Good bye Mola, good bye Sanjurjo, ¿good bye Franco?

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Emilio Silva
Periodista y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica

Cuando terminó la semana de luto decretada por los dirigentes de la dictadura, tras la muerte de Francisco Franco, millones de estudiantes regresaron a los centros de enseñanza. Allí les esperaba, a la entrada, un gran cartel en el que podía leerse el testamento del Caudillo, algo así como las últimas voluntades que decenas de miles de alumnos tuvieron que memorizar. En la memoria colectiva de mucha gente permanece el error de que la frase “Quedó todo atado y bien atado” formaba parte de esta despedida del dictador pero lo cierto es que la dijo en su discurso de navidad de 1969, el año en el que Juan Carlos de Borbón juró en las cortes franquistas los principios del movimiento.

De ese modo el dictador expresaba que el entonces príncipe Juan Carlos heredaría su legado, con los mismos principios y la impunidad con la que las élites del fascismo español se habían enriquecido y hecho dominantes gracias al uso de la violencia.

Durante muchos años de democracia el franquismo ha disfrutado de incomprensibles privilegios; la hija del dictador tuvo pasaporte diplomático para entrar y salir de España hasta 1986 y le fue retirado por la Unión Europea. Los herederos del dictador han conservado los frutos de su saqueo y de toda la corrupción que rodeó su ejercicio sanguinario del poder; y las familias de los criminales de guerra que le acompañaron en el golpe de 1936 han visto cómo los ministro de justicia de nuestra recuperada democracia renovaban los títulos nobiliarios que concedió el dictador.

Como en una versión española de la película Good bye Lenin, si un dirigente franquista despertara de un coma padecido por la impresión el día de la muerte del dictador, hoy podríamos recorrer con él un itinerario por las calles y monumentos que permanecen intactos, mantenidos por la democracia, como si la élite que ha gobernado nuestro Estado desde 1975 hubiera sido incapaz de salir del salón del franquismo a la manera de El ángel exterminador de Luis Buñuel. Ese franquista podría ir en Madrid a la plaza del Caudillo o ver entrar en la Audiencia Nacional (el remodelado Tribunal de Orden Público) a titiriteros de mal vivir o a otros grupos de música, concejales o rompedores de España a los que aplicar la Ley de Responsabilidades Políticas.

En los últimos años el atado y bien atado ha ido perdiendo fuerza. La caída del espejismo de la modélica transición y la extensión de una mirada crítica para analizar nuestro pasado inmediato han obrado el milagro laico.

La ciudad de Pamplona fue una de las cunas del golpe de Estado del 18 de julio de 1936. En ella se inseminó al ejército colonial con la idea de que España había sido invadida por una “canalla roja” que había usurpado el poder y la verdadera identidad española; a la que había que exterminar. Vinculados a esa ciudad, dos generales pioneros en el golpismo contra nuestro primer periodo democrático; Sanjurjo, que en el verano de 1932 lanzó la primera militarada; y Mola, redactor de las instrucciones del golpe del 18 de julio y uno de los principales progenitores de la dictadura franquista.

Desde 1961 los cuerpos de estos dos honorables fascistas han permanecido honrados en el Monumento a los Caídos de Navarra, junto a los de otros soldados de la patria ultra católica. En pleno centro de Pamplona y sostenido con fondos públicos, los residuos fascistas del franquismo han disfrutado impunemente de un lugar principal en el que rendir homenaje a quienes pusieron en marcha una máquina que arrasó con cientos de miles de vidas y segó en Navarra, donde no hubo guerra ni trincheras, la vida de cerca de 4.000 personas civiles.

El pasado verano el ayuntamiento de Pamplona anunció que iniciaba el proceso para que el 16 de noviembre, previo plazo de alegaciones, los cuerpos fueran retirados del Monumento a los Caídos, entregados a sus familias y la ciudad dejara de honrar a quienes tanto deshonraron al género humano.

Inmediatamente, las voces irreciclables del requeté y los ecos del Pensamiento Navarro comenzaron a anunciar una especie de llegada del apocalipsis. Culpaban al alcalde de la ciudad, Joseba Asirón (BILDU), de revanchismo, división de la sociedad, negacionismo de la historia y reapertura de heridas; la lista de argumentos con los que la derecha declara en el presente su franquismo, de forma eufemística.

La semana pasada se conoció que los restos del general Mola habían sido extraídos del monumento de forma discreta, algo que molestó a algunos sectores que hubieran preferido que se hubiera llevado a cabo de forma pública y notoria. El ayuntamiento había llegado a un acuerdo con el arzobispado y sus descendientes, algo que no ha sido posible con la familia del general Sanjurjo, que ha tratado de paralizar el proceso ante los tribunales que han rechazado sus demandas.

La caída fuera del espacio público de estos caídos puede tener un significado profundo; el nudo del franquismo se afloja con decisiones democráticas y podría ser el primer paso para que los restos del dictador Francisco Franco abandonen el Valle de los Caídos, el gigantesco mausoleo que, como una forma del maltrato del Estado, sus víctimas financian a través de su pago de impuestos.

Para que los restos del Caudillo fueran trasladados a una tumba familiar, sería necesaria una sencilla decisión política y la colaboración del obispado de Madrid, porque apoyándose en el Concordato podría ejercer la cláusula de inviolabilidad de un lugar de culto e impedir el acceso a la basílica.

Que cuarenta años después el Valle de los Caídos permanezca intacto, ocultando la historia de los esclavos políticos que lo construyeron, dedicado a un dictador y al fundador del partido que organizó las bandas de paramilitares que asesinaron a más de 114.226 civiles, explica muchas cosas de nuestra debilidad democrática. Que cada dos días, y con dinero público, se coloquen flores frescas en sus dos tumbas, explica la connivencia que han mantenido las élites de la democracia con ese pasado.

Lo que está ocurriendo en Pamplona es un primer paso, un desprecinto. Si en Pamplona ya pueden decir Good bye Mola y Good bye Sanjurjo sin ironía, está más cerca el momento en que podamos decir Good bye Franco. Otra cosa será despedirse del franquismo, para eso habrá que reparar sus daños vigentes. Es un largo adiós que empieza cuatro décadas después de lo debido, pero un imperativo categórico para quienes realmente respetan y sienten los valores democráticos.

Fuente: blogs.publico.es

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