Europa en la disyuntiva: democratización o la vuelta de los monstruos

le-pen

Los tiempos en política, últimamente, vuelan. Si hace un par de años podíamos hablar de una oleada de nuevas corrientes políticas de izquierdas en Europa, con Syriza arrasando en Grecia, Podemos en España, el nuevo laborismo de Corbyn en UK o el crecimiento del Bloc de Marisa en Portugal o del Sinn Fein en Irlanda; hoy ese ascenso exponencial se encuentra ante problemas que requieren de otros tiempos políticos. Vivíamos, sin duda, optimistas. Eran y son las bases para una democratización de la Unión Europa, a lo que se suman los diferentes movimientos sociales estatales y comunitarios que siguen creciendo en diferentes puntos de Europa (hablo por ejemplo del Plan B de Yanis Varoufakis).

La socialdemocracia europea, tras la crisis del 2007, mostró su nueva ideología, ese “social liberalismo” que antepuso el rescate a bancos y la nacionalización de las pérdidas a la inyección del gasto público para rescatar a la ciudadanía. Dejaron de ser alternativa. Fue entonces cuando la disyuntiva élites-ciudadanía se polarizó en diferentes tiempos y en diferentes grados de radicalidad democrática. Quedó, pues, un espacio social y político por representar. El problema era que la disputa por la alternativa no venía solo desde la izquierda.

Tras el chantaje e inmediata rendición de Tsipras como Presidente heleno, el neoliberalismo y la ultraderecha europea cosechó una gran victoria: Su cabeza fue el ejemplo de lo que no se permitiría desde la Troika. La victoria del Brexit del Reino Unido y la recientemente investidura de Trump como Presidente de los EEUU apuntalan otra oleada que pronto llegará a Europa si no la frenamos pronto: la ultraderecha y el retroceso de los derechos democráticos de una gran parte de la ciudadanía y, que no se engañe nadie, el reformulación de los privilegios de las élites económicas que vieron en esa nueva izquierda un peligro inminente.

A nadie le sorprendería si decimos que el caso Español es sintomático de cómo se está persiguiendo política y mediáticamente a las alternativas progresistas de cambio. Fuera Pedro Sánchez y puesto Rajoy de Presidente, las fuerzas conservadoras de este país van a degüello con su mantra: “todos los populismos, como el de Trump y Pablo Iglesias, finalmente se tocan”. Es el mismo que había unos años atrás con los “extremos”, pero reconvertido para el contexto actual.

El problema es que Trump no es populista, sino que es hijo del sistema democrático estadounidense: una “estrella mediática” convertida en político, con el agravante de ser de extrema derecha, inspirada en el miedo de sus compatriotas para imponerse ante una alternativa vacía.

Al igual que en EEUU, donde en un primer proceso de primarias se hizo guerra sucia contra Bernie Sanders, el “socialista” –el calificativo mediático hermano a “populista” aquí en Europa-, dejando a Trump sin una alternativa real; en España vivimos un escenario donde en cualquier parlamento o plató de debate, el tono contra Podemos es demencial. En otros rincones de Europa este proceso no es muy diferente.

La cuestión es que hoy la ultraderecha de Le Pen o de Nigel Farage va encontrando un camino más asfaltado debido a un contexto convulso. Es culpa de una izquierda que no ha conseguido imponerse electoralmente y, más importante aún, políticamente a nivel estatal y europeo. No todo es culpa de estos partidos y movimientos, pues lo cierto es que tienen en su contra a todo el ‘establishment’ político, económico y mediático: neoliberales, nuevos fascistas, socialdemocracia a la deriva, sectores financieros y medios de comunicación tradicionales.

La izquierda tiene, de partida, dos contras para combatir esto: económicas, pues los parias no tenemos macro medios de comunicación a sueldo que impongan los marcos discursivos necesarios; e ideológicas, en un sentido en el que las élites precedentes y sus redes de poder ya establecidas son de reacción, y difícilmente de atracción.

El debate debe estar en cómo frenar a esos movimientos neofascistas que señalan al inmigrante o al refugiado como el peligro de nuestras sociedades, en vez de al banquero especulador o al político que recorta el gasto público. La respuesta sigue siendo la victoria de la alternativa democratizadora, falta saber el cómo llegar a ella.

El DesperTTador 3.0 // Editorial

Deja un comentario