Movimientos de inclusión, reacciones de exclusión

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Jorge Moruno

La crisis en Europa y EEUU ha provocado el derrumbe de los equilibrios que sostenían un modo concreto de convivencia. Las políticas económicas neoliberales y la erosión de la decisión democrática son dos patas indiferenciadas del mismo proceso. En la pérdida de identidad, seguridad y vínculos asociados a la esfera laboral, y entre lo que se demanda que se haga, lo que se recibe a cambio y lo que se desea hacer, se produce un quiebre. Hablamos de crisis cuando se produce un desajuste y se “rompe la matriz de afirmaciones y sanciones que apuntala al régimen y a la ideología dominante” (Göran Therborn). En esa pérdida de legitimidad sobre lo asumido puede redefinirse lo posible gracias a un ejercicio de “movilización ideológica”. ¿Qué imaginario es capaz de encarnar esa angustia por la falta de certezas y seguridad y ese deseo por conseguirlas? ¿Hacia dónde puede orientarse? En los años 80’, Thatcher supo leer los cambios en la composición de clase impulsando un imaginario que ofrecía una salida neoliberal a ese deseo por “dejar de ser” clase obrera (junto con la represión, claro). Hoy la situación se presenta distinta dado que la posibilidad de edificar un régimen sobre la base de la clase media ha quedado limitada y mermada: la salida del proletariado por la vía de convertirse en propietario ha generado una sociedad de hipotecados y precarios.

En la actualidad pueden darse tres tipos de exclusiones que a su vez reinterpretan el modo de entender la inclusión en un régimen. La primera es la exclusión de una parte de la sociedad al acceso de servicios y condiciones de vida dignas, promovido desde el gobierno de “la responsabilidad” y los planes de ajuste de una economía financiarizada. Para este imaginario no hay otra alternativa. La segunda exclusión es un derivado de la primera pero procesada por el resentimiento que acentúa la exclusión racista evitando impugnar la condición proletaria. Directamente culpa a una parte de las víctimas de la crisis y genera un sentido apoyado en la distinción exclusiva de unos sobre otros más pobres y “ajenos”. Al mismo tiempo, culpa a unas élites por haber desnaturalizado una esencia pero sin señalar nunca a las causas que generan los problemas. Movimientos que se repliegan buscando en el pasado las respuestas para el presente (“Hagamos a América grande de nuevo”) vienen acompañados de un desprecio a los derechos humanos y la democracia.

La tercera exclusión es la única que incluye a todas las personas, pero para poder hacerlo debe excluir a las relaciones que provocan la desigualdad económica y política. Diseña un modo de convivencia capaz de ofrecer certezas y seguridad desde una perspectiva que defiende las libertades y la democracia: “Un futuro en el que creer” (Bernie Sanders). La fórmula sigue siendo simple y clara, tan verdadera como efectiva; denunciar el secuestro de la democracia por la economía y la falta de decisión democrática sobre la economía.

Solo una maquinaria masiva capaz de incorporar la diferencia y la complejidad dentro de una misma estructura de sentir democrático puede conseguir parar a los primeros, evitar a los segundos e impulsar a los terceros. La recomposición de una sociedad que no deje a nadie atrás necesita disputar los contornos de la crisis de la sociedad del empleo en clave democrática. Necesita construir un contrato de ciudadanía que pivote sobre un modelo que redefina el papel y el significado en sociedad de la actividad útil, del tiempo, el bienestar y el trabajo.

Fuente: cuartopoder.es

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