofobia, machismo, clasismo. Estos elementos conviven día a día en las sociedades que no toman las riendas explícitamente por eliminarlos: los medios de comunicación educan en la diferencia. No me meto ya en cuestiones económicas, pues la situación individual, familiar y colectiva de los sectores más perjudicados también se atrae con promesas de cambio, sean del polo ideológico que sean.

El miedo es el sentimiento más aglutinador de todos. Usar la carta del “terrorismo” para justificar deportaciones masivas, segregación y reducción de derechos sociales, no es casual. En EEUU es el islamismo, igual que en Europa con los refugiados. En España, además, también tenemos ETA como comodín para atacar a todo lo que no gusta a la derecha rancia. Pero no es el único discurso del miedo: la cuestión es argumentar y simplificar todos los problemas desde la lógica de marcar enemigos externos e internos: “Los inmigrantes nos roban el trabajo” en un momento donde el desempleo y la precarización post crisis es preocupante por las políticas inútiles de la ola neoliberal en todo el mundo. “En Venezuela el populismo esto, en Grecia lo otro”, mientras que el avance explícito de partidos de ultraderecha permanece en un segundo plano, para centrarse en frenar una izquierda renovada alternativa a una socialdemocracia dócil.

Cómo podemos esperar que la ideología del miedo, este fascismo 2.0, no avance, cuando semanalmente se argumenta desde el objetivo de levantar temor para frenar corrientes progresistas de cambio. Esperamos de las clases trabajadoras, así como de las clases medias, voten con una racionalidad que se niega en el debate público. Se educa y socializa en la diferencia y el temor. ¿Cómo no va a seguir creciendo esta oleada de ultraderecha en todo el mundo, en especial en Europa, si se niega la inteligencia y la honestidad?

La alternativa al miedo es la alegría y la esperanza, únicos sentimientos contrahegemónicos en un escenario de hundimiento de las legitimidades de la postguerra mundial. Y es más necesario que nunca democratizar el debate el público en derechos humanos y en alternativas económicas que no sigan empobreciendo, y por tanto, asustando, a un sector de la población a la que se le hizo pagar una crisis financiera con sus empleos, sueldos y servicios públicos.

Hace falta una radicalidad progresista y antifascista, integradora y cercana con los problemas y miedos de la gente, con el fin de reconducir la diferencia en la integración y democracia. El extremo centro que se vende en los parlamentos y campañas del establishment o favorables al status quo (llámense Clinton, PSOE, Holland, etc.) solo venden una imagen de muleta que ya no sirve, que ya nadie se cree.

Brexit, Trump, Le Pen, son pasos de gigante para un proyecto occidental nuevo -y que, desgraciadamente, suena a viejo-. El camino, como no puede ser de otra forma, tiene que ser el de abandonar el discurso del miedo para aglutinar votantes, y empezar a desarrollar una ciudadanía democrática, crítica y consciente de sus decisiones.

Antonio Murillo. Politólogo.

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