Un futuro en el que creer

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La deriva tecnocrática de las democracias occidentales y su racionalidad neoliberal que empobrece a grandes sectores sociales, ha provocado una doble situación: por un lado el estrechamiento de la diversidad y el margen de acción en la política junto con el divorcio entre representantes y representados. Por el otro lado, una serie de políticas socioeconómicas que han empeorado la vida y desposeído a amplios sectores sociales. Una no va sin la otra: la erosión de la democracia es la erosión de la política y de las capacidades económicas de la sociedad. Así pues, el origen de esa indignación que atraviesa a la sociedad es lo que ha motivado el voto a Trump. Trump ha conseguido dotar de sentido reaccionario a la indignación que atraviesa a la sociedad, sobre todo en esa América rural y mayor, dejando menos claro el perfil tan marcado de clase obrera blanca. El problema entonces, no es que se vote contra el establishment y el status quo, el problema es cómo se ha votado contra el establishment.

Trump ha construido su particular “We the people” con su “Make America great again”, siendo capaz de combinar el dolor y el deseo dentro de una misma receta reaccionaria, que interpreta a la indignación de una gran parte de la sociedad frente al mainstream de Wall Street. Es misógino, racista y autoritario, pero si fuera solo eso no hubiera ganado. Curiosamente, Trump es la mejor muestra del triunfo del marketing. Trump es su propia marca, el renacido –born again-, el triunfador es su motor de construcción popular a la par que dinamizador económico: es el rey del inmueble en la película American beauty, es el protagonista de Nightcrawler. Ha construido un imaginario, o más bien, se ha apoyado sobre las bases del sueño americano actualmente destruido por la financiarización de la economía-vida.  Solo Sanders con su “1% vs 99%”, “People vs establishment”, “Not me us”, podía cortocircuitar esa alianza reaccionaria dotando de contenido outsider y democrático a un proyecto de cambio, algo que resultaba imposible con una Hillary Clinton representante de las élites clásicas señaladas como culpables de la realidad vivida.

Así las cosas, nos encontramos con el mapa geopolítico de la involución y el repliegue autoritario con nombres como Trump, Erdogan o Putin, mientras que la UE hundida en una bancarrota política se ha dedicado a machacar a Tsipras y alimentar a Le Pen en Francia. Cuando se estrecha lo posible y la democracia se sacrifica en aras de la responsabilidad dogmática de una economía que solo funciona para los más pudientes, aparecen los monstruos. El neoliberalismo ha empobrecido a la sociedad, no cabe duda, la solución pasa por la disputa entre construir un pueblo abierto , multitudinario y democrático o por el contrario, uno cerrado y autoritario. Repetir grandes verdades trascendentales al margen de la situación concreta del estado de las cosas es predicar en el desierto.

El vicepresidente del Frente Nacional francés, Florian Philippot resume la importancia de esta disputa por el sentido y orientación del pueblo cuando afirma en twitter, “Su mundo se hunde. El nuestro se construye. Abrid paso a los pueblos.” Afortunadamente, en España contamos con el orgullo de haber impedido un Frente Nacional gracias al 15M y luego a la aparición de Podemos. Se trata por lo tanto, de partir de las injusticias compartidas para crear relatos y relaciones comunes y nunca dar por hecho que las identidades son fijas, pasivas y construidas. No hay que despreciar las razones que han motivado el voto a Trump, y mucho menos frente a su autoritarismo justificar a las élites y las políticas que nos han traído hasta aquí. Lo fundamental reside en la capacidad de construir un proyecto político radicalmente democrático, esto es, transversal en el conjunto de la sociedad, que vacune contra el odio y que, como rezaba el lema de Sanders, ofrezca “un futuro en el que creer”.

Jorge Moruno

Fuente: Público

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